• Alejandro Deustua

Brasil: Petróleo y Tecnología

En momentos en que el precio del petróleo ha superado la “barrera psicológica” de US$ 100 por barril, la Agencia Internacional de Energía ha anunciado una revisión hacia debajo de su evaluación de la oferta mundial de crudo. Este pronunciamiento deriva de la menor capacidad de oferta actual de los miembros de la OPEP, de los productores del Mar del Norte y de países del África no asociados al cartel exportador, entre otros.

Como es evidente, ese anuncio ha contribuido a incrementar el precio del barril (uno de cuyos componentes deriva del mercado de commodities que tiene, como es natural, una importante dimensión especulativa). El precio, que ha rebasado los US$ 114, no preocupa, sin embargo, a ciertos exportadores como Venezuela cuyo presidente, a diferencia de la mayoría de la comunidad internacional, lo considera como un acontecimiento menor si la referencia es el dólar de los años 70.

Es en ese contexto que la Agencia Nacional de Petróleo del Brasil ha informado sobre el descubrimiento extraordinario de reservas estimadas en 33 mil millones de barriles. A pesar de que ese anuncio ha incrementado el valor de las empresas que han realizado el descubrimiento (Petrobras, acompañada BP y Repsol-YPF) según The Economist, no ha contribuido aún a rebajar el precio del crudo. Sin embargo, si el descubrimiento se confirma la oferta mundial debería tender a estabilizarse y a aliviar la carga de los consumidores en el largo plazo.

Pero más allá de la significación del valor de mercado del descubrimiento, importa su impacto en una potencia emergente como Brasil. Éste sería estructural si se confirma el hallazgo. En efecto, Brasil devendría en la octava potencia petrolera del mundo consolidando un status que el descubrimiento del inmenso yacimiento hidrocarburífero de Tupi (también frente a la costa de Santos, aunque mucho menor que el reciente) ya había adelantado hace pocos meses.

Tal situación tendría un impacto también estructural en la jerarquía de poder suramericana. En efecto, Brasil devendría en una potencia petrolera equivalente a Venezuela. Pero además podría otorgar a Argentina y Chile (hoy sometidos a una gran vulnerabilidad energética) una fuente segura de abastecimiento, aseguraría la seguridad energética en la región facilitando la integración y otorgaría al hemisferio americano un nuevo valor estratégico.

Ello ocurriría siempre y cuando Brasil decida emplear su nueva riqueza de manera diferente a lo que ocurre en Venezuela y Bolivia. Ello implica marginar la pretensión autárquica que deviene del nuevo poder y mantener la disposición de apertura de la economía. En principio ello estaría asegurado por la estructura del mercado de esa potencia (que, a pesar de la inmensa demanda interna tiene hoy una evidente propensión externa) y por la naturaleza de los agentes económicos involucrados (en este caso, Petrobras, que siendo estatal, tiene un importante accionariado privado originado en las plazas donde cotiza y opera en asociación con empresas extranjeras –el caso de BP y Repsol-YPF ya mencionados).

Por lo demás, a esta capacidad debe agregarse el gran avance tecnológico que Brasil ha emprendido en materia nuclear y militar, entre otros sectores. En efecto, Brasil coopera hoy con Rusia en desarrollos aeronáuticos (que deberían reflejarse en la producción de modelos avanzados de aviones militares) y satelitales (que deberían implicar la producción de vehículos transportadores de satélites). Ello involucraría también actividades de investigación y desarrollo con Argentina.

Más allá de los resultados de esos emprendimientos, el enriquecimiento de su punto de partida incrementa, desde ya, la brecha de poder con el resto de países suramericanos. Si para algo sirve la asociación estratégica con el Brasil, este es el momento en el que el Perú debería mejorar su aproximación con ese vecino para aprovechar el impulso innovador e intentar disminuir la velocidad del incremento de la brecha de poder en la región.

De otro lado, el nuevo descubrimiento petrolero en el Atlántico pone en evidencia la importancia de los océanos como fuente de riqueza en la región. Brasil está innovando intensamente en la explotación de los recursos de la plataforma continental a través de la exploración petrolera en aguas profundas para lo cual cuenta con una tecnología propia.

He allí otro ejemplo a seguir y una razón fundamental adicional para que el Perú no sólo incremente su cooperación con el vecino sino para que adhiera a la Convención del Mar que brinda seguridad jurídica a estos emprendimientos que involucran la zona económica exclusiva y la alta mar. Ello permitiría al Perú una mejor actividad propia y de cooperación en esas áreas en circunstancias en que, en la plataforma marítima peruana, se están produciendo nuevos descubrimientos petroleros (como en Lambayeque).

Más allá de las eventuales divergencias políticas y estratégicas, hoy no se trata de seguir el ejemplo brasileño, sino de sumarse a su empeño.



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