• Alejandro Deustua

Algo Más Que una Conversación con el Presidente Putin

La reciente visita del Presidente Humala a Rusia antes de concurrir la 22ª Cumbre de Líderes de la APEC y de realizar una visita oficial a China tiene una dimensión superior a la de un simple itinerario euroasiático. Sin embargo, la versión oficial de ese encuentro no parece admitir su contenido estratégico (que es distinto al de su explicación diplomática). Ésta no refiere siquiera la necesidad de una inserción más diversificada propia de un Estado que se define como una potencia regional emergente de mediana dimensión.


En efecto, la presencia del Presidente Humala fue apenas onomásticamente referida por el Jefe de Estado como la primera que realiza un Presidente del Perú a Rusia desde el reconocimiento de la Unión Soviética en 1969.


Esa dimensión simbólica fue reforzada por el Presidente Putin quien recordó que se trataba, en consecuencia, de la primera visita en 140 años de relaciones bilaterales y en 45 años desde que éstas se restablecieron. Aunque la revitalización del lazo diplomático bajo estas circunstancias llega un poco tarde, el Presidente Humala fue cálidamente bienvenido en la residencia presidencial de Novo-Ogariovo (eliminando, de paso, las dificultades creadas por las formas heterodoxas con las que un familiar del Presidente se presentó en Moscú al principio de su gobierno).


En ese contexto atemperado, el propósito concreto de la visita fue oficialmente definido como de fortalecimiento de las relaciones económicas y políticas. Éste se expresó en términos del incremento de la cooperación comercial, tecnológica y humanitaria. Como se evidencia en esta manifestación oficial del interés peruano cualquier sugerencia de alguna razón o intención estratégica brilla por su ausencia.


Esa asepsia ciertamente puede racionalizarse. Al respecto se puede invocar la presión del tiempo frente a una cumbre como la de la APEC en la que los presidentes del Perú y Rusia se encontrarían en Beijing sin haber limado desentendimientos previos. Por lo demás, en tanto el Presidente iniciaría luego una visita oficial a China, Rusia, un fuerte actor en el escenario del Pacífico, podría sentirse discriminada.


Esta explicación parece convergente con la versión minimalista y práctica del encuentro Humala-Putin que se reflejó, sin demasiados adjetivos, en acuerdos sobre protección del medio ambiente, turismo, intercambio de información aduanera y lucha contra el narcotráfico (tal como ha sido referido en la nota de prensa peruana).


Sin embargo, a nadie escapa que el contexto estratégico de la visita ha sido el peor desde el fin de la Guerra Fría a la luz de la fuerte fricción entre las potencias de Occidente y Rusia. Éste ha sido generado por la reconquista rusa de Crimea y por su intervención militar en el este de Ucrania. Tales hechos, contrarios al Derecho Internacional, han merecido la incorporación de la materia a la agenda prioritaria del Consejo de Seguridad de la ONU a pesar de la espada de Damocles del veto ruso. Por lo demás, la Asamblea General de esa organización se ha pronunciado en contra de la violación de la integridad territorial de Ucrania y del referéndum de adhesión de Crimea. A ello han seguido sanciones económicas norteamericanas y europeas contra Rusia que se han sumado a la creciente fricción militar entre esa potencia y Occidente.


Entendemos que para algunos América Latina siga situada lejos de los principales centros de conflicto mundial (un error de percepción que, en tiempos de globalización fragmentada, cuesta caro) pero no que la posición del Perú sobre los fundamentos del principio de no intervención y la prioridad que el Estado otorga al resguardo del Derecho Internacional y al multilateralismo hayan sido ignorados en este caso.


Descartada esta ignorancia extraordinaria como explicación de una visita con la que se legitima la agresión rusa, tampoco parece muy sensato escudar en razones superficialmente diplomáticas y en acuerdos sectoriales de cooperación, una redefinición estratégica que, en relación a esa potencia, sólo es comparable (aunque en versión menor) con la que surgió de la compra de armamento soviético durante el gobierno del General Velasco Alvarado.


Si el gobierno ha deseado aproximarse a Rusia en momentos de especial tensión con Occidente, debe explicar las razones que lo llevaron concluir que éste era el momento más apropiado. Más aún si actúa novedosamente bajo los términos geopolíticos y sistémicos de una potencia regional emergente de mediana dimensión.


