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POLITICA
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Reforma de las Naciones Unidas:
en busca de espada y representatividad
Por: Embajador Oswaldo de Rivero
Las Naciones Unidas fue inventada para impedir conflictos internacionales
entre Estados Naciones. Su gran problema es que hoy la gran mayoría
de los conflictos no son internacionales, sino mas bien, conflictos
armados domésticos en los cuasi- Estados Naciones subdesarrollados.
Después de la guerra fría han surgido o se han reactivado
más de 33 conflictos civiles en el mundo subdesarrollado
que han causado mas de 5 millones de muertos y casi 17 millones
de refugiados. Estos conflictos tienen características de
verdaderos infiernos domésticos, donde el respeto a los más
elementales principios de humanidad se pierden y donde la guerra
civil se confunde con criminalidad masiva. Son verdaderas luchas
de autodepredadación nacional preñadas de odio social,
étnico o religioso que convierten a los países subdesarrollados
en verdaderas fabricas de crímenes de lesa humanidad.
Frente a esta feroz autodepredación nacional, la Carta de
Naciones Unidas no permite la intervención militar para evitar
que regímenes o grupos armados criminales destruyen masivamente
derechos humanos y cometan genocidios. El famoso articulo 2, inciso
7 de la Carta prohíbe explícitamente la intervención
en los asuntos domésticos de los Estados. Vale preguntarse
si son acaso asuntos domésticos de los Estados que sus poblaciones
no tengan protección y sean masacradas !?
Esta claro que esta disposición de la Carta de Naciones
Unidas del respeto absoluto de los asuntos domésticos no
están a tono con la nueva ética global de castigar
los crímenes de lesa humanidad. Por lo tanto, esta disposición
del articulo 2, inciso 7 que protege la soberanía nacional
debería ser interpretada a tono con la nueva realidad democrática
y humanitaria del mundo que supone que los regímenes que
destruyen o no protegen la vida de sus ciudadanos, pierde su soberanía,
y por lo tanto, pueden ser intervenidos por las Naciones Unidas,
ya que ésta no puede abdicar jamás de su responsabilidad
ética de proteger a la humanidad.
Una reforma jurídica de la Carta que limite la soberanía
nacional tomaría años de negociación y necesitaría
la aprobación de las 2/3 partes de los miembros de Naciones
Unidas, incluida la unanimidad de los cinco miembros permanentes
del Consejo de Seguridad. Esta reforma muy posiblemente no se aprobaría
porque una importante mayoría de países miembros de
Naciones Unidas son regímenes autoritarios que necesitan
constantemente refugiarse en el principio de "no intervención
en sus asuntos domésticos."para `justificar abusos contra
sus propios ciudadanos.
A pesar de la prohibición de la intervención en los
asuntos domésticos, ante la enorme proliferación de
conflictos domésticos y de crímenes de lesa humanidad,
la Organización, se vio obligada, para no abdicar a su deber
ético de protección de los derechos humanos, a montar
mediocres "intervenciones humanitarias", donde los cascos
azules en vez de intervenir militarmente para proteger a la población
civil y desarmar a los bandos rivales, lo hicieron solo para asegurar
el acceso de la ayuda humanitaria. Otorgaban ayuda humanitaria pero
no protegían a la población de las matanzas, es decir,
surrealistamente, se distribuía alimentos, medicinas y cobijas
a potenciales cadáveres. Los fiascos de las Naciones Unidas
en Somalia y Bosnia y su no acción en el genocidio de Ruanda,
son claros ejemplos de su falta de espada para pacificar conflictos
domésticos en el mundo subdesarrollado.
Recientemente, la soberanía sobre los asuntos domésticos
ha sido nuevamente limitada por la Organización. En efecto,
el Consejo de Seguridad ha aprobado pequeñas intervenciones
militares para evitar crímenes de lesa humanidad en Sierra
Leona, Liberia, la Republica Democrática del Congo, Cote
D'Ivoire y Haití. Inclusive, la ONU ha legitimado ex post
facto la gran intervención militar unilateral de la OTAN
en el Kosovo.
