• Alejandro Deustua

Chávez Debe Ser Contenido

El gobierno de Venezuela ha acelerado el paso de la maquinaria dispuesta a destruir, en ese país y en el hemisferio, los valores liberales y las instituciones que los organizan.


Luego de una fase orientada a acumular poder ideológico, económico y militar, a sustituir la economía de mercado por una fuertemente dirigista, a eliminar la división de poderes propios de una democracia y a reorganizar la sociedad en torno de núcleos de control ciudadano, la aplanadora chavista ha pasado a la etapa de culminación de su tarea destructiva.


Ésta ha empezado por la eliminación del derecho de libertad de prensa y de expresión preludiados por una ley que definía los parámetros de trato a la autoridad.


Para lograrlo, la aplanadora chavista ha complementado la acumulación de poder interno con la debilidad de oposición externa en los ámbitos bilateral y multilateral.


En efecto, frente a la formación de alianzas intrusivas con Cuba, Bolivia y Nicaragua y entendimientos "patrimonialistas" con Ecuador y Argentina, por ejemplo, los países de la región se han inhibido de expresar pública extrañeza. Esta permisividad se mostrado en los foros hemisférico y suramericano.


En el primero, la inaplicación del régimen de defensa colectiva de la democracia representativa (que incluye la protección de derechos fundamentales como los de libertad de prensa y de expresión) ha determinado el tránsito hemisférico del debilitamiento del sistema a su completa neutralización.


En el segundo, la indisposición de los países suramericanos a oponerse al cambio del debilísimo régimen que pretendió regular la Comunidad Suramericana de Naciones para dar pie a la Unión de Naciones Suramericanas por iniciativa venezolana ha dado pie al cuestionamiento de los términos de la integración regional. Ésta le ha hecho sitio al ALBA (una especie de COMECON bolivariano) donde la cláusula democrática parece haber sido sacrificada en el altar autoritario del "socialismo del siglo XXI" al tiempo que se crean instituciones financieras de origen antisistémico como el Banco del Sur.


En este escenario la distribución de poder que favorece a Venezuela no ha sido adecuadamente respondida ni por la superpotencia (Estados Unidos), ni por la potencia regional (Brasil) ni por las medianas (Perú o Colombia) ni por las pequeñas (p.e. Costa Rica). Por tanto la necesidad de una reacción que contenga el expansivo revisionismo chavista ha devenido ahora en un imperativo estratégico.


Si este requerimiento no aparece en el escenario perceptivo de nuestros países, ciertamente debiera hacerlo. Éste debiera poder diseñarse en torno a tres alternativas.


La primera es la opción del aislamiento de Venezuela en tanto continúe su agresividad externa. Ello implica neutralizar sus alianzas con Bolivia, Cuba y Nicaragua denunciando los lazos de seguridad establecidos con esos países como disfuncionales a la seguridad colectiva hemisférica y estableciendo fuertes incentivos que permitan la extracción de países como Bolivia y Nicaragua de la esfera de influencia chavista.


La segunda opción es la que permitiría adecuar el escenario "bolivariano" a la región a través de la adaptación de intereses y principios no complementarios en un laxo marco hemisférico. Ello implicaría confirmar la fragmentación americana.


La tercera opción sería la pusilánime aceptación de la agresividad y de la iniciativa chavista, tal como viene ocurriendo hoy.


Si lo que está en juego es una forma de entender el mundo y los principios que orientan la organización regional y la interna, la tercera opción es inaceptable. Nuestros Estados deberían optar entre las dos primeras.


¿Vamos a hacerlo o continuaremos permitiendo que la aplanadora chavista arrase con la región mientras sus miembros ni si quiera emiten declaraciones de protesta?.



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