• Alejandro Deustua

Consideraciones Sobre la Inversión Extranjera (Que Crece Según la UNCTAD)

En el marco de la revisión a la baja de la perfomance global de 2012 por el FMI y de un decrecimiento importante del comercio internacional, el anuncio de la UNCTAD (1) sobre el incremento de la inversión extranjera (FDI) directa en este año y el próximo es una muy buena, aunque dudosa, noticia.


En efecto, ese organismo de Naciones Unidas estima que este año la FDI crecería US$ 1.6 trillones dando pie a incrementos marginales en el 2013 y 2014 (hasta US$ 1.8 y US$ 1.9 trillones, respectivamente) luego de haber aumentado 16% el año pasado ( a US$ 1.5 trillones). Aunque esa entidad no tuvo a principios de julio la revisión del estimado del FMI de mediados de este mes (que considera que el PBI global caerá el 2012 de 3.9% a 3.5% y que el comercio internacional descenderá a 3.8% luego de haberse desplomado de 12.8% a 5.9% el año pasado), la UNCTAD sí consideró un escenario de fuertes restricciones estructurales en la evaluación de su estadística.


Descontadas éstas, el monto total de FDI del año pasado (US$ 1694.4 miles de millones) es la base para proyectar su crecimiento de este año (16%) recordando que esa base, sin embargo, está por debajo en -23% del pico alcanzado en el 2007.


Si se considera que las economías en desarrollo y las emergentes han contribuido sustancialmente al crecimiento global en el marco del fuerte deterioro de la actividad de las economías desarrolladas, no es sorprendente que aquéllas hayan sido receptoras de 51% de la inversión total revolucionando el patrón de un sistémico flujo superior entre las potencias mayores.


Y tampoco sorprende el hecho de que América Latina, considerada hoy en general, como una región con fundamentos sólidos en un contexto de crisis, haya acompañado el ritmo global de la inversión (16%) recibiendo US$ 217 mil millones en el 2011.


Los términos en que ha fluido esa inversión sigue mostrando, en nuestra perspectiva, dos grandes distorsiones que potencian las limitaciones que impiden transformar el stock de cash de las multinacionales en inversión adicional. La primera es la gran concentración del flujo la inversión en Brasil (US$ 66660 millones que representan más del 50% en Suramérica en un país que es, además, el único del área que figura entre los primeros diez receptores) y en México (US$ 19994 millones que es casi dos tercios de lo que recibe Centroamérica). Y la segunda distorsión es la ampliación de la brecha de acumulación de capital generada por el concurso asimétrico de inversión extranjera al Sudeste y el Este asiáticos (US$ 240 mil millones el año pasado) en relación con América Latina.


Estos desbalances crean desequilibrios intrarregionales (en el primer caso) e interregionales (en el segundo) que generan, a su vez, distorsiones geoeconómicas que se traducen a la larga en alteraciones geopolíticas. Tales desequilibrios aparecen fuertemente correlacionadas con el destino sectorial de la inversión: a las economías menores de Suramérica (especialmente a las andinas) concurre especialmente inversión en recursos naturales que, traducidas en exportaciones que generan divisas, no generan empleo suficiente ni desarrollo comparable a la que crea la inversión en los sectores manufacturero y de servicios.


A este argumento cualitativo se suma el estadístico que establece que la inversión en recursos naturales es fuertemente minoritaria en relación a los destinos alternativos. En efecto, al primer sector concurrió en el 2011 sólo el 14% del total, mientras que a la manufactura y los servicios se orientó el 46% y 40% de la inversión, respectivamente en ese año.


Ello indica que los países que reciben preferentemente el primer tipo de inversión deben competir más por menos recursos en un sector menos fértil y finito. En cambio, los países que ofrecen mejores condiciones para la inversión en manufactura y servicios reciben mucho más en cantidad y calidad con multiplicadores vinculados al alto empleo y a la generación de conocimientos en sectores que permiten mayores economías de escala y competencia en ámbitos sin más barreras que las que imponga el mercado y las regulaciones gubernamentales (y no la geología). Además del superior valor de este tipo de inversiones para el desarrollo, su origen más variado permite una mayor oferta quizás menos dependiente de los condicionamientos de la elasticidad de la demanda y de la volatilidad que ella representa para los precios si ésta se reduce en un mercado controlado por menos agentes. Más allá de los factores subjetivos de la inversión (el “sentimiento” del inversionista) y del clima de la inversión, las consideraciones mencionadas muestran su realidad estructural en un mayor concurso al Sudeste asiático que a América Latina. En efecto, entre el 2009 y 2011 la primera región incrementó su participación en el total global del flujo de 17.2% a 22% (4.8% más) mientas que, en ese mismo período, América Latina mejoró su participación en apenas 1.7% pasando de 12.5% a 14.2% del total. Si esta tendencia se proyecta al último medio siglo el resultado visible, más allá de las condiciones del mercado local, expresan una muy fuerte pérdida relativa de status económico-financiero latinoamericano que se refleja en mayor erosión de la competitividad si se comparan los sectores de destino de la inversión.


Cambiar esa tendencia en la región implica un esfuerzo de larguísimo plazo que está aún lejos de empezar en el área salvo en los países con gran acumulación. En el corto plazo, países como el Perú siguen esperanzados en el sector tradicional que soporta, además, el mayor índice de conflictividad social.


Esta situación debiera empezar a cambiar al tiempo que se aprovechan las ventajas comparativas sin caer en la trampa de una especialización extrema. De momento, sin embargo, el Perú y sus vecinos regionales se deberán vencer la indecisión de las empresas multinacionales cuyas grandes utilidades no se transforman en inversiones complementarias y sí en acumulación de cash en un ámbito de gran incertidumbre. El reporte de la UNCTAD da fe de ello.


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