• Alejandro Deustua

Egipto: El Fin del Mito de la “Primavera Árabe”

El golpe de Estado en Egipto ha terminado con la saga frívolamente denominada “primavera árabe”.


Luego de algo más de un par de años desde que cayó el gobierno de Túnez el “despertar árabe” está finalizando con una intervención militar que intentó prevenir una guerra civil. Esta confrontación fue alimentada por el gobierno de los Hermanos Musulmanes que luego de triunfar con 51% de los votos decidió reconstruir el Estado segregando crecientemente a la población secular y a la colectividad religiosa no islámica (p.e. los cristianos coptos), restringiendo libertades que se había comprometido a proteger luego de la caída de Mubarak y promoviendo una creciente islamización de un Estado cuyos baluartes principales desde su independencia fueron la monarquía y el nacionalismo. En efecto, el Sr. Morsi, cuya cultura política ha sido la militancia religiosa y la semiclandestinidad, se consideró con un mandato suficiente para gobernar de manera tan sectaria que condujo al resto de la sociedad a confrontarlo en las calles en la frontera de la guerra civil. Si su gobierno pudo ser definido alguna vez como democrático, esto fue sólo porque provino de las urnas. Pero su contenido, que provino inicialmente de las expectativas de modernización y libertad de la mayor parte de los ciudadanos egipcios, se orientó a una versión antirrepublicana del Estado cuyo antiliberalismo desatendió la reconstrucción de instituciones que la autocracia de Mubarak había ilegitimado. Si bien convocó al Parlamento que los militares habían suspendido, luego congregó sobre sí todos los poderes y coaccionó al Poder Judicial para gestar una Constitución que iba a contramano de las libertades esperadas y a favor de la islamización del Estado y de la sociedad siguiendo la particular orientación de la Hermandad Musulmana. En ese proceso atrajo a islamistas radicales y despertó expectativas sobre un mundo árabe de carácter religioso que contrastó con el panarabismo original de Nasser. Con ello Morsi no sólo perdió legitimidad local sino también legalidad y autoridad que le fue recusada por millones en las calles con quienes prefirió la confrontación. Para ello permitió la emergencia de verdaderos enfrentamientos de masas agravada por nombramientos gubernamentales multitudinariamente rechazados y canceló el diálogo para apelar a él sólo cuando ya era impracticable. Teniendo como piso la inestabilidad política, la economía apenas creció 2% a fines en el último trimestre del 2012 y la inversión declinó a 13% del PBI, mientras las reservas se esfumaban, el déficit fiscal aumentaba a 11%, el desempleo crecía (Banco Mundial), la principal fuente de ingresos –el turismo- se reducía al mínimo y la moneda se devaluaba 25%. Cuando estas cifras (que empeoraron en el curso del último semestre) adquirieron la forma de protesta indignada y el reclamo del retiro de Morsi se expresaba por millones en las calles, la Fuerza Armada intervino. Esa Fuerza no debió hacerlo de acuerdo a la ley. Debió limitarse a una suerte de fuerza de interposición. Pero el peligro de una guerra civil que rondaba las principales ciudades de Egipto empujó a los militares a invocar nuevamente la razón de Estado. Con ello, el ciclo democrático iniciado en Túnez terminó en Egipto sofocado por la incapacidad de los islamistas para gobernar, por su visible vocación autoritaria, su incapacidad de desprenderse del faccionalismo radical y su predisposición al juego geopolítico influido por razones religiosas antes que por el interés nacional. Esta forma de gestionar un gobierno por fuerzas a las que sólo se les ha permitido el rol opositor puede ser un atenuante signado por la inexperiencia. Lamentablemente esta explicación es irracional si el Estado marcha a la deriva y lo es también si las características arriba enunciadas estuvieron visibles, con mayor o menor intensidad, en todos los países del Norte de África. Es por ello que su destino ha sido la violencia interna, la externa y la interrelación entre ambas. El caso de Libia es el más patético ejemplo. Allí el totalitarismo irracional de un sátrapa, la desorganización de la oposición y la intervención externa inicialmente auspiciada por razones humanitarias convirtieron una revolución en una guerra para terminar en la anarquía propia del Estado fallido que hoy se descompone en la etapa post-Kadafi. Y en Siria la estrecha interrelación entre facciones alawitas y sunitas (que califican a oficialismo y oposición) y la contienda de influencia que desarrollan en la zona Estados Unidos y Rusia se amalgama con alianzas y catástrofes humanitarias cuya prevención depende