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  • Alejandro Deustua

Contexto Geopolítico Para La Hostilidad Venezolana

1 de mayo de 2006



El gobierno venezolano parece empeñado en debilitar aún más la escasa cohesión regional y hemisférica, consolidar en la brecha resultante una base de poder geopolítico y promover, a esos efectos, una confrontación ideológica que repita los términos de la guerra fría.


El proceso de fragmentación que estimula el presidente Chávez es ya evidente en la Comunidad Andina, lo será mañana en el Mercosur y tiene su eje en el ALBA (cuya matriz cubano-venezolana esta siendo periféricamente fortalecida por Bolivia). La dimensión ideológica de ese polo de poder se define, como consta a los peruanos, a través de la radical oposición venezolana al entendimiento comercial de los países andinos con Estados Unidos y la Unión Europea (destino del 54% de las exportaciones de la CAN). Esta se disfraza de una excéntricas aspiración socialista que adscribe a un a un antinorteamericanismo radical.


La intensidad del mismo y la amplitud de los frentes que aborda permiten calificar esa tendencia como esencialmente antioccidental (la “cultura de la muerte” en la perspectiva del presidente Evo Morales). Ésta es difícil de encontrar en el Asia, fácil de identificar en el Medio Oriente y ciertamente, no es meramente autóctona (la filiación del presidente Chávez con países como Irán es creciente como antes lo fue con Irak). Es en este escenario de gran diseño donde se ambienta la organizada hostilidad hacia el Perú y el que brinda el clima distorsionante de ciertas medidas contrareformistas en la región (p.e. la nacionalización de los hidrocarburos bolivianos realizada por el presidente Morales cuyo mandato se origina en un referéndum llevado a cabo por el presidente Calos Mesa). Como en todo diseño de gran escala geopolítica, la irracionalidad juega en él un rol impredecible. Su rango va desde el empleo sistemático de la provocación como instrumento diplomático (el insulto a políticos y autoridades de Perú, Colombia, México y Estados Unidos) hasta el intento de asociación con grandes potencias regionales que prefieren ser percibidas, a pesar de la evidencia en contrario, como antisistémicas. La aspiración dista en este caso tanto de la realidad que no tiene en cuenta, por ejemplo, que Brasil y Argentina son Estados de vocación occidental (y de vieja tradición panamericana en el caso brasileño). Y tampoco reporta que el Mercosur carece hoy de cohesión suficiente para conformar una base de poder incontestable (el malestar de los socios menores con la redistribución de beneficios y el proceso de toma de decisiones es allí manifiesta). Por lo tanto la aspiración venezolana de complementar continentalmente con el baluarte conosureño el poder económico e ideológico caribeño (los petrodólares venezolanos y la iconografía castrista) no tiene mayor futuro. Sin embargo, como la iniciativa estratégica venezolana viene cobrando preocupante impulso andino, es necesario que el Perú actúe asumiendo que el balance de poder está siendo efectivamente alterado. Por tanto, la acción de contención y de reversión de la ofensiva venezolana debiera plantearse mediante una asociación entre los países que desean una mejor inserción en Occidente (Colombia, Chile, quizás Uruguay) complementándola con un diálogo con Brasil y Argentina al respecto. Sobre esa base se podrá mitigar la fragmentación regional hoy manifiesta y superarla después.

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