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  • Alejandro Deustua

Colombia: Una Reelección Pacificadora

29 de mayo de 2006



Con 62% de los votos en primera vuelta, los colombianos acaban de reelegir a un presidente de tiempos de guerra que desea gobernar también en tiempos de paz.


Superando en 10% la votación obtenida el 2002 y sobre base de las ganancias económicas y de seguridad obtenidas en los últimos cuatro años, los ciudadanos de ese país han optado por más de lo mismo, cuando lo mismo es vital, bajo el liderazgo de Álvaro Uribe. En su perspectiva ello se refleja en más seguridad, mayor concreción de bienestar y progresivo retorno de un Estado de Derecho en una república desafiada. El Presidente Uribe ha traducido esta expectativa en su primer discurso postelectoral en la aspiración a una Colombia “sin exclusiones ni odios de clase”, organizada pluralistamente y sin fracturas, basada en una democracia con seguridad, generadora de mayor empleo, externamente vinculada por lazos de “hermandad” con todos los pueblos y económicamente integrada con todos los grupos subregionales del Hemisferio (incluyendo, por cierto, a Estados Unidos).


Como aval de estas orientaciones ha presentado el éxito progresivo en la lucha contra el terrorismo y el narcotráfico, el retorno del crecimiento de la economía, el logro de una mayor cohesión nacional, la sostenida relación con la primera potencia y los avances de integración con Estados Unidos y Centroamérica (los esfuerzos con la CAN y el Mercosur parecen menos intensos).


Así, el Presidente Uribe puede reclamar éxitos notorios en materia de seguridad: ha logrado desmovilizar a 30 mil paramilitares de las “fuerzas de autodefensa” (las AUC), ha presionado sostenidamente a las FARC (especialmente en el sur con el Plan Patriota) recuperando el control carretero y buena parte del territorio tomado por la organización terrorista (que llegó a controlar el 20% del total), ha incrementado el gasto militar hasta 16.3% del presupuesto (de 12.8% el 2002) y ha aumentado el contingente de tropas de las Fuerzas Armadas en 100 mil hombres aproximadamente. Para ello ha recibido una fuerte asistencia militar norteamericana (estimada en US$ 3 mil millones) que se revela en un status de asociación de seguridad que, a la luz de la prioridad que la superpotencia otorga a la lucha contra el terrorismo, no goza ningún otro Estado latinoamericano. A ello ha contribuido el Plan Colombia que ahora permite el uso de fondos para la lucha antiterrorista en la medida en que esté vinculada a la lucha contra el narcotráfico. La consecuente erogación de fondos asciende a aproximadamente US$ 500 millones anuales (The Economist). Los resultados en erradicación de cocales, especialmente en el sur donde puede fumigarse con alguna intensidad, son cuantiosos (139 mil has. fumigadas en el 2005 y 30 mil erradicadas manualmente según el Departamento de Estado). Sin embargo, no se ha logrado eliminar los cocales. Y mucho menos la capacidad de producción de cocaína que sigue teniendo en Colombia un proveedor principalísimo a pesar de los grandes esfuerzos de interdicción.


A la luz de este recuento, no se puede negar al liderazgo del Presidente Uribe avances sustanciales en la lucha contra el terrorismo y el narcotráfico como algunos plantean. Éstos no sólo han invertido una cierta tendencia anterior a la parálisis sino que han evitado el vacío de poder en el área que amenazó engullir al Estado y exportar mayor violencia al vecindario andino. A pesar de la persistencia narcoterrorista, hoy Colombia ha comenzado a proyectar estabilidad (o su percepción) que, aunque precaria, es vital para una subregión andina fuertemente desestabilizada.


Pero esta nueva dimensión geopolítica colombiana está lejos de consolidarse. Para comenzar el Presidente Uribe ahora debe lograr un acuerdo humanitario con las FARC que permita el canje de prisioneros (El Espectador) antes de proceder a derrotarlos (cuestión improbable si se recurre sólo la fuerza) o a negociar los términos sustantivos de un alto el fuego verosímil y una paz posterior. Y resta también desmovilizar al ELN.


