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POLITICA MULTILATERAL |
Naciones Unidas: la reforma imposible
Oswaldo de Rivero
Hace un año a Kofi Anann se le ocurrió
reformar las Naciones Unidas y designó un Panel de Alto Nivel
sobre Amenazas, Desafíos y Cambios para que le presentara
recomendaciones. Hace más de un mes este Panel presentó
su Informe con el sublime título “Un Mundo más
Seguro: Nuestra Responsabilidad Compartida”.
Este Informe se centra sobre todo en la reforma de la seguridad
colectiva de Naciones Unidas. Dentro de este contexto, hace un buen
diagnóstico de las amenazas a la seguridad internacional
en el siglo XXI, calificando como amenazas a la pobreza, las enfermedades
infecciosas globales, la degradación ecológica, el
cambio climático, el terrorismo, la proliferación
de armas nucleares, químicas y biológicas, la delincuencia
global y la inviabilidad nacional.
Una contribución interesante en este diagnóstico
es haber reconocido como una amenaza, algo que antes era tabú,
esto es, que los países subdesarrollados pueden volverse
inviables, convertirse, como lo dice el Informe, en “Estados
en Stress” y también en “Estados Fracasados”.
Este diagnóstico se asemeja mucho a lo planteado en mi libro
“El Mito del Desarrollo” cuando, al hablar de inviabilidad
nacional, establecí dos categorías: “Las “Economías
Nacionales Inviables” (Estados en Stress) y de “Entidades
Caóticas Ingobernables” (Estados fracasados. Así,
la posibilidad de inviabilidad nacional, que muchos creyeron que
era una exageración, es hoy reconocida como una realidad
por el Panel de Alto Nivel convocado por el Secretario General.
Si bien las amenazas a la seguridad internacional están
bien identificadas, el remedio propuesto por el Informe del Panel
de Alto Nivel para enfrentar estas amenazas es irrealista, porque
consiste, nada menos, en que se establezca un nuevo consenso sobre
la seguridad internacional. Así de fácil.
Esta recomendación presupone que todos los Estados lleguen
a una visión estratégica común sobre las amenazas.
La verdad es que una percepción estratégica común
sólo existió momentáneamente en 1991, durante
la primera guerra del Golfo, cuando los Estados Unidos lideraron
con el endoso del Consejo de Seguridad, una gran coalición
mundial para desalojar a Irak de Kuwait. Sin embargo, este consenso
no duró mucho; al poco tiempo, los Estados Unidos y la OTAN
usaron unilateralmente la fuerza militar para bombardear Serbia
e intervenir en el Kosovo, sin el endoso del Consejo de Seguridad,
debido al temor de que Rusia y China vetaran el uso de la fuerza
contra Serbia.
Hoy la brecha para un consenso sobre la seguridad internacional
se ha ampliado mucho más, no solamente entre los Estados
Unidos, Rusia y China, sino también con Francia, Alemania
y otras potencias medianas, Luego del ataque unilateral de los Estados
Unidos a Irak, seguido por la atroz violencia y resistencia a la
ocupación, las torturas en Abu Ghraib y el alejamiento de
las Convenciones de Ginebra con el caso de Guantánamo y también
con los diferentes enfoques que existen frente a que hacer con Irán
Además de visiones estratégicas no convergentes existe
otro factor estratégico importante que no permite construir
un nuevo consenso sobre la seguridad internacional. Este factor
es el déficit de poder mundial que tienen tanto la superpotencia
americana, como todas las demás grandes potencias para poner
orden en el mundo. En efecto, hoy ningún Estado-Nación,
por más poderoso que sea, puede hoy, solo, hacer frente al
terrorismo, a la proliferación nuclear, a la delincuencia
global, al cambio climático, a la pobreza, a las guerras
civiles y a los genocidios y violaciones masivas de derechos humanos.
Hoy, si se quiere tener una visión realista del poder mundial,
el concepto de la unipolaridad merece ser revisado. Desde el colapso
de la Unión Soviética, se ha difundido una imagen,
más periodística que real, de unos Estados Unidos
omnipotentes e imperiales. En la realidad no ha habido ni omnipotencia
ni Imperio, sólo, hasta ahora, un corto período de
unipolaridad, que terminó cuando los Estados Unidos volvieron
al Consejo de Seguridad pidiendo apoyo multilateral para aliviar
el infierno de la ocupación de Irak. Más bien, lo
que ha pasado luego de Irak, ha sido una erosión del poder
estratégico global norteamericano debido a la sobre extensión
de sus fuerzas armadas voluntarias que no reclutan como antes y
al aumento peligroso de su mega déficit fiscal y de cuenta
corriente que ha hecho que el dólar se devalúe notablemente.
