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POLITICA
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"Hipoteca" de largo plazo
El intento boliviano de iniciar nuevamente el proceso
que resuelva el problema de su mediterraneidad debe encontrar un
cauce organizador. A ello no contribuyen, sin embargo, las circunstancias
de crisis interna en que se presenta el caso ni la sensación
de urgencia con que lo proyecta la autoridad boliviana.
Es más, ello convoca la ambigüedad y ésta
a la reticencia de las partes si la exhortación sensata (la
solicitud del presidente Mesa de abrir un período de reflexión
con Chile) es erosionada por posturas radicales (el requerimiento
de revisar el tratado boliviano-chileno de 1904 que atenta contra
la norma básica por el que se rigen los interlocutores: el
fiel cumplimiento de los tratados). Bajo estos términos,
el resultado puede ser un estéril debate sobre los principios
involucrados y el empantanamiento del pedido boliviano.
Como ejemplo, allí está la alusión
del presidente Lagos a que Bolivia se entienda primero con el Perú
(lo que no es una mala idea), la reacción de las dos cámaras
del Legislativo chileno apoyando al gobierno en el marco del llamado
a una posición vigorosa frente al reclamo y el anuncio de
indisposición eventual al diálogo si Bolivia insiste
en "internacionalizar" el problema (como probablemente
va a ocurrir en la inminente Cumbre de las Américas de Monterrey).
Ello puede revertir aún más peligrosamente
contra el gobierno boliviano al frustrarse las expectativas estimuladas
por las fuerzas irracionales que motivaron la crisis y que un sector
de la autoridad del vecino está retroalimentando. El interés
permanente de Bolivia de acceso marítimo puede ser neutralizado
por acciones y planteamiento bolivianos motivados exclusivamente
en la situación interna (es decir, en el corto plazo). De
allí que el vicecanciller de ese país, Jorge Gumucio,
esté invocando paciencia y tranquilidad a través de
la prensa de su país y tratando de formar conciencia de la
necesidad de desarrollar un proceso de largo plazo.
Pero eso no basta para el trato serio del problema.
Si bien el gobierno boliviano está intentando organizar las
bases locales de la futura negociación sobre mecanismos institucionales
que reflejen un grado de cohesión nacional (la comisión
de ex cancilleres, por ejemplo), no parece poder hacer nada para
sustraer de los liderazgos irracionales la causa marítima
que éstos (cocaleros e indigenistas) han expropiado al Estado
boliviano. Y tampoco para contener las fuerzas centrífugas
que éstos desean desatar. Peor aún, el propio presidente
Mesa, sin quererlo, ha contribuido a incrementar la influencia irracional
al calificar el problema de la mediterraneidad como desestabilizador
regional haciendo alusión a aquellas fuerzas cuyos liderazgos
-de legalidad poco transparente- desean la toma del poder por cualquier
medio antes que lograr el resarcimiento de la frustración
mediterránea.
El gobierno boliviano se mostrará como un interlocutor
serio -es decir, menos urgido por la emergencia interna- en tanto
empiece a solucionar primero las tres fracturas que el presidente
Mesa ha anunciado: el quiebre de la relación Estado-sociedad
al haber fracasado el sistema de partidos, el quiebre del estado
de derecho al inhibirse seriamente la aplicación de la ley
(especialmente en el caso del narcotráfico) y la quiebra
"técnica" de la economía que, con un déficit
fiscal de 8% y una intensa dependencia de la cooperación
internacional, ha devenido en insustentable.
Y para llegar a una negociación seria, Bolivia
y Chile deben considerar no sólo la buena voluntad, sino
los intereses del Perú: el fomento de la unidad económica
entre Tacna y Arica (que es histórica), la viabilidad de
los proyectos de integración fronteriza (incluyendo la peruano-chilena),
la protección de los derechos nacionales en la ex provincia
de Tarapacá cuando se trate de cesión de territorios
o de infraestructura férrea y la indisposición a innovar,
con terceros actores, el altiplano peruano-boliviano. Para ello,
el escenario de integración de la macrorregión sur
del Perú, el occidente boliviano y el norte de Chile es fundamental.
El presidente Mesa lo sabe (y hasta lo ha dicho).
(ADC)
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