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  • Alejandro Deustua

Desinteligencia Sistémica

Las decisiones en el ámbito de la seguridad, como en el de la economía, se adoptan en función de la mejor información disponible, el diagnósticos riguroso y un código de señales que otorgue a los participantes en el sistema referencias ciertas de acción. En un mundo tan intensamente interdependiente y asimétrico como el actual, el buen funcionamiento de esos códigos es fundamental para que la racionalidad de las decisiones de los miembros públicos y privados del sistema contribuya al adecuado sostenimiento del mismo. En el ámbito de la seguridad global ese código se ha roto.


En efecto, tanto el Comité de Inteligencia del Senado norteamericano, que ha investigado durante un año los fundamento que motivaron la decisión norteamericana de ir a la guerra en Irak, como el Informe Butler en el Reino Unido, que ha indagado lo mismo sobre la inteligencia británica, han concluido que la decisión de ambas potencias se sustentó en información equivocada o insuficiente, procesos cuestionables y fuentes de dudosa calidad. Ninguno de los dos informes reporta mal uso político de la información por los respectivos gobiernos, pero los responsables norteamericanos del informe han asegurado que de haber contado con la información con hoy cuentan, el Congreso de ese país no hubiera autorizado el compromiso de la fuerza.


Si esta falla estructural en el sistema de decisiones de la única superpotencia enuncia una fuerte erosión de su capacidad hegemónica y del orden que ésta quisiera organizar, es claro que las condiciones de seguridad de la “comunidad internacional” (las que lidian con asuntos de guerra o paz) también se han debilitado. Especialmente si la superpotencia mantiene una doctrina estratégica que privilegia el ataque preventivo (de “preemptive”) en un escenario en el que el que una amenaza de difícil identificación, como el terrorismo, encabeza la agenda.

Por ello no basta que la superpotencia anuncie medidas correctivas internas. Ahora le resta una compleja labor de reconstrucción de confianza entre sus socios que, por lo demás, deberán seguir actuando en ese escenario neblinoso constituido por las “nuevas amenazas” que requieren de mejor inteligencia que las “convencionales” si no desean empeorar las cosas.


Pero no es sólo la “comunidad internacional” la afectada por la irracionalidad actual del poder norteamericano. El sistema internacional, aquél representado en el Consejo de Seguridad de la ONU, también se ha debilitado por haber mantenido durante 11 años la hipótesis de la existencia de armas de destrucción masiva en Irak bajo la admonición del Capítulo VII (aquel que permite el uso eventual de la fuerza) sin haber logrado que el beligerante Hussein cumpliera con aclarar si las tenía o no y sin haber tomado, al respecto, las medidas coercitivas autorizadas por la Carta. En efecto, desde la Resolución 687, en 1991 hasta la Resolución 1441 del 2002, el Consejo asumió que Hussein tenía esas armas, sus inspectores configuraron un extensa lista de su posible existencia y le exigió infructuosamente al tirano que las declarara o probara su inexistencia bajo la advertencia de sufriría las “más graves consecuencias” (como ocurrió sin consenso) si incumplía.


Peor aún, ninguno de los miembros permanentes que se opusieron al uso de la fuerza corrigió la “hipótesis” del Consejo. Los servicios de inteligencia de China, Rusia y Francia no desmintieron a través de sus representantes la información norteamericana y británica ni cuando el núcleo de seguridad del gobierno norteamericano se hizo presente en la ONU para exponer el caso y demandar acción. Que se sepa la presentación casuísitica del presidente estadounidense y del Secretario de Estado en ese foro no fue desmentida ni cuando los jefes de la CIA, del Consejo Nacional de Seguridad y hasta del Secretario de Defensa estuvieron presentes para absolver cualquier aclaración o imputación. Si los representantes de alguna de las potencias opositoras al uso de la fuerza hubiera desmentido la información en lugar de concentrarse en el proceso del uso de la misma, hubieran corregido a tiempo la falla sistémica y corroborado el argumento de que el Ejecutivo norteamericano no estaba realmente convencido de lo que hacía (o que procedía más por voluntad que por razón).


Si el proceso de toma de decisiones del principal sistema de seguridad colectiva internacional presenta fallas de inteligencia básica, ciertamente el sistema internacional está menos seguro de lo que se suponía. En consecuencia el Consejo de Seguridad y la Secretaría General de la ONU deben proceder a su corrección inmediata. Por lo demás, si el mundo está más seguro sin el tirano que se permitió desafían amenazantemente a la ONU durante 12 años, no lo está tanto si las más poderosas fuerzas de acción discrecional (que no son sólo las norteamericanas) carecen de adecuada información y se vuelcan hacia adentro sin dar explicaciones a sus socios ni adoptar acciones de restauración internacional de la confianza perdida.

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