• Alejandro Deustua

Brasil Post-Olímpico

Con 19 récords mundiales y 65 récords olímpicos las Olimpiadas Río 2016 fueron un éxito global. Y lo fueron también para Brasil que logró 19 medallas (siete doradas) superando por lejos a los demás latinoamericanos y caribeños (entre ellos a Jamaica –patria de Bolt y de otros grandes atletas-, a Cuba –un fabricante estatal de campeones- y a Argentina -el imperecedero rival regional-) además de otras potencias deportivas como España, Kenia, Canadá, Suecia o Ucrania.


Es más, la disipación del peligroso malestar deportivo (que bajo circunstancias de crisis puede en Brasil contagiarse a otros espacios) terminó de cuajar con el triunfo sobre Alemania en la final de fútbol (aunque fuera por penales) y con la medalla de oro en voleibol masculino (en apariencia el deporte colectivo más convocante en ese país después del fútbol).


El deporte jugó así un rol de tranquilizante político que el presidente interino Michel Temer supo resguardar cediendo su sitio en la clausura a la autoridad regional de Río de Janeiro (evitándose así la rechifla masiva que padeció durante los diez segundos que duró su participación en la inauguración de los Juegos).


Y si éstos estuvieron lejos de la perfección en la presentación de la infraestructura deportiva necesaria, su costo estuvo entre los más bajos que se hayan dispuesto para semejante convocatoria deportiva (entre US$ 4100 y US$ 5400 millones –FT-, lejos de los US$ 15 mil millones de Londres 2012) a pesar de que los presupuestos iniciales fueron considerablemente sobrepasados (algo impropio pero común en estas justas según Oxford Today). Por lo demás, la mayor parte de ese gasto no fue asumido por el Estado: alrededor de 52% de esos montos fueron sufragados por patrocinadores privados locales y extranjeros según Transparencia.


Sin embargo, el resultado en autoestima colectiva pudo haber sido algo menos entusiasta que el que expresó el hiperoptimista Carlos Nuzman, responsable brasileño de la organización de los Juegos.


En efecto, no habrán transcurrido ni diez días desde la terminación de los mismos cuando el Senado, que ya votó a favor del procesamiento político de la Sra. Rousseff, probablemente votará su destitución a fines de agosto luego de escuchar su defensa. A partir de ese momento el presidente en funciones asumirá el cargo hasta concluir el período de la ex –presidenta en el 2018.


Aunque el 60% de los brasileños apoyan un plebiscito para convocar a nuevas elecciones en lugar del proceso que permitirá que el señor Temer asuma el poder, esa posibilidad, a diferencia de Venezuela, no está prevista en la Constitución brasileña. El asunto no es menor porque el Sr. Temer sólo tiene una aprobación de 14% (Datafolha) y no está claramente al margen de las acusaciones de corrupción cuyo procesamiento ha colocado al Poder Judicial brasileño en una escalón moral superior al de los poderes Legislativo y Ejecutivo.


Sin embargo, cuando el presidente interino asuma plenamente su cargo la sensación de irregularidad nacional empezará a ceder. Para empezar el relativo aislamiento externo en que se ha encontrado la primera potencia suramericana desaparecerá cuando el presidente Temer concurra a las cumbre del G20 en China y de los BRICS en setiembre y octubre próximos. Retomando la normal interacción internacional de esa potencia, quien la representa ganará en el exterior el reconocimiento y la legitimidad que le es insuficiente en casa.


En efecto, el proceso de normalización externa se sustentará en un ambiguo contexto interno. De un lado, la oposición social y política al presidente Temer y el descontento de la ciudadanía brasileña con las instituciones del Estado se dejarán sentir hasta las elecciones del 2008.


Del otro, la convicción de una parte sustantiva de la sociedad (aunque no mayoritaria) de que Temer es la única alternativa inmediata y la lenta recuperación de la confianza económica serán pilares del nuevo gobierno. En el sector empresarial éstos se expresan en optimismo.


Es claro que ello ocurre en el marco del malestar que genera un desempleo de 12% y la caída del ingreso familiar. Peor aún si la grave recesión que padece Brasil se ha expresado en una disminución del PBI per capital de US$ 11915 en 2014 a US$ US$ 8651 en el 2015 complementado por el ajuste económico necesario para contener la inflación (que en lo que va del año casi supera la meta del año, 4.5% -vs 10.7% en el 2015-).


Pero la progresiva clarificación del panorama político ha contribuido a que el mercado bursátil de Sao Paulo se haya recuperado notablemente, que las importaciones de bienes de capital se estén incrementando y que la inversión extranjera empiece a retornar al Brasil con miras a consolidar la normalidad de los flujos en el 2020.


Esta tendencia optimista debería reflejarse en un crecimiento de 0.5% el próximo año mientras que en éste se atenúa la desaceleración (-3.3% vs -3.8% en 2015) según el FMI. Y aunque el gobierno del Sr. Temer no contará con una figura de la talla de Cardoso durante el gobierno de Itamar Franco (que reemplazó a Collor de Mello) que apure la salida eficiente y legítima de la crisis, la orientación del próximo gobierno permite ver un horizonte económico recompuesto. La restauración moral del país tomará, sin embargo, más tiempo. El desempeño olímpico brasileño ayudará en ello.


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