• Alejandro Deustua

Cooperación Económica en el Cambio Político

En pleno proceso de redistribución internacional del poder, las economías responsables del 80% del PBI mundial acaban de dar muestra de renovada disposición cooperativa. Este hecho excepcional producido por el G20 reunido en Pittsburg ha sido acompañado del fortalecimiento institucional de la economía de mercado, de la confirmación de su globalidad y de la reafirmación de principios compartidos para actuar en él.


En consecuencia, si el sistema internacional está cambiando políticamente no lo hace erosionando las normas del libre juego de la oferta y la demanda sino a través de su mejor fundamentación y mediante la incorporación de nuevos de actores al núcleo forjador de consensos.


En efecto, el G20 se ha convertido en el principal foro de coordinación de políticas económicas desplazando al G7 mientras el FMI y el Banco Mundial han resultado fortalecidos en la promoción de estabilidad financiera y de desarrollo.


A cambio de ello, los integrantes del Grupo se han comprometido a sustentar mejor el mercado manteniendo políticas macroeconómicas sensatas y transparentes, evitando el proteccionismo, generando inclusión, favoreciendo el ámbito global sobre el regional y fortaleciendo la asociación entre países desarrollados y en desarrollo.


A pesar de la existencia de diversos enfoques nacionales, el círculo liberal se ha ampliado estimulado por las fuerzas de la crisis sistémica, por la necesidad de coordinación política frente a la amenaza recesiva y por la emergencia de nuevas potencias económicas. Si esa ampliación ocurrió en 1975 luego de la quiebra de Bretton Woods y la crisis petrolera con el G7 hoy se reitera con el G20 en el umbral de una crisis mayor.


Aquélla se dinamiza en el compromiso de mantener las políticas de estímulos hasta que la crisis se haya superado, en las disposición a retirarlas oportunamente de manera coordinada, en concordar medidas de regulación para terminar con “la era de la irresponsabilidad” financiera y promover políticas de crecimiento sustentable que fundamenten el progreso en el siglo XXI. Así, la crisis del laissez faire reclama más regulación, no el reemplazo de la economía liberal.


En el ámbito financiero ello implica el compromiso de desalentar el riesgo excesivo incrementando los requerimientos institucionales de capital, clarificando las transacciones de instrumentos derivados y promoviendo la conducta responsable de las firmas globales. Ello debería concretarse entre el 2010 y el 2012.


En el ámbito institucional, la “nueva arquitectura” implicará un rediseño del FMI y del Banco Mundial cuyos poderes se fortalecen mientras se reajusta la participación de Estados sobrerepresentados y subreprepresentados. El mayor rol de estas instituciones debe materializarse en la mayor capacidad crediticia del primero y de mayor esfuerzo de desarrollo en el segundo.


En el ámbito económico el llamado a un reajuste entre las economías superavitarias (que deben promover la demanda interna) y deficitarias (que deben incrementar el ahorro) será más difícil de cumplir. Además, la redundancia del llamado a concluir con la ronda Doha el 2010 sin mayores compromisos debilita la credibilidad del mismo.


En el cumplimiento de estos ajustes veremos cuán sustentable es la ampliación del círculo liberal y probaremos su resistencia a la redistribución del poder político.



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