EDITORIAL
Alerta e interdependencia económicas
Alejandro