De otro lado, el crecimiento económico del que disfruta el conjunto de la región no ha sido esquivo con Colombia. Así como la democracia se ha mantenido en tiempos convulsos (el concepto “seguridad democrática” se desarrolla sobre esa base), la economía se ha administrado “de manera paralela” (en tiempos de guerra, la economía no es de guerra). Esto le ha permitido crecer 5.1% el año pasado y proyectar 4.7% para este año (lo que no quiere decir que con otra opción la relación seguridad/economía no hubiera podido ser mejor). A ello contribuyen la seguridad del acceso del 45% de sus exportaciones a Estados Unidos a través del ATPDEA (seguridad que será confirmada con el TLC) y el buen aprovechamiento de los esquemas subregionales de integración (de los US$ 8900 millones de exportaciones intraandinas del 2005, Colombia es responsable de US$ 4200 millones ó 48% del total CAN). A diferencia de su vecino y socio venezolano (con el que comercia alrededor de US$ 3 mil millones) que rompe vínculos económicos para trazar alianzas antisistémicas, Colombia se proyecta regionalmente (más allá del Mercosur, negociará con un acuerdo de libre comercio con los centroamericanos). Es decir, el ALCA para ella será una realidad a través de la vía bilateral antes que para el resto de latinoamericanos. Para ello es indispensable que el comercio contribuya fuertemente a crear empleo bien remunerado. El incremento de la cohesión social indispensable que satisfaga expectativas básicas en el lado civilizado del conflicto depende harto de ello. Aquí el Presidente Uribe ha sido exitoso hasta ahora (ha bajado la tasa de desempleo de 20% en el 2002 a algo más de 10% el 2005) pero sin lograr las metas mínimas requeridas para un país con altas tasas de pobreza (en las proximidades del 50% según el PNUD).


Pero tan importante como el comercio exterior (cuya tasa de importación esperada -20.7%- será superior a la de exportación -4.9%-) será el clima de confianza que pueda mantener el nuevo gobierno del Presidente Uribe. Éste será indispensable para que la demanda interna sea, como se proyecta, el motor del crecimiento. En él la participación de la inversión (22%) y la del consumo (4.8%) serán determinantes (Cepal). Como para el resto de la región, un contexto externo favorable será indispensable para alcanzar estas proyecciones. En efecto, si el ciclo expansivo desmejora a partir del 2007/08, el gobierno del Presidente Uribe estará en problemas (éste culmina el 2010) aunque quizás lo sea menos que para otros países que dependen más de los altos precios externos.


Pero en tanto un contexto externo favorable involucra también el escenario político, éste estará condicionado por un imponderable: una vinculación relativamente estable con el gobierno revisionista de Hugo Chávez. Aunque éste ha felicitado al Presidente Uribe por su reelección y le ha brindado exuberantes –por respetuosos- elogios, la disposición confrontacional y antisitémica del presidente venezolano, su antinorteamericanismo elemental y su relación con las fuerzas subversivas colombianas constituyen una amenaza latente sobre la aspiración de pacificación colombiana. Aunque la relación diplomática entre ambos Estados sea mejor que la que Venezuela sostiene con el Perú, por ejemplo, Colombia deberá cuidar ese frente con esmero. Para ello le ha bastado hasta hoy la relación estratégica con Estados Unidos (la relación con los vecinos ha sido de menor importancia). Esto podría cambiar en algo de aquí al 2010.


Finalmente, el presidente Uribe inicia su último gobierno y su carrera hacia la pacificación de su país en un contexto político interno muy fluido que deberá saber controlar. La pérdida del fundamento bipartidista que brindaban los partidos Conservador y Liberal y su reemplazo por una agrupación de partidos que, como la suya, requiere de negociación permanente y la aparición de una nueva fuerza de izquierda (el Polo Democrático) demandará esfuerzo político adicional para asegurar gobernabilidad para Colombia. Ésta, a pesar de la mayoría en primera vuelta, no está asegurada.


En tanto el Perú y el resto de países democráticamente liberales de la región necesitan estabilidad para progresar, resultará indispensable que éstos intensifiquen su cooperación con Colombia. Vencer una cierta inercia colombiana para avanzar esencialmente al amparo de la gran potencia hemisférica debe ser un objetivo a lograr. Los Estados democráticos y liberales de la región deben cooperar más con Colombia y ésta aceptar esta cooperación con un objetivo: consolidar una asociación estratégica con ese importante país teniendo en cuenta que Estados Unidos estará en el centro de ella.

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