Todos estos hechos prueban hoy los límites del poder unilateral
norteamericano. El poder en el mundo no es hoy unipolar. Los Estados
Unidos siguen siendo una superpotencia, pero su acción unilateral
tiene serios límites. Como lo afirma el profesor Samuel Huntington,
Estados Unidos no puede actuar hoy como un Sheriff solitario e imponer
una Pax Americana. También con mucha razón, el destacado
especialista en seguridad internacional Z. Brzezinski dice: “No
confundamos preponderancia con omnipotencia.”
Este déficit del poder americano tampoco debe llevarnos
a pasar de una utopía unipolar a una utopía multipolar
porque Francia, Alemania, Japón, Rusia, China o la India
no tienen poder suficiente para ejercer un balance multipolar de
poder frente a la superpotencia norteamericana. Hoy, en vez de unipolaridad
o multipolaridad, lo que existe es un gran déficit de poder
mundial, una suerte de apolaridad que hace que todas las grandes
potencias brillen por su impotencia frente a un mundo caótico
y fragmentado por la pobreza, las guerras civiles, el terrorismo,
la proliferación nuclear, el tráfico de drogas, personas
y armas. Todo esto hace también muy difícil que exista
convergencia estratégica para llegar a un nuevo consenso
sobre la seguridad internacional.
Ante este mundo caótico lleno de amenazas, el Informe del
Panel de Alto Nivel recomienda que la legitima defensa se enmarque,
tal como está establecida en el artículo 51 de la
Carta; es decir, que sólo se ejerza la legítima defensa
luego que ocurre un ataque armado. Sin embargo, admite que el Estado
amenazado puede defenderse con el uso de la fuerza preventiva cuando
un ataque contra él es “inminente” o “evidente”.
Sin embargo, el Estado amenazado tiene que probar ante el Consejo
de Seguridad, la inminencia o la evidencia de que el ataque se producirá.
En otras palabras, puede haber uso de la fuerza preventiva siempre
que sea autorizado por el Consejo de Seguridad, de lo contrario
sería un uso ilegal de la fuerza.
Esta es una nueva interpretación de lo que se entendía
por legítima defensa conforme al Art. 51 de la Carta, ya
que según este artículo sólo se puede ejercer
el derecho de legítima defensa luego que ocurra el ataque
armado, no antes. Es decir ese artículo negaba toda posibilidad
de una acción de legítima defensa preventiva. Ahora,
con esta nueva interpretación se puede permitir el ataque
preventivo, pero sólo a condición de ser autorizada
o endosada por el Consejo de Seguridad.
Esta nueva concepción de la legítima defensa preventiva
autorizada por el Consejo de Seguridad no place a nadie. De un lado,
los Estados Unidos, que quieren tener siempre la posibilidad de
una legitima defensa preventiva rápida contra el terrorismo
o la proliferación nuclear, muy difícilmente recurrirán
al Consejo de Seguridad para pedir permiso para usar la fuerza,
probando que existe una amenaza inminente o evidente. Mucho antes
que saliera este Informe, durante la campaña electoral, tanto
el Presidente Bush como su contendor Kerry, declararon repetidas
veces que nunca buscarán permiso para defender al pueblo
norteamericano.
Por otro lado, es también muy posible que las otras grandes
potencias no vean con simpatía esto de probar, ante el Consejo
de Seguridad, la inminencia o evidencia para hacer uso de la fuerza.
Casi todas las grandes potencias, aunque no lo proclamen como doctrina,
tienen visiones estratégicas, que de una manera u otra, consideran
una potencial intervención en sus zonas de influencia o de
disputa, invocando legítima defensa Finalmente, una gran
mayoría de países no-alineados consideran que eso
de la inminencia o de la evidencia es sólo un pretexto para
hacer viable la intervención preventiva contra ellos. La
verdad es que el Panel de Alto Nivel, con su falta de realpolitik,
no ha contentado a nadie.
Otra falta de realpolitik del Informe es su propuesta de que el
Consejo de Seguridad para endosar o autorizar el uso legitimo de
la fuerza, debe pedir que se cumplan “cinco criterios de legitimidad”,
a saber: 1) que exista una seria amenaza; 2) que exista el propósito
adecuado, dirigido estrictamente a impedir la amenaza y no otro
motivo oculto; 3) que la fuerza sea el último recurso; 4)
que la respuesta sea proporcional; y 5) que las consecuencias sean
balanceadas; es decir, que el uso de la fuerza militar no sea peor
que no haberla usado.
