• Alejandro Deustua

Coordinar Políticas Contra Un Default Posible

A dos días de que la primera potencia incurra en su primer “default” desde fines del siglo XVIII, las cámaras alta y baja norteamericanas sigan canjeando propuestas para evitarlo pero sin desprenderse del factor ideológico ni priorizar el compromiso como si el resto del mundo no existiera.


Así el parroquialismo norteamericano, que es una deformación de su excepcioanlismo, ha tomado por asalto a la política exterior norteamericana, la expresión de su poder y de su status, y arriesgado, en el proceso, la estabilidad económica global.


Incapaces de distinguir entre política interna y externa y de comprender siquiera la naturaleza de un default voluntario como esencialmente distinto de uno producido por incapacidad material o técnica (el caso de todos los demás), los partidos políticos norteamericanos parecen no tener noción de las responsabilidades que corresponden a una superpotencia democrática.


Más aún, en el ejercicio de esa ceguera que consideran virtuosa, parecen estar dispuestos a producir la degradación económica y política de su Estado en beneficio de una discusión sobre las bondades o defectos de una ley sobre la salud pública de sus ciudadanos.


Esta forma de dilapidación de influencia es inédita. Si Estados Unidos ha perdido poder luego del “momento unipolar” de la última década del siglo XX y de los primeros cinco años del siglo XXI cuando el Estado norteamericano comenzó a padecer el peso del unilateralismo, éste supo recordar a los demás que sus capacidades no eran suficientes para ordenar el nuevo escenario global.


Si su hegemonía se debilitaba en múltiples sectores, ello ocurrió por la complejidad del escenario y por la emergencia de nuevos actores a los que exigió cooperación sabiendo que no había Estado capaz de reemplazarlo ni con voluntad para hacerlo. No se deshizo de cuotas de poder por voluntad propia.


De otro lado, a pesar del quiebre del sistema de Bretton Woods, la primacía norteamericana se siguió expresando por su propio peso y a través de ciertos privilegios (o así era percibido). Entre éstos últimos, la preeminencia del dólar como moneda de reserva se complementaba en parte con la capacidad incontrolada de emitir moneda (el señoreaje global) y la de financiarse a bajísimo corto en el exterior.


Hoy la decadencia bipartidista norteamericana –estimulada por extremistas del Tea Party- parece desconocer la desconfianza existente sobre el dólar y sobre la gobernabilidad económica de la primera potencia y confiar en que la divina providencia salvará a Estados Unidos de la considerable pérdida de status y de prestigio que ellos están produciendo.


Si del punto de inflexión nos separan 48 horas (aunque hace ya tiempo que el resto de economías habrán tomado previsiones) ello no parece hacer entrar en razón a los extremistas que, a costa de republicanos y demócratas sensatos, han tomado a la economía norteamericana por el cuello.


Peor aún, esos radicales se niegan a escuchar la advertencia y la protesta colectiva. Así si el G20 ha emitido un inusual comunicado llamando la atención de los legisladores norteamericanos, los extremistas se han tapado los oídos.


En efecto, esa entidad que organiza a las economías más poderosas y/o representativas del poder económico mundial ha establecido que si bien hay señas de recuperación en la economía mundial, la desaceleración de las economías emergentes no es compensada por el escaso crecimiento de las economías más poderosas.


Y si en ese marco, existen problemas mayores (como niveles inaceptables de desempleo), hay riesgos que pueden descarrilar el proceso de transición al que se orienta la economía global debido al ajuste monetario consecuente con la expansión previa y a la volatilidad que éste ya está creando. Entre esos riesgos, está el default norteamericano (que no es mencionado por su nombre) reclamándose a Estados Unidos tomar acción urgente para garantizar estabilidad financiera esencial en la transición.


El término riesgo es expresado acá de manera lata cuando tiene consecuencias bien definidas: el desborde de la inestabilidad, la pérdida de valor de papeles del Tesoro, una eventual corrida del dólar, el incremento de tasas de interés, la falta de crédito y de liquidez y, por tanto, una muy grave recesión para un escenario de recuperación global.


China, que ha comprado US$ 1.3 trillones en bonos norteamericano y Japón que es el segundo acreedor norteamericano (US$ 1.1 trillones en bonos) ya ha han expresado su preocupación y sus demandas. Y Brasil, que en el 2012 retenía alrededor de US$ 250 mil millones en bonos del Tesoro, debe haber hecho lo mismo además de tomas medidas precautorias.


Entre éstas se contabiliza un proceso de desdolarización de las economías emergentes de ya larga duración. A ellas se agregan aún tímidas transacciones comerciales en monedas de las partes y canastas de reservas muchos más diversificadas.


Que del riesgo se haya pasado a la mayor probabilidad de default indica que a estas medidas procesales seguirán otras más puntuales que quizás no tendrán vuelta atrás luego de que la calificación de la economía norteamericana sea nuevamente degradada.


Aunque del default puede haber aún escapatoria (los términos “fe” y “esperanza” se usan cada vez más en los medios) con un acuerdo de corto plazo claramente insuficiente para la magnitud de la desconfianza generada, las consecuencias políticas de ese “rescate” de último momento se reflejarán en una mayor anarquía internacional conducente a un proceso más desordenado de multipolarización económica.


En este caso los factores de limitación de la fricción –como la que produce el proteccionismo comercial que es evidente a través de medidas para-arancelarias- parecen descansar crecientemente en los procesos de interdependencia. Pero si éstos se han diversificado, no parece que, bajo las actuales circunstancias, sus agentes se hayan fortalecido.


Como en pocos momentos en los países liberales, éste es el momento de incrementar la coordinación de política de defensa económica contra un shock económico negativo. Entre los latinoamericanos liberales, hoy no bastan las exclamaciones ni los reconocimientos externos de los fundamentos nacionales de las respectivas economías. Esperar lo mejor y prepararse para lo peor de manera cooperativa parece ser la tarea del día.


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