• Alejandro Deustua

A Mayor Transacción de Armamentos, Mayor Conflictividad y Rearticulaciónde la Estructura de Poder

El SIPRI (Trends in International Transfers, 2014 (1) no dice que los integrantes del sistema internacional –o parte de ellos- hayan ingresado a una nueva carrera armamentista. El centro de investigaciones sueco se limita a informar en marzo que la creciente dinámica de transferencia de armamentos (fraccionada entre los períodos 2005-2009 y 2010-2014) se ha incrementado en 16% entre ambos períodos.


Pero, como es evidente, esta inocente estadística está cargada de pólvora: si la mayor compra de armas implica mayor conflictividad es evidente que ésta se ha incrementado desde el 2003 si se mide sólo el volumen de adquisiciones realizadas desde ese período hasta la fecha.

Nosotros agregamos a esa constatación que los miembros del sistema internacional han ingresado a una tercera etapa de compraventa de armas en el largo ciclo que cubre los últimos 65 años al margen de los motivos de las compras (cambio sistémico, nuevos conflictos o ambos).


En efecto, siguiendo el gráfico principal que ilustra la publicación del SIPRI, es fácil interpretar que la gran curva armamentista alcanzó su punto máximo en 1982-1983 (primer gobierno de Ronald Reagan) luego de una etapa que empieza en 1950 pero que se escala a partir de 1961-1962 (la crisis de Berlín y la de los misiles en Cuba) y que luego torna hacia en un desescalamiento que culmina en el 2002-2003 (ataque terrorista a las Torres Gemelas y respuesta norteamericana en Afganistán e Irak).


La etapa inicial de incremento armamentista 1950-1958 (Guerra de Corea, año previo a la revolución cubana) es seguida de un suavizamiento de la curva entre 1959 y 1960 quizás debido a la visita de Kruschev a Nixon luego del “debate en la cocina” entre las dos autoridades en Moscú.


Así mismo, entre 1996 y 1997 se registra un pequeño repunte en la dinámica armamentista atribuible en parte, quizás, a los efectos e impactos de las guerra balcánicas. Pero luego de esa interferencia, continúa la tendencia descendente hasta el 2002 y 2003. Este par de años marcan un punto de inflexión en la dinámica armamentista cuyo nuevo incremento hoy se agudiza a tasas del 16% en el período 2010- 2014.


Este diagnóstico sistémico (que es graficado pero no explicado en la evaluación on line del SIPRI) es reemplazado por esa entidad con un muy importante análisis microeconómico sobre el mercado de armas que pone en evidencia su naturaleza: quiénes venden y quiénes compran.


En el ámbito de los vendedores el SIPRI destaca a los diez primeros (Estados Unidos, Rusia, China, Alemania, Francia, Reino Unido, España, Italia, Ucrania e Israel). Entre ellos sobresalen, por participación en el mercado, Estados Unidos (que incrementa en 3% su posición de 29% a 31% entre los períodos 2005-2009 y 2010-2014) y Rusia (que incrementa su participación en 5% de 22% a 27% en esos períodos en muestra de que la brecha entre ambos tiende a cerrarse).


Luego siguen los Estados que tienen una participación de mercado promedio del orden del 5% (China, Alemania y Francia). Los destacable acá es que mientras China aumenta su participación internacional de 3% a 5% (pesar de que su producción para el consumo interno de armas se incrementa notablemente), la participación de Alemania y Francia se contrae (en el caso alemán ello ocurre notablemente de 11% a 5% y en el francés de 8% a 3%).


Luego siguen los que mantienen estable su más reducida participación (Reino Unido 4%, España 3%, Israel 2%) y los que la incrementan ligeramente (Italia, de 2% a 3% y Ucrania también de 2% a 3%).


Si, como dicen los neorrealistas, los Estados con mayores capacidades dominan la estructura del sistema internacional y si el poder se pudiera reflejar de manera determinante en la adquisición de capacidades militares, la estadística del SIPRI mostraría la estructura del sistema internacional.


Los agentes claramente principales de esa estructura, medida por el mercado de armas, serían Estados Unidos y Rusia. Su dominio es tal que podrían imponer los precios si estos fueran equivalentes. Pero no lo son, puesto que la primera potencia vende mucho más caro. Descartada esta posibilidad de los vendedores principales por el diferencial de precio (pero no la extraordinaria influencia que este monto de ventas supone), se puede añadir una característica de poder que pueden proyectar los principales vendedores.


