• Alejandro Deustua

América Latina en las Elecciones Norteamericanas

En el debate que seguirá a la clarificación del escenario electoral de los Estados Unidos el rol norteamericano en el mundo será un capítulo mayor. Salvo por lo que concierne a la “comunidad hispana”, la referencia latinoamericana tendrá en él un reiterado menor perfil.

Sobre lo primero, la polarización del proceso norteamericano admitirá apenas un consenso sobre el status de la primera potencia y su rol indispensable. A partir de allí se puede esperar visiones bien distintas sobre la modalidad de su liderazgo y las falsas alternativas del uso de la fuerza o de la diplomacia en el ejercicio del poder.

La preferencia por estos instrumentos será matizada con discusiones sobre la necesidad del unilateralismo o de la cooperación (cuestión distinta del multilateralismo) en una contienda dominada por las preocupaciones de seguridad y menos por las del desarrollo. En ese contexto se polemizará sobre la imagen y la credibilidad actuales de la primera potencia.

Si en este acápite los candidatos encuentran un sitio para discutir los serios problemas de la gobernabilidad global en momentos de crisis, es posible que los señores McCain y Obama tampoco estén de acuerdo. Es bueno tenerlo presente porque, al margen de la “gestión” de la creciente competencia interestatal (que incluye la pérdida de poder norteamericano), no hemos oído mucho sobre la erosión del multilateralismo (p.e. la Ronda Doha) y tampoco sobre cómo resolver, en beneficio colectivo, las crisis energética o de alimentos.

Estos asuntos tienen un componente regional que los latinoamericanos quisiéramos ver mejor atenidos. Éste supera los importantes problemas ya agendados (el terrorismo, el narcotráfico, la fragmentación regional) y los intereses que giran en torno a los “hispanos” (la migración, las remesas). E involucra la discusión de una visión estratégica de América Latina que escape al lugar común (“compartimos la misma geografía”), de un efectivo incremento de la relación con la región y mayor atención a sus especificidades.

Sobre lo primero, los candidatos deberían precisar qué esperan de la región en 25 años, repotenciar su status frente al Asia y recuperar la condición hemisférica de los Estados Unidos hoy tan erosionada. Ninguno de los dos candidatos será regionalmente creíble si persisten en privilegiar tan desproporcionadamente la relación transpacífica sobre la interamericana, si no orienta hacia el mercado con el que intercambia el 15% de su comercio (si se incluye a México) las inversiones correspondientes y si continúa asignando a sus problemas de seguridad económica y social una importancia sustancialmente menor a la que otorga a los conflictos extrahemisféricos.

Lo que sí podrían privilegiar los candidatos es la relación norteamericana con los Estados en los que la democracia representativa y la economía de mercado están mejor asentadas. Al respecto, quizás quisieran redefinir con ellos su relación política más allá de los requerimientos de la jerarquía de poder y fortalecer a las agencias norteamericanas correspondientes.

En resumen, los señores McCain y Obama podrían evaluar el hecho de que, para mejorar la influencia global de la primera potencia, ésta debiera mejorar su condición regional.



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