• Alejandro Deustua

Deterioro de los Regímenes de Seguridad de la Post-Guerra Fría

La suspensión de la participación rusa en el tratado de fuerzas convencionales en Europa ha intensificado en la opinión pública el temor al retorno de la Guerra Fría.


Al margen de la calidad jurídica de la suspensión de la participación rusa en el CFE (un Estado parte de un tratado puede denunciarlo bajo las condiciones especificadas en el mismo, pero no suspender su participación temporalmente a su libre criterio salvo que el acuerdo lo permita), el temor es infundado si la referencia es la Guerra Fría. En efecto, en el siglo XXI no se dan las características de bipolaridad y confrontación ideológica y estratégica globales que caracterizó a esa contienda de la segunda mitad del siglo XX.


Sin embargo, el temor es justificado si, expresado en incertidumbre, se refiere al quiebre de los regímenes estratégicos y de control de armamentos de la post-Guerra Fría.


Ese proceso de desorden se inicia en el 2001 con la denuncia unilateral del tratado antimisiles de 1972 por Estados Unidos. Ello implicó la caducidad definitiva de la racionalidad de disuasión nuclear que gobernó buena parte de la Guerra Fría. En realidad la lógica de que el rival sistémico debía sentir temor real a ser atacado con armas nucleares para inhibir un acto hostil suyo, había sido cuestionada desde que el Presidente Reagan dispuso su Iniciativa de Defensa Estratégica. Pero la remanencia jurídica de la obligación de no desarrollar esos mecanismos de defensa mantenía un cierto entendimiento de que las dos grandes potencias nucleares no se atacarían mutuamente teniendo en cuenta los efectos desbastadores de la retaliación.


La denuncia del tratado ABM por Estados Unidos, acabó con ese entendimiento cuyos mecanismos generaban una mínima confianza estratégica en el ámbito nuclear. Si Estados Unidos procedió a ello por razones de caducidad del sistema internacional que justificó esa clase de disuasión o por razones confirmatorias del predominio recién adquirido, ahora Rusia por razones vinculadas a la recuperación de sus capacidades y al requerimiento de desempeñar un rol estratégico mayor abandona "temporalmente" el principal régimen de control de armamentos convencionales suscrito en la post-Guerra Fría.


Si esas razones son percibidas como superiores a los beneficios del régimen traducidos en estabilidad y confianza en Europa, es evidente que Rusia entiende que los límites al despliegue de armamento convencional pesado en ese escenario, las reducciones ya producidas del stock correspondiente y la definición del escenario europeo como uno que se extiende desde el Atlántico hasta lo Urales, parecen serle hoy menos relevantes hoy que cuando, en 1991, se suscribió el tratado.


Es más, en tanto el acuerdo fue suscrito en el marco de la Organización de Seguridad y Cooperación Europea (y luego actualizado en 1999 para acomodar las evoluciones geopolíticas del área, especialmente la disolución del Pacto de Varsovia y la expansión de la OTAN), Rusia parece considerar que el símbolo de la era de la distensión, la Conferencia de Seguridad y Cooperación en Europa (precursora de la OSCE) puede ser tan irrelevante hoy como un esquema de alianzas conformado por una sola de ellas (la OTAN). Si no atemorizante, ciertamente ese mensaje sí es extremadamente preocupante.


Y lo es aún más, porque el mensaje se inscribe en el marco de la identificación rusa de la amenaza norteamericana y atlántica definida por el Presidente Putin en la Conferencia de Seguridad de Munich (febrero de este año), la persistencia de intereses en conflicto con Estados Unidos y la Unión Europea en los Balcanes (Kosovo) y Medio Oriente (especialmente Irán), la inseguridad energética (que afecta especialmente a Europa), la seria contienda estratégica por la eventual instalación de un sistema antimisiles norteamericano en la República Checa y Polonia y el reciente conflicto diplomático con el Reino Unido (el caso de los espías rusos).


Si este mal ambiente quiso ser corregido en la entrevista de los presidentes Putin y Bush en Maine de hace pocas semanas donde se replanteó la oferta rusa de cooperación antimisilera con instalaciones en Azerbaiján y en el territorio ruso, es evidente que no se ha tenido éxito hasta el momento.


De persistir el deterioro del contexto euroasiático y transatlántico, América Latina se verá inicialmente afectada de manera negativa a pesar de su relativa marginalidad en diferentes ámbitos. En el ámbito regional la asociación de Estados antisistémicos de la región encabezados por Cuba y Venezuela (que tienen fuertes lazos con Rusia) desearán aprovechar el conflicto para mejorar su posicionamiento local y global. Ello podría incrementar la fragmentación regional presionada ahora por la nueva tensión del sistema internacional y por el incremento del rol estratégico de las potencias emergentes. Y en lo más específico, países como el Perú que requieren consolidar su capacidad de defensa y seguridad (p.e., el núcleo básico operativo) deberán sopesar un eventual costo sistémico de la fuente de aprovisionamiento rusa.


Estas fuerzas antagónicas ciertamente no nos regresarán a los dilemas de la Guerra Fría, pero probablemente sí a los del balance de poder y pondrán a prueba la intensidad de la interdependencia.



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