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POLITICA |
En el país de las segundas oportunidades
La decisión ciudadana
Alvaro Rojas Samanez
Cumpliendo un rito, cuyos efectos nadie deja de observar por más que se diga que no afecta ni genera cambio, las encuestas van midiendo la relación entre poder y sociedad. Su ámbito habitual es Lima, equivalente al tercio de la votación nacional. Eso permite una visión general limitada por el tamaño de la muestra .
Además del dato puntual- que se aprueba, lo rechazable, etc.- la medición comprueba que el ejercicio del poder no solo es el mas dinámico sino el de mayor observación y registro . Intervienen encuestadoras, medios de comunicación y algunos comentaristas persistentes y calificados. Con ello como soporte mediático efectivo y sin mecanismos partidarios reales, los ciudadanos aprenden como “medir” a los gobernantes y notificarles directamente sus opiniones.
La mayoría de la población intuye, cuando expone sus preferencias, algo que los políticos ignoran : la diferencia entre el resultado electoral y la legitimad ( de un mandato o de una persona). Sartori lo dice :”el ciudadano notifica su voluntad al gobernante, no al revés”.
Pero ¿ de qué se trata al hablar del poder? Una acepción remite a la capacidad para influir sobre acciones y no sobre sentimientos. Es decir, dominar produciendo resultados ( la ley, por ejemplo) que generan obligación para todos.
En política, expresión esencial “e irresistible” del poder, resulta imprescindible hablar de legitimidad. Especialmente cuando el ejercicio democrático , efectuado desde un ejercicio de igualdad – las elecciones- produce resultados desiguales absolutamente legítimos y aceptados : las mayorías y las minorías.
Weber afirma que eso deviene en legítimo cuando un sector ( la mayoría) “tiene la probabilidad de imponer la propia voluntad dentro de una relación social” y ejerce el poder otorgado. El mismo derecho tienen las minorías para interpelar, fiscalizar, eventualmente censurar (en el ejercicio parlamentario), si logran coordinar estrategias .
Eso explica por qué la estructura y el orden social existente es aceptado, o tolerado, por los sujetos y grupos que constituyen el “sistema” y posibilitan su vigencia: representa la base de la confianza, sin la cual la estructura social y sus instituciones no son capaces de mantenerse y crecer. Vale decir, ejercer el poder con aceptación plena. El fenómeno contrario –desconocimiento o rechazo—produce los efectos del “antisistema” a veces encarnado en un personaje que no proviene del centro sino del lado marginal o periférico. En el Perú lo han encabezado personas tan disímiles como Belmont, Fujimori, Toledo y Humala ( en orden cronológico).
La legitimidad se convierte en un proceso de responsabilidad compartida en base a dominadores y dominados. O, como dice Duverger, “cuando actúa el conjunto de instituciones relativas a la autoridad (el poder)”.
En el Perú, donde además existen memorias ausentes y prodigiosas segundas oportunidades (dan fe Belaúnde y Alan) también hay tendencia a estabilizar el poder, eligiendo la oferta que se mantiene en el centro. Lo demuestra el inteligente trabajo de Alberto Vergara “Ni amnésicos ni irracionales”, de recomendable lectura .
En conclusión : legitimación es consentimiento libremente otorgado, mecanismo de participación vinculante, cuyo correlato es la rendición de cuentas y la capacidad de monitorear y vigilar conductas de quien tiene el poder.
Una capacidad que el ciudadano (por cierto, escasamente partidarizado, pero altamente politizado) sabe utilizar con los gobernantes.
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