Hoy es necesario emprender una reforma que consolide y sistematice
esta practica de intervención militar para defender los derechos
humanos. Esto se podría lograr, haciendo que los cinco miembros
permanentes con derecho a veto del Consejo de Seguridad, acuerden
como "código de conducta" no usar el veto cuando
se trata de intervenciones militares para evitar crímenes
de lesa humanidad. Es decir, para evitar masivas violaciones de
derechos humanos, genocidios y limpiezas étnicas sistemáticas.
Como contrapartida a este código de conducta se establecería
para darle solidez a la situación, que la intervención
militar sea solicitada. por el Secretario General de las Naciones
Unidas a pedido del Alto comisionado de Derechos Humanos o también
a pedido de Organizaciones Regionales o de un gran colectivo de
países. La idea es que los miembros permanentes del Consejo
cooperen, frente a un pedido de la comunidad internacional, no usando
su veto contra intervenciones militares que pueden salvar miles
de vidas humanas.
Podría pasar que uno o mas miembros del Consejo de Seguridad
no cumpla con el código de conducta de no vetar intervenciones
contra los crímenes de lesa humanidad y paralice la acción
del Consejo. En ese caso extremo, se debería permitir que
una "coalición" de países democráticos
de la Asamblea General pida que el Consejo de Seguridad reconsidere
esta actitud y si el impase persiste, entonces, la coalición
de estados democráticos intervendría militarmente
al margen del Consejo de Seguridad. La justificación ética-política
detrás de esta acción colectiva de las naciones democráticas
de la Asamblea General es que no se pueden jamás renunciar
al deber de proteger los derechos humanos y resignares a contemplar
horrendos crímenes de lesa humanidad solo por el hecho de
que el Consejo de Seguridad, esta paralizado por un veto antihumanitario
contrario al código de conducta de sus miembros permanentes.
Todas estas reformas sirven para resolver, caso por caso, si se
intervine o no frente a crímenes de lesa humanidad. Muchas
veces los debates en el Consejo de Seguridad demoran la intervención
militar. Además, cuando ésta es aprobada, puede tomar
hasta tres meses desplegar la fuerza militar. Con un sistema así
es difícil prevenir crímenes de lesa humanidad.. Si
se quiere convertir a las Naciones Unidas en una organización
que tenga verdaderamente espada para intervenir rápidamente
es necesario constituir una fuerza militar permanente de Cascos
Azules. Sin una fuerza militar permanente, las Naciones Unidas puede
perder un tiempo precioso para salvar vidas, tal como sucedió
con la infame inacción de la Organización frente a
la limpieza étnica en Bosnia y el genocidio en Rwanda, y
sucede hoy con sus tardías y mediocres intervenciones en
África.
Hasta ahora la constitución de esta fuerza permanente de
cascos azules es difícil porque muchos Estados desarrollados
democráticos, que son los únicos que tienen capacidad
económica y militar para montar operaciones globales contra
crímenes de lesa humanidad son reluctantes a participar en
una fuerza militar permanente de la ONU. En efecto, ningún
ciudadano en los países más ricos de occidente, acostumbrado
a la gratificación instantánea de una sociedad de
consumo, acepta morir o que mueran sus compatriotas en tierras bárbaras
por guerras que no comprenden, y que según ellos, no comprometen
su seguridad y prosperidad. En consecuencia, los gobiernos democráticos
de las grandes potencias occidentales, tienen un miedo obsesivo
a enviar contingentes terrestres armados, sufrir bajas y luego castigos
electorales. Casi todos sus Estados Mayores, cuando piensan intervenir
con tropas en un conflicto civil, hacen primero un cálculo
lo más cercano a cero bajas, si el escenario es algo mayor
que cero, simplemente no intervienen.
