• Alejandro Deustua

Colombia: Innovación Estratégica en Suramérica

El redespliegue de equipos y tropas norteamericanas en Colombia en un número de bases de ese país ha desatado una discusión estratégica en la región. Salvo por Perú (y quizás Paraguay), los demás Estados han reaccionado adoptando posiciones que van desde la respuesta beligerante (Venezuela y Bolivia) hasta el incremento de la alerta (Brasil y posiblemente Argentina) y la actitud vacilante (Chile, que ha reconsiderado su posición). Estas reacciones son una función de la mayor o menor indisposición a la influencia militar norteamericana en Suramérica, de la relativa sorpresa del redespliegue (que no ha sido todavía adecuadamente informado) y de las diferentes percepciones regionales sobre la amenaza narcoterrorista. Pero a ellas contribuye también la historia reciente de la presencia de la primera potencia en la región.


En efecto, si toma en cuenta que Estados Unidos está redesplegando su logística de monitoreo militar antinarcóticos desde Ecuador (Manta) hacia Colombia mientras que mantiene una ya reducida presencia miliar en Centroamérica y el Caribe, no mucho habría cambiado.


Sin embargo, si se considera que las bases colombianas a las tendrá acceso personal militar norteamericano (siete en principio) están dispersas en territorio colombiano y corresponden a las tres fuerzas (ejército, marina y aviación) la dimensión estratégica de la innovación es mayor. Especialmente si el despliegue norteamericano, que se da en la huella del Plan Colombia, reforzará, colateralmente, las capacidades colombianas en relación a las FARC, a la agresividad venezolana y a la presencia cubana en el norte suramericano.


En esta perspectiva la proyección del redespliegue norteamericano en Colombia hacia la subregión andina, la cuenca amazónica septentrional y el Pacífico y el Caribe se habrá incrementado en relación a la mayor restricción que imponía la indisposición ecuatoriana a albergar tropas y equipo con menor radio de acción.


Si ello potenciará el rol colombiano en el área y, colateralmente, el de sus socios (p.e. el Perú) podríamos estar también frente una innovación estratégica de doble valencia. De un lado, se incrementará la tendencia asociativa de los Estados más afines con Estados Unidos y de los hostiles a esa potencia y, del otro, el monopolio de la innovación en el centro suramericano por la asociación boliviano-venezolana se reducirá (quizás obligando al Brasil a una conducta menos indulgente en relación al bolivarianismo geopolítico).


Al respecto debe tenerse en cuenta que el regionalismo brasileño en su versión restrictiva es una variación reciente de su original y fuerte panamericanismo y que, aún bajo aquellos términos, su relación con Estados Unidos es “especial”. En ese marco la reacción brasileña tenderá a atenuarse siempre que su dominio sobre lo que le corresponde de la cuenca amazónica no sea cuestionado.


Argentina, en cambio, podría volver a un pasado de antagonismo panamericano si comprende mal la naturaleza del reposicionamiento norteamericano en Colombia (que está determinado por la amenaza narcoterrorista).


El Perú, a su vez, estando interesado en afianzar el control territorial afectado por narcoterrorismo, fortalecerá quizás el vínculo con Colombia, vigorizará su posicionamiento andino y tenderá a incrementar la relación de seguridad con Estados Unidos.


En todo caso, los que piensan que el Consejo de Defensa Suramericano debe atender problemas de seguridad con prescindencia hemisférica deberán revisar su ambición de definir al área en la perspectiva de un regionalismo cerrado o disfuncional.



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