Al respecto, la explicación no parece difícil de argumentar. Aquí van tres explicaciones: el Perú no puede aproximarse más a China sin hacer lo propio con Rusia porque desequilibraría los términos de su inserción en el Asia y en el Asia-Pacífico; si no se aproxima a Rusia en momentos de inestabilidad estratégica pondría en riesgo el aprovisionamiento militar que sigue mostrando fuerte dependencia de esa potencia; finalmente, otros países de la región están haciendo lo mismo (con menor perfil, la Presidente Bachelet se entrevistó en Beijing con el presidente Putin con una agenda concreta).


Por lo demás, el costo que ello puede representar para la buena relación con Estados Unidos y los miembros de la Unión Europea, siendo alto, podría compensarse con el valor que puede tener para Occidente el hecho que potencias menores mantengan canales alternativos de entendimiento con Rusia (a nadie le interesa el total aislamiento de esa potencia reemergente).


Finalmente, está la explicación de la aspiración multipolar. Una aproximación peruana con Rusia no va a consolidar la multipolaridad en el sistema internacional pero sí contribuye a definir la conducta de una potencia menor (o “regional de mediana dimensión”) que busca una mejor inserción en el proceso de construcción de ese orden que será menos estable.


En este escenario de poder, unos cuantos acuerdos sectoriales suscritos con Rusia (incluyendo los potenciales ferrocarrileros y de vinculación con la unión aduanera euroasiática que conforman, de momento, Rusia, Bielorrusia y Kazajistán) no tienen gran poder explicativo de la visita realizada. Y si se pretende que lo tengan ello mostraría una política exterior francamente desatenta.


De otro lado, tales acuerdos deben diferenciarse de los que desearía Rusia (que ve al Perú como un socio específico “confiable y antiguo” y un instrumento adicional para ampliar su presencia en América Latina).


En efecto, el Presidente Putin no plantea sólo grandes proyectos en los sectores minero (ya tiene presencia en Ica), de energía (especialmente hidráulica), automotriz (ensamblaje), de transportes, telecomunicaciones, internet y exploración espacial cuyo potencial se sustenta en la presencia actual o futura de empresas rusas, sino que también ha ofrecido otras posibilidades de cooperación.


Entre esas posibilidades se encuentra el desarrollo de la energía nuclear. Aunque al respecto, la fuente oficial rusa sostiene que esa propuesta se presentó en esa calidad (no dice que se haya establecido un acuerdo), el Canciller peruano ha hecho bien en reiterar que no se ha suscrito un acuerdo en la materia.


En cualquier caso, esta materia debe ser estudiada con mucho cuidado de acuerdo al interés nacional y a los compromisos internacionales suscritos por el Perú.


Entre los primeros debe considerarse riesgos (como la inestabilidad geológica que conlleva nuestra posición en el “cinturón de fuego del Pacífico” y sus consecuencias telúricas -el mejor ejemplo ha sido el desastre japonés de Fukushima-) y beneficios relativos (las necesidades de desarrollo del conocimiento nuclear en el Perú para fines productivos). Y entre los segundos debe tenerse bien claro las limitaciones de los acuerdos que establecen que América Latina debe ser una zona libre de armas nucleares (y añadiríamos, de contiendas, en este campo).


Al respecto debe tenerse presente que el requerimiento ruso de incrementar su presencia en la región tiene una dimensión de seguridad nacional para esa potencia. Esta se traduce en la necesidad de compensar, también en América Latina, el avance occidental hacia las fronteras rusas en Europa y en el de mantener el desafío a Estados Unidos con presencia militar activa en el área (p.e. sobrevuelos de vigilancia en el Caribe). En este campo la alianza cubano-venezolana y su vinculación con Rusia es ciertamente un motivo de preocupación.


En este marco estratégico –y no sólo en el de la cooperación sectorial- debe evaluarse la visita oficial del presidente del Perú a Rusia. Ello implica esclarecer nuestra posición en relación a Occidente al que estamos vital e históricamente vinculados. Los comunicados emitidos no sirven de mucho al respecto en tanto refieren sólo una agenda de la vista.


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