también de la correlación entre extremadamente violentas y no bien identificadas fuerzas internas e inoperantes fuerzas externas. En ese marco, los países chicos del área son un avispero cada vez más peligroso e inestable. Así, hoy Túnez experimenta una arremetida de radicales islamistas cuya fuente siria ha reavivado a Al Qeda en toda la zona mientras que alianzas informales surgen entre Irak, Irán y las fuerzas paramilitares del Hezbollah libanés y el Hamas palestino. De otro lado, Turquía, la gran potencia euroasiática cuyo eventual ingreso a la Unión Europea quizás ya se haya cancelado, cambia la tradición secular fundada por Kemal Ataturk por una progresiva islamización, un mayor autoritarismo y un rol de potencia que a la vez que se opone a la Siria alawita, se aproxima a Irán y desea ahora confrontar al gobierno militar egipcio. Por lo demás, el juego de poder exógeno también cambia. Así, a la influencia norteamericana y europea en relativo declive se suma ahora el financiamiento de los países del Golfo a los Estados beligerantes de su preferencia (este es el caso de Arabia Saudita y de Catar que apoyan a Egipto). En ese contexto, Israel sólo “confía” en la Fuerza Armada egipcia como entidad que sostendrá el acuerdo de paz de 1978 que los Hermanos Musulmanes sembraron de incertidumbre en momentos en que un nuevo emprendimiento de diálogo palestino-israelí se inicia. Como se comprenderá, la precariedad contextual de ese diálogo es extrema agregando peso a sus probabilidades de fracaso. De allí que las etiquetas que identificaron a los alzamientos en el Norte de África y el Medio Oriente no sólo hayan sido febles e ingenuas sino reflejo de una suerte de aspiración que, incorporada al lenguaje político, ha llevado a un caos estratégico (cuyos riesgos de desborde revolucionario y bélico algunos advertimos oportunamente). Así, patrocinar las revueltas árabes con frases rimbombantes (la “primavera árabe”) cuando no había canales de establecimiento democrático que suplieran el orden herrumbroso de los viejos dictadores ni autoridad fuerte para implementarla fue un error de inicio. Hasta la primera potencia le prestó oídos orientando su conducta por una eventualidad: “no caer en el lado equivocado del conflicto”. Y comparar los levantamientos con la caída del muro de Berlín y el fin de la Guerra Fría confundiendo el término de un orden mundial organizado en torno a dos superpotencias fue de una ignorancia extraordinaria que, incorporada a la percepción pública y a los esquemas decisorios, impidió ver la anarquía en marcha. Por lo demás, si las complicadísimas confrontaciones del Medio Oriente han generado el área de conflictividad regional mayor del sistema internacional, el nivel de anarquía interna y externa puede agravar esa condición ahora que su calidad estratégica empieza a perder valor de largo plazo por la explotación sustentable de energías diferentes a la petrolera en otros escenarios geográficos. De allí que el restablecimiento del orden interno en esos países sea una prioridad todavía mayor. De momento los modelos pueden ser los próximos a las democracias no liberales (Turquía), las caóticas “democracias” confesionales (Irak), el autoritarismo rígido (Argelia que ha combatido el islamismo del FIS) o flexible (Jordania en el caso de los estado pequeños) y hasta la dictadura al estilo de ciertas repúblicas ex -soviéticas. Descartada esta última alternativa por el empoderamiento ciudadano en el Medio Oriente y el Norte de África, la democracia real es todavía una alternativa en el largo plazo. Pero sólo en él. Es más, ésta tenderá a ser liberal a la luz de las crecientes exigencias de representación de las clases emergentes de las que forman parte las nuevas generaciones y sus demandas concretas de libertad. En ellas, sin embargo, un fuerte carácter local ya marca su emergencia. Mientras ese tiempo llega, los otros modelos son los reales. Al respecto, las declaraciones contra los excesos del uso de la fuerza (como el llamado peruano en ese sentido) no tendrán demasiado efecto. Para justificar adecuadas relaciones diplomáticas con esos países, el Perú debe encontrar motivaciones que no descansen sólo en su diversificación económica o en la abstracción del diálogo entre civilizaciones. Si al respecto no se puede seguir el ejemplo de Brasil, es necesario fortalecer la iniciativa multilateral como una forma de canalización del interés nacional. La ONU hace un claro sitio para ello y para exigir al interino gobierno egipcio que cumpla con su no muy pública hoja de ruta que incluye una salida electoral con términos de gobernabilidad más fiables.


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