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  • Alejandro Deustua

Asamblea sin propuestas

La 45 Asamblea de Gobernadores del BID llega a su término dejando como saldo una muy oportuna promoción del país como sede de reuniones, pocas ideas y nuevas preocupaciones.


Aunque el Informe Anual no es aún de conocimiento público, el BID sí ha dado cuenta de su buena perfomance crediticia y publicado algunas recomendaciones generales.


La primera se refiere fundamentalmente a un incremento de 50% de crédito institucional en el 2003 (US$ 6810 millones vs. US$ 4500 millones en el 2002). Oficialmente ello se debe al estímulo de una mejor perfomance regional. Si es verdad que sin el flujo de financiamiento multilateral bastante más economías latinoamericanas se habrían ubicado por debajo del promedio de 1.5% registrado el año pasado, el crecimiento reforzado por ese financiamiento no ha producido empleo. Y si para este año el crecimiento se proyecta en un 4% y las perspectivas laborales no mejoran (como ha sido el caso peruano del año pasado), el 2005 el Informe Anual del BID tendrá que dar cuenta de un síndrome que parece arraigarse en la región como en otras partes del mundo: el crecimiento sin empleo.


Esta paradoja económica (diferente a la "estanflación" de fines de los 70) tiene diversas explicaciones según la economía de que se trate: incremento de la productividad por mayor incidencia tecnológica o la reducción de costos por el traslado de oportunidades al exterior (el famoso "outsourcing") en los países desarrollados; la informalidad, la "rigidez laboral" y la inversión concentrada en sectores no intensivos en mano de obra en los países en desarrollo.


Cualquiera que sea la razón que explica este fenómeno, el resultado no deja de ser escandaloso cuando al escaso crecimiento latinoamericano es denominado "bonanza" por la banca multilateral y los representantes de los países mayores. Más aún, cuando estos clericales funcionarios reclaman mayor rendimiento a una perfomance económica que no alcanza las tasas del crecimiento demográfico y que obliga, por ejemplo, a que el 52% de los desembolsos del BID se orienten, apenas con resultados de contención, a programas de lucha contra la pobreza. Si la mayor parte del crédito del organismo que debe promover el desarrollo latinoamericano se concentra sistemáticamente en el asistencialismo algo anda mal en el modelo económico que ese organismo ampara.


De allí que las recomendaciones del BID referidas a la necesidad de consolidar el escaso crecimiento sean redundantes. En efecto, si hace una década se viene fortaleciendo los sistemas financieros y éstas siguen prestando principalmente a las corporaciones es necesario promover mecanismos que reorienten esos flujos hacia la pequeña y mediana empresa antes que seguir en lo mismo. Y si es necesario fortalecer la competitividad, ya no basta la disciplina fiscal y monetaria y las formas institucionales sin considerar la inversión en infraestructura, recursos humanos y educación.


Al respecto, sin embargo, poco han avanzado las "propuestas innovadoras" como las del Grupo de Río y reiteradas en el Acta de Copacabana por Brasil y Argentina sobre el cambio de la contabilidad del gasto para considerar parte del mismo como inversión con el propósito de alzar el umbral del techo de endeudamiento comprometido con los propios organismos multilaterales. Y de poco sirve, de otro lado, la recomendación de rebajar la vulnerabilidad de nuestras economías a través de, por ejemplo, el reperfilamiento de la deuda cuando esa práctica genera más endeudamiento que, a su vez, debe ser vuelto a refinanciar ad infinitum.


Si el remedio es crecer más (lo que a tasas de 7% y 8% requiere US$ 8 mil millones según el presidente Toledo) necesitamos algo más que reformas institucionales si tenemos como referencia China hacia donde la inversión fluye a raudales sin importar que se trate de un régimen dictatorial, violador de los derechos humanos, laborales y ambientales y donde el estado de derecho no es precisamente la norma. El Perú, como, la región necesita flujos de inversión que hoy se desvían a mercados menos ordenados que el nuestro y repatriación de capitales. Requiere más comercio exterior, lo que implica incrementar la oferta exportable con activa promoción del Estado si es necesario. Reclama más consumo, lo que supone la expansión del mercado interno y políticas contracíclicas. Y también más y mejor gasto público responsable, especialmente en infraestructura, que hoy es inhibido.


Y en cuanto a las preocupaciones, es necesario que, más allá de las medidas nacionales -como el incremento del encaje-, los organismos multilaterales contribuyan a proteger a las economías regionales de shocks externos como puede ser una futura alza de intereses norteamericanos sobre la que no tenemos ningún control ni responsabilidad.

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