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  • Alejandro Deustua

Desaceleración China

16 de agosto de 2023



Cuando en julio pasado el FMI reiteró que la economía global crecería débilmente este año (3%, algo mejor que la proyección abril pero por debajo del nivel de 2022), la desaceleración de la economía china se consolidaba como preocupación adicional a la insuficiente mejora en la lucha contra la inflación y a los shocks del cambio climático y de la guerra en Ucrania.


A pesar de que la proyección del crecimiento chino (5.2%) se subordinaba sólo al indio (6.1%) y equivalía al doble del crecimiento global, el pesimismo sobre el desempeño de esa economía no era un sentimiento pasajero: el envejecimiento de la población, las presiones del desempleo juvenil, las demandas insatisfechas por mejores niveles de vida o la insuficiencia de la inversión (resumidas en la trampa de los ingresos medios) confirmaba que esa potencia no volvería a producir el extraordinario desempeño de años atrás.


Por lo demás, en 2020 el presidente Xi ya había dispuesto un cambio de modelo: la prioridad del esfuerzo público se materializaría más en la promoción del consumo que en la actividad exportadora. En efecto, el decimocuarto plan quinquenal (2021-2025) sobre “crecimiento de calidad” (economía “verde” y mejores servicios) enfatizó el refuerzo de ese sector como fundamento del incremento de la demanda interna. Ello implicaba también un mayor énfasis en innovación, políticas industriales con menor prioridad en la industria pesada (más utensilios), la modernización del agro (mayor seguridad alimentaria) y un mercado laboral más competitivo (más empleo).


Pero las reformas necesarias no han sido plenamente efectivas mientras que las políticas de salida del COVID han sido mucho menos dinámicas en el incremento de tasas de interés que en Occidente debido al bajo nivel inflacionario. Éste revela hoy una tendencia a la deflación (el nivel de precios se ha estancado considerándose el interanual en 0.4%).


Como consecuencia, el PBI chino sólo creció 0.8% en el segundo trimestre en relación al primer trimestre (NYT) mientras el comercio exterior ha reportado una fuerte caída de exportaciones (-14% en julio en línea con dos meses anteriores) y de importaciones (reducciones de cinco meses consecutivos). Y en lo que va de agosto un índice de los valores chinos que cotizan en Hong Kong (el Hang Seng) ha caído 9% (NYT)


De otro lado, el mal clima económico y las restricciones al funcionamiento de empresas extranjeras ha acelerado su traslado a escenarios menos complejos (“friendshoring”) con la ayuda de Estados Unidos que ha estimulado el retorno de esas empresas a su territorio o localidades más cercanas (“nearshoring”, que ha favorecido a México, pero no al Perú).


Más aún, el presidente Biden acaba de restringir adicionalmente la inversión norteamericana en el sector tecnológico chino (semiconductores, microelectrónica, información tecnológica y sistemas de inteligencia artificial). Y lo ha hecho afirmando, en medio del fragor de una colecta de fondos de campaña, que la economía china es una “bomba de tiempo” porque su crecimiento es de “2% “ (un error estadístico reportado por Reuters). En esas condiciones, dijo el presidente norteamericano, los “malos muchachos” adoptan malas decisiones (una declaración peligrosa teniendo en cuenta una próxima reunión cumbre entre ambos gobernantes y el reinicio, aún frágil, del esfuerzo diplomático de atenuación de fricciones entre ambas potencias abierto por el Secretario Blinken.


El Buró Nacional de Estadística chino sostiene, en cambio, que la economía de ese país creció en torno al 4.5% en el primer trimestre y al 6.3% en el segundo (Reuters). Pero analistas occidentales indican que China está en (o se enrumba hacia) un escenario de deflación o que su perfomance llegó a su pico. Si, al decir de algunos comentaristas macabros, esa desaceleración podría contribuir al control de la inflación global, su impacto es preocupante al margen del humor negro.


En efecto, considerando que el aporte del crecimiento chino al crecimiento mundial gira en torno al 30% y que esa potencia es, simultáneamente, el primer exportador y segundo importador global, la atenuación de su perfomance puede ser conmocionante para el volumen del comercio internacional de este año (el FMI lo estima en apenas 2% y el Banco Mundial en 1.7%).


Esa proyección puede degradarse más aún si se toman en cuenta serios y concurrentes problemas sobre reales y eventuales incumplimientos de pagos por grandes empresas inmobiliarias (Country Garden) y financieras (Great Wall) chinas. Su solvencia ya ha sido degradada por Moody´s y Fitch.


América Latina y el Perú sufrirán parte importante de las consecuencias. Si el crecimiento de las ventas externas de bienes y servicios regionales en el primer trimestre fue de apenas 2.9% (vs 16.4% en 2022) según el BID, el valor las exportaciones de cobre forma parte de esa caída. En efecto, a la luz de las difíciles condiciones del mercado chino, Citi y Goldman Sachs estiman que el precio del cobre descenderá en el segundo semestre a US$ 8000/7500 la tonelada (vs US$ 9550 en enero pasado) aunque la empresa china Antaike espera una recuperación de ese valor en 2.5% a fin de año (Reutes).


El escenario económico chino no contribuye, de momento, al crecimiento internacional como debiera y su política exterior es funcional a la fragmentación global. En el marco de la competencia sistémica por primacía, ésta retroalimenta comportamientos cada vez más nacionalistas en China y sus contrapartes con preocupante implicancia para la seguridad internacional. Imposibilitada América Latina de recuperar a tiempo la cohesión integradora necesaria irresponsablemente perdida, países como el Perú deben disminuir su dependencia china diversificando, en lo posible, sus exportaciones en Occidente y en el Asia resistente a la esfera de influencia de esa gran potencia. Y dentro de la región parecen necesarios esfuerzos de corto plazo para incrementar los intercambios y, en el largo plazo, reducir los obstáculos a la integración.

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