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POLITICA |
El nuevo gobierno y la política exterior
Alejandro Deustua
11 de junio de 2006
Liberado de las presiones de la Guerra Fría, de la “década
perdida” y, esperamos, del caos interno, el presidente electo
Alan García podrá dirigir una política exterior
exitosa. Mejorar la inserción y el status del Perú
y promover efectivamente el desarrollo dependerá de cómo
se aprovechen las oportunidades que presenta el nuevo escenario
internacional. Y también de cómo se manejen las restricciones
del multilateralismo contemporáneo, el debilitamiento de
la integración regional y las complicaciones bilaterales
del entorno inmediato.
Para empezar a superar estas complicaciones en el marco de la interdependencia,
el nuevo gobierno debe tener claro que la tentación unilateralista
de la década de los 80 debe evitarse, que las normas pactadas
sólo pueden cambiarse mediante negociación y que los
objetivos nacionales deben promoverse en función de los medios
disponibles como dicta la prudencia.
Observar estas normas es esencial para mejorar el posicionamiento
y la confianza en un escenario de seguridad global determinado por
nuevas amenazas cuya confrontación reclaman mayor cooperación.
Y también para aprovechar mejor el ciclo expansivo de la
economía internacional teniendo en cuenta los riesgos de
su desaceleración.
Ello fortalecerá nuestra capacidad de acción multilateral
cuyo mejor activo para los próximos dos años es la
membresía en el Consejo de Seguridad. Pero, en tanto los
grandes escenarios multilaterales no tienen hoy el protagonismo
de los 70 ni los 80, es indispensable mejorar la participación
nacional en organizaciones y regímenes específicos.
Por ejemplo, si el objetivo es mejorar la vinculación con
el derecho internacional, la adhesión a la Convención
del Mar es indispensable. Y si la finalidad es mejorar la participación
multilateral en el éxito de la ronda Doha, la reincorporación
al Grupo de los 20 parece necesaria.
En el ámbito hemisférico es fundamental fortalecer
el sistema interamericano (su irrelevancia por la quiebra de principios
básicos, como la Carta Democrática, es un riesgo alto).
Y en el ámbito regional, es necesario consolidar el proceso
de integración suramericano sobre bases concretas (mercado,
infraestructura e instituciones útiles) antes que sobre exuberantes
procesos diplomáticos.
A solucionar ese problema contribuirá la práctica
efectiva del principio regionalismo abierto. Al respecto, los acuerdos
con Estados Unidos y la Unión Europea consolidarán
ese principio si el trato diferencial funciona. Y también
fortalecerán nuestra adecuada inserción en Occidente
y nuestra capacidad de competencia y negociación con las
potencias emergentes del Asia.
Una vez superadas casi todas las controversias limítrofes,
el potencial de nuestra política bilateral ha mejorado en
términos generales. Ésta sin embargo se han complicado
por el desafío sistémico que presenta Venezuela (y
su alianza cubana), los crecientes desentendimientos suramericanos,
la disminución del interés diplomático extraregional
y la persistencia de obstáculos extraordinarios (como el
caso Fujimori que complica la relación con Japón y
Chile y que, por tanto, debe ser resuelto con honor y justicia).
Para mejorar esta situación general el mejoramiento efectivo
de la relación con Brasil, Colombia y Chile es indispensable.
Y como no hay política exterior eficiente sin Estado eficiente,
las anomalías internas que desmejoran esa calidad deben superarse.
Entre ellas está el quebrantamiento de la frágil línea
que separa la política exterior de la interna evidenciado
en las últimas elecciones y promovido por ciertos postulados
que deben revertirse.
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