Ésta se resume en el hecho de que, a pesar que la gran mayoría de vendedores tienen una importante lista de clientes, los proveedores occidentales tienen una cobertura mucho más amplia y desconcentrada que los vendedores no occidentales.


Así, mientras que Estados Unidos vende a 94 Estados, Rusia vende a algo más de la mitad (56) y China a 35 Estados. Si los volúmenes son suficientes, este diferencial de cobertura puede mostrar que la primera potencia tendría una mayor capacidad de establecer alianzas relacionadas a sus ventas militares. Lo mismo ocurre con los ofertantes occidentales en general si a la clientela norteamericana se suma la clientela alemana de 55 Estados y la francesa de 74 Estados. Pero la situación puede cambiar si se considera el potencial de poder del comprador.


Así, Rusia y China vende especialmente a Estados no occidentales en ámbitos mucho más concentrados. En efecto, Rusia vende especialmente a India (39%), a China (11%) y a Argelia (8%) mientras que China vende con especial intensidad a Paquistán (41%), a Bangladesh (16%) y a Myanmar (12%). Y Ucrania, que lucha por mantener su vínculo con Occidente, tiene sin embargo una industria militar ligada a Rusia a pesar de que hoy colisiona con ella. Ucrania vende especialmente a potencias no occidentales: 22% a China, 10% a Rusia y, marginalmente 9% por Tailandia.


Estas cifras parecieran indicar que la relación económico-militar entre Rusia, China, Ucrania entre sí forma un núcleo capaz de establecer alianzas militares también dominantes si éstas fueran principalmente determinadas por el origen nacional del armamento que sus clientes compran. En el caso de China esta propensión ocurre con los Estados asiáticos del centro y del sur.


Es más, si las compraventa de armas fuera el criterio dominante para establecer el patrón de alianzas y el ámbito de influencia de los comprometidos, la información del SIPRI corroboraría que el predominio en Eurasia ya está a cargo de Rusia y China. Si la variable geográfica ayuda a definir el carácter del poder en la zona, la dimensión geopolítica sino-rusa del área queda confirmada.


De manera equivalente se puede sugerir que Estados Unidos y los principales países de Occidente tienen un alcance más global –y por tanto, menos específico- en los que la relación con Asia y el Medio Oriente importa más que las demás (entre los latinoamericanos, el único comprador destacable de los principales vendedores es Colombia que adquiere el 7% del total de las ventas israelíes).


De otro lado, así como los principales vendedores de armas pueden ser considerados como potencias sistémicas establecidas, los principales compradores tienden a ser potencias emergentes. Salvo los casos evidentes de Estados Unidos, Australia y Corea del Sur, ésta es la situación de los restantes siete principales adquirientes de armas en la lista del SIPRI.


Al margen de que éstos compren por razones de status o para hacer frente a amenazas u obstáculos derivados de su condición emergente, el hecho es que esas compras son un síntoma claro de conflictividad incremental. Esta afirmación es especialmente cierta para los mayores compradores (que forman parte del 16% del incremento de las transacciones en los últimos cuatro años) y menos cierta para la totalidad de los 153 adquirientes que, en muchos casos deben restar de su voluntad defensiva su escasa capacidad ofensiva.


En términos de ámbito, la mitad de los mayores compradores son asiáticos (India, China, Pakistán), dos o tres pertenecen al Medio Oriente (Arabia Saudita, Emiratos Árabes y Turquía) y sólo dos a Occidente desarrollado (Australia y Estados Unidos).


Como se ha dicho –y es evidente-, todos ellos forman parte de escenarios de conflictividad creciente o están comprometidos con esos escenarios. Entre ellos predominan los campos de Asia, Medio Oriente y África Subsahariana. Esto es todo lo contrario a lo “antiestratégico” en tanto que los integrantes de esos escenarios suelen ser considerados como los interlocutores militares o económicos principales de los países desarrollados o de las potencias mayores por su valor presente y futuro (en el caso de Asia, el “pivot” to Asia norteamericano o la creciente relación de conflicto que, en paralelo con esfuerzos de integración, se desarrolla extra e intrarregionalmente en Asia; y la calidad intrínsecamente conflictiva del Medio Oriente, hoy potenciada por problemas de proliferación nuclear, derrumbe del sistema interestatal, intensificación del terrorismo, emergencia de ISIS y confrontación civilizacional con Occidente).