Estos cinco criterios son, nada menos, que una transposición
conceptual de las condiciones de la “Guerra Justa” establecidas
por San Agustín, luego por Santo Tomás de Aquino y
más tarde sistematizadas por el jurista Vitoria. Todos ellos
hacen más rígido el funcionamiento del sistema de
seguridad colectiva. Es verdaderamente patético que en pleno
siglo XXI, cuando un ataque terrorista, nuclear, químico
o biológico o el estallido de un genocidio o una limpieza
étnica pueden convertirse en una realidad, en una pequeña
fracción de tiempo, se pida que los países amenazados
o a los que quieren impedir el genocidio, que demuestren ante el
Consejo de Seguridad que cumplen con los cinco requisitos medievales
de la “Guerra Justa”. Si hoy las Naciones Unidas no
puede detener el genocidio de Darfur, cómo seria si se tiene
que probar estos criterios de la escolástica medieval!
El problema que tiene el Consejo de Seguridad para usar legítimamente
la fuerza no se va resolver con observar los cinco principios medievales
de la guerra justa, sino dándole capacidad militar al Consejo,
convirtiéndolo en un mecanismo con espada para intervenir
rápidamente. El sistema de seguridad colectiva de las Naciones
Unidas podrá tener todos los criterios de legitimidad que
uno quiera, pero si no tiene fuerzas armadas permanentes para intervenir,
de nada le servirá su “ legitimidad”.
Una verdadera reforma del sistema de seguridad colectiva debe poner
como prioritaria la necesidad apremiante de las Naciones Unidas
de tener espada, es decir, lograr formar una fuerza permanente de
Cascos Azules acantonada en diferentes zonas estratégicas
del globo para un rápido despliegue y así disuadir,
prevenir y suprimir las amenazas contra la paz y seguridad internacionales.
Si bien el Informe reconoce la falta de capacidad militar que tienen
hoy las Naciones Unidas para imponer la paz, no hace de ello el
epicentro de un nuevo sistema de seguridad colectiva.
El problema principal del sistema de seguridad colectiva de la
ONU es que no existen brigadas, batallones de Cascos Azules incrustados,
de manera permanente, dentro de las fuerzas armadas de los Estados
miembros para ponerse de inmediato al servicio del Consejo de Seguridad
y ser desplegados en las zonas de conflicto rápidamente.
Naciones Unidas no tiene así espada para pacificar conflictos
civiles ni evitar genocidios. Cada vez que el Consejo decide intervenir
militarmente, toma meses recibir contribuciones militares voluntarias
y otros meses más, desplegar una fuerza militar eficaz. Mientras
tanto, la agresión o el genocidio ya se produjeron. Naciones
Unidas siempre llega tarde. Sus fiascos en Bosnia y Ruanda y ahora
en Darfur, son claros ejemplos de que el problema central que tiene
su sistema de Seguridad Colectiva no es la falta de legitimidad
medieval, sino su falta de espada para pacificar los infiernos domésticos
que están surgiendo en el mundo subdesarrollado.
Entre todas las propuestas del Informe, la más audaz e importante
es la limitación de la concepción absoluta de la soberanía
nacional cuando se trata de proteger poblaciones contra crímenes
de lesa humanidad, como el genocidio, la limpieza étnica
y las violaciones masivas de derechos humanos. En efecto, los autores
del Informe plantean que el articulo 2, inciso 7 de la Carta de
las Naciones Unidas, que establece el respeto absoluto de los asuntos
domésticos de los Estados, no están a tono con la
nueva ética global de proteger a las poblaciones contra los
crímenes de lesa humanidad que cometen sus gobiernos. En
otras palabras, los regímenes que no protegen o que destruyen
la vida de sus ciudadanos pierde su soberanía y pueden ser
intervenidos militarmente por las Naciones Unidas, ya que ésta
no puede abdicar jamás de su responsabilidad de proteger
a la humanidad.
Sin dudas, el informe tiene toda la razon, los homos sapiens somos
anteriores al Estado y nuestra humanidad, y nuestros derechos humanos
deben prevalecer sobre la soberanía nacional. Sin embargo,
esta reforma muy positiva, posiblemente no se aprobará porque
la gran mayoría de los países miembros de Naciones
Unidas son regímenes autoritarios o democracias de baja intensidad
que constantemente se refugian en el articulo 2, inciso 7, “la
no-intervención de las Naciones Unidas en los asuntos domésticos”
para cubrir las violaciones de los derechos humanos de sus ciudadanos.