Además de la falta de espada permanente para pacificar infiernos
domésticos, el otro gran problema de las Naciones Unidas
es su falta de representatividad global. En otras palabras, la Organización
que esta integrada exclusivamente por Estados Naciones, representa,
cada vez menos, la verdadera estructura de la comunidad internacional
que hoy esta compuesta también por actores no estatales como
son las empresas transnacionales y organizaciones de la sociedad
civil de alcance planetario. Por ejemplo, hoy el gran debate entre
dos enfoques de la globalización, uno planteado por los intereses
de las empresas transnacionales y otro alternativo planteado por
organizaciones de la sociedad civil se da fuera de Naciones Unidas.
Las Naciones Unidas no pueden seguir siendo sólo un foro
diplomático, de discursos, discusiones y negociaciones, entre
representantes de gobiernos que no tienen en realidad, ningún
poder real para cambiar las tendencias económicas y ecológicas
globales. La realidad descarnada es que la mayoría de los
países miembros de la ONU son cuasi- Estados Naciones subdesarrollados
que tienen menos poder real que las transnacionales y menos proyección
global que muchas grandes organizaciones de la sociedad civil. ¿Cómo
proteger la ecología, si ni siquiera se consulta con la entidad
de la sociedad civil que denuncia ni con la empresa que contamina,
ni tampoco con la transnacional que inventa la tecnología
contra la contaminación? ¿Cómo programar la
modernización de sectores de las economías subdesarrolladas
sin contactar a los posibles inversionistas transnacionales?
Para resolver estos problemas y otros desafíos ecológicos
y económicos es necesario extender el concepto de representatividad
y por ende de co?responsabilidad internacional a las empresas transnacionales
y a la sociedad civil. Solo así las Naciones Unidas serán
el reflejo verdadero del mundo real y sus decisiones aceptadas por
todos los actores de la globalización.
A pesar que los dos mayores desafíos de la ONU , en este
siglo, son su falta de espada y su falta de representatividad global,
hoy los intentos de reforma de la Organización ignora estos
desafíos y desde hace diez anos se concentran en que si se
aumenta o no los miembros permanentes con derecho a veto del Consejo
de Seguridad o si se elimina o se restringe el veto. En otras palabras,
después de un decenio de discusiones no hay acuerdo para
otorgarles veto a potencias de segundo orden como Alemania, Japón,
Brasil ,India o Sudáfrica ni tampoco hay acuerdo para la
eliminación o restricción del veto. Lo mas curioso
es que este impase de diez años es en torno de una reforma
inocua que deja de lado los dos mas grandes desafíos que
tendrá las ONU en el siglo XXI., su falta de espada y de
representatividad global
En efecto, el aumento de nuevos miembros permanentes con derecho
a veto no garantiza que la Organización sea mas eficaz para
intervenir frente a los crímenes de lesa humanidad. Si ya
con cinco miembros permanentes con derecho a veto es difícil
lograr intervenciones militares, mucho mas difícil será
con nueve o diez. Por otro lado, la eliminación del veto
o una restricción muy extensa del mismo, convertiría
a la ONU en una organización metafísica, alejada de
toda realpolitik, tan ineficaz como lo fue la Sociedad de Naciones,
donde las grandes potencia comenzarían a actuar unilateralmente
antes que someterse a la voluntad de una mayoría compuesta
por potencias de segundo orden y países subdesarrollados.
Tampoco el aumento de mas miembros en el Consejo de Seguridad y
otros órganos de Naciones Unidas resuelve el problema de
su falta de representatividad. La ONU no necesita órganos
con mas Estados, sino con la presencia de empresas transnacionales
y organizaciones de la sociedad civil para negociar de manera realista
los problemas económicos y ecológicos globales.
Hoy la reforma de Naciones Unidas debería estar dirigida
a vencer los dos mas grandes desafíos que confrontará
la Organización en el siglo XXI: no tener espada frente a
la proliferación de crímenes de lesa humanidad y no
tener representación global por la poca participación
de la sociedad civil y las empresas transnacionales en la toma de
sus decisiones. Si las Naciones Unidas no se reforma para vencer
estos dos grandes desafíos corre el riesgo seguro de convertirse
en las próximas décadas en una organización
globalmente irrelevante .
Oswaldo de Rivero
Embajador del Perú ante Naciones Unidas
Nueva York, Marzo del 2004
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