Éste no es el caso de América Latina por el sencillo hecho de que ninguno de sus miembros (ni siquiera Colombia, Brasil y Venezuela -que son los que más han gastado en armas en la región- figuran entre los diez primeros). Si la correlación entre compra de armamentos y conflictividad es fuerte, la ausencia de América Latina de ese ránking no sólo reitera su condición de ser la más pacífica entre las regiones sino una de las menos valiosas estratégicamente para un cambio de sistema o para la interacción bélica.


Estas consideraciones sobre Asia y Medio Oriente tienen corroboración estadística en el informe del SIPRI. En efecto la competencia entre India y China por balance de poder favorable y predominio de largo plazo se refleja en un extraordinario incremento de la India como principal importador de armas (de 7% a 15% del total de las importaciones globales entre los períodos considerado 2005-2009 y 2010-2014).


Sin embargo, así como India está en plena dinámica de “catch-up” (y es reflejado, como caso aparte, en el encabezamiento de la lista de importadores con una ventaja por diez puntos porcentuales), China ha bajado su participación de 9% a 5% en buena parte porque su industria interna de armamentos ha mejorado (un ajuste relacionado con el exceso de gasto no parece ser una causa principal en este caso).


A ellos se suman Pakistán (que ha subido de 3% a 4% en un contexto terrorismo creciente y flancos internacionales irresueltos) y Corea del Sur (que ha bajado su participación de 6% a 3% confiando en el stock ya adquirido y en el compromiso de su aliado principal –Estados Unidos- que provee 89% de sus necesidades).


Señalado el alto grado de riesgo que produce la situación de Arabia Saudita (un baluarte sunita que, a diferencia del chiismo iraní, carece de potencial nuclear en una región de alianzas nunca francas y siempre mutables), ésta reclama el rol de segundo importador global (pasando de 1% 5% del total comprador, nivel en que se equipara con China).


En torno a la cota de 4% y padeciendo de los síntomas saudíes se rankean Emiratos Árabes Unidos, además de Pakistán y Australia, seguidos por el 3% de participación de Turquía, Estados Unidos, Corea del Sur y Singapur.


Los primeros cinco Estados comprometen el 33% de las importaciones totales mientras que ninguna de las fuerzas rebeldes supera el 0.02% de las mismas (lo que muestra que su poder asimétrico e “informal” no es mensurable por los parámetros establecidos).


De otro lado, todos los importadores principales muestran un alto grado de dependencia de Rusia, Estados unidos y China como fuentes. Ello es una prueba de cómo se desempeña el juego de poder global.


Así, India y China tienen a Rusia como principal proveedor (70% y 61%, respectivamente), mientras que en Arabia Saudita ese rol corresponde al Reino Unido (36%). De otro lado, Emiratos Árabes, Australia, Turquía, Corea del Sur y Signapur tienen a Estados Unidos como proveedor principal en escalas de 58%, 69%, 58%, 89% y 71%, respectivamente. Estas cifras muestran la fuerte competencia existente en Rusia y Occidente por el mercado de armas de las principales potencias emergentes. En él China sólo es dominante en Pakistán (51%).


En esa competencia parece prevalecer aún Occidente, especialmente en el ámbito de los segundos y terceros proveedores. Así, a Estados Unidos y el Reino Unido se suman Alemania en el aprovisionamiento de Corea del Sur y Singapur; Francia desempeña un fuerte rol en Arabia Saudita, China y Emiratos y Australia; España y Canadá proveen a Estados Unidos; y Suecia a Corea del Sur y Signapur.


Sin embargo, aunque la participación de esos Estados es importante como mecanismo diversificador, la instancia que manda por su intensidad parece ser la de los principales proveedores. Ello muestra el nivel de relación y de alianza real o potencia que estas potencias tienen con sus compradores.


En el caso del continente americano, el único importador relevante es Estados Unidos (provisto por Alemania, el Reino Unido y Canadá como mandan los cánones de la alianza real). Esta situación, que muestra que ningún latinoamericano figura entre los diez primeros compradores, indicaría que para ellos la libertad de acción para comprar y asociarse es mayor.


La pregunta al respecto es por qué los proveedores occidentales no desean participar sustantivamente en este mercado. Al no responderla adecuadamente, estos proveedores están favoreciendo la alianza militar de los latinoamericanos con terceros extrarregionales no occidentales cuyo predomino no le hará bien a la región.



SIPRI: Trends in International Transfers, 2014. March, 2014.


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