Sin embargo, si por milagro esta propuesta se aprobara, nos encontraremos
nuevamente con un Consejo de Seguridad sin espada para intervenir
rápidamente y evitar genocidios. Darfur es una prueba clara
de esto.
Finalmente, en cuanto a una nueva distribución del poder
mundial, el Informe no extiende el derecho a veto a ningún
otro Estado, dejando, como novias abandonadas ante el altar del
poder mundial a Alemania, Japón, India, Brasil, Sudáfrica
y Nigeria que pretendían ser miembros permanentes con derecho
a veto. Tal vez, ésta sea una actitud realista ya que el
poder mundial no se comparte tan fácilmente por recomendación
de tecnócratas. De esta manera, el Informe sólo establece
la posibilidad de ampliar los miembros permanentes del Consejo sin
derecho a veto, planteando dos fórmulas: A) Seis nuevos miembros
permanentes sin derecho a veto. B) Una nueva categoría de
ocho miembros semi-parmanentes también sin derecho a veto,
elegidos por 4 años reelegibles. Estas fórmulas tampoco
contentan a nadie.
La cierto es que el aumento de más miembros en el Consejo
de Seguridad no resuelve el gran problema que tiene Naciones Unidas,
que es su falta de representatividad global. En otras palabras,
la Organización integrada exclusivamente por Estados-Naciones
representa, cada vez menos, la verdadera estructura de la comunidad
internacional que hoy está integrada también por actores
no estatales como las empresas transnacionales y organizaciones
de la sociedad civil de alcance planetario. Por ejemplo, hoy el
gran debate entre dos enfoques de la globalización se hace,
fuera de Naciones Unidas, entre el Foro de Davos, que representan
a las empresas trasnacionales y el Foro Social, que representa a
la sociedad civil
Las Naciones Unidas no pueden seguir siendo sólo un foro
de representantes de gobiernos, muchos de los cuales, no tienen
ningún poder real para cambiar las tendencias económicas
y ecológicas globales. La realidad descarnada es que la mayoría
de los países miembros de la ONU son cuasi Estados-Naciones
subdesarrollados que tienen menos poder real que las empresas transnacionales
y menos proyección global que muchas grandes organizaciones
de la sociedad civil. Para resolver problemas económicos,
sociales y desafíos ecológicos es necesario extender
el concepto de co-responsabilidad internacional a las empresas transnacionales
y a la sociedad civil, haciendo que participen en ciertas negociaciones
concretas. Solo así las Naciones Unidas serán el reflejo
verdadero del mundo real y sus decisiones aceptadas por todos los
actores de la globalización..
En todo caso, el problema principal que enfrentará esta
reforma de las Naciones Unidas, consiste en que es una reforma promovida
por la Secretaría General, es decir, una reforma que viene
desde la burocracia internacional hacia los Estados. No surge de
los propios Estados miembros, incluyendo a los más poderosos.
Ni siquiera es una reforma consultada previamente con los cinco
miembros permanentes con derecho a veto. El silencio de las grandes
potencias es significativo.
La verdad es que, de acuerdo a la experiencia histórica,
un nuevo sistema de seguridad internacional nunca ha surgido de
una propuesta tecnócrata. El sistema de seguridad llamado
el Concierto de Europa, fue el resultado de las sangrientas guerras
napoleónicas y de un nuevo sistema de balance del poder establecido
por Congreso de Viena de 1815. El sistema de seguridad colectiva
de la Sociedad de Naciones fue el resultado de la masacre de toda
una generación de europeos en las trincheras de la Primera
Guerra Mundial. El actual sistema de seguridad colectiva de las
Naciones Unidas fue el resultado de la muerte de más de 60
millones de seres humanos, militares y civiles, en la segunda guerra
mundial, incluyendo el Holocausto y de dos bombas nucleares. La
humanidad aprende más por tragedias que por Informes. El
nuevo sistema de seguridad internacional del siglo XXI no nacerá
de un blue print del Secretario General sino de las turbulencias
sociopolíticas del caótico mundo real.
La imposibilidad de una reforma planteada desde la burocracia no
será el Obituario de la Organización. Inclusive sin
reforma, Las Naciones Unidas son la Organización indispensable
para hacer frente a las amenazas del siglo XXI. Ni la proliferación
nuclear, ni el terrorismo, ni el cambio climático, ni la
delincuencia internacional y aún menos la pobreza, se pueden
enfrentar globalmente sin este sistema multilateral. Las Naciones
Unidas son como un hospital donde muchas veces no se puede vencer
a la muerte, pero peor es no tenerlo.
Oswaldo de Rivero
NY. Enero del 2005
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