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DEFENSA
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IMPRUDENCIA Y DEFENSA
La defensa nacional no ha tenido prioridad en la aprobación
del presupuesto de la República. En un contexto de estabilidad,
esa postergación podría considerarse como un mal menor
si nuestra capacidad militar fuera suficiente. Pero, teniendo en
cuenta que el contexto subregional es volátil y que la erosión
del potencial de la fuerza armada está llegando a extremos,
la desatención fiscal de nuestros requerimientos básicos
de defensa debe concitar la preocupación de todos.
Para justificar la indisposición legislativa
a proporcionar los recursos necesarios a este sector vital del Estado
no basta el reconocimiento de la ausencia de amenazas convencionales
manifiestas ni los requerimientos sociales de una ciudadanía
cuya precariedad económica se expresa en la pobreza de las
mayorías. Si el interés nacional se define elementalmente
por la interacción de seguridad, bienestar y desarrollo,
es claro que la solución del problema de la pobreza no puede
darse en un marco de inseguridad (que es el riesgo que la racionalidad
del presupuesto incrementa). De otro lado, reducir la defensa a
la ausencia de enemigos tradicionales externos es desconocer no
sólo la dimensión estratégica del problema
sino las condiciones básicas de la seguridad nacional.
En efecto, la defensa no consiste sólo en la
protección del territorio sino en atender los intereses estratégicos
del Estado. Entre ellos se encuentra la preservación del
equilibrio subregional, la promoción de la cooperación
con quienes tenemos intereses complementarios en la materia y el
resguardo de una autonomía elemental para responder a desafíos
que ahora pueden ser imprevisibles. Si la asimetría entre
Estados forma parte del escenario cotidiano de las relaciones internacionales,
el incremento del desequilibrio que esa realidad presenta tiende
a crear o mantener tensiones aún en escenarios donde se intenta
generar confianza. Esa propensión se magnifica cuando la
asimetría deviene, por disposición ajena o por omisión
propia, en predominio de una potencia sobre otra especialmente cuando
ambas tienen un potencial equivalente. En este caso, la incapacidad
material de una de las partes inhibe fuertemente el esfuerzo diplomático
por mejorar la relación en escenarios históricamente
complejos como el Pacífico sur suramericano.
Como consecuencia de ello, la cooperación derivada
de la asimetría puede llegar a un punto que cancele la tolerancia
de beneficios desiguales que tienden a ser aceptados cuando la diferencia
de poder entre las partes es considerada como manejable por ambas.
La situación empeora si la parte más débil
se ve impedida de satisfacer intereses estratégicos como,
por ejemplo, los derivables de la participación en operaciones
de mantenimiento de la paz (con las que el Perú acaba de
comprometerse nuevamente).
Por lo demás, la incapacidad de una fuerza
armada en la defensa el territorio debe verse también en
la perspectiva de la insuficiencia nacional en la tarea de su ocupación.
Especialmente cuando lo que rige es la desocupación territorial
y ésta invita a su aprovechamiento por agentes del narcotráfico
y del terrorismo. En un contexto internacional regido hegemónicamente
por la doctrina de ataques preventivos, la incapacidad para defender
el territorio incrementa el riesgo de no cumplir con la tarea fundamental
de resguardarlo (que es además, condición de vida
constitucionalmente mandada). Si estas consideraciones no fueran
suficientes para corregir la escasa prioridad otorgada a la defensa,
es necesario recordar que la definición de seguridad hemisféricamente
aceptada -la seguridad multidimensional- empieza reconociendo la
vigencia de amenazas convencionales que reclaman el compromiso de
la defensa convencional. Ningún régimen de seguridad
colectiva va a soslayar esta realidad. Es hora, por tanto, que Ejecutivo
y Legislativo revisen sus criterios en la materia.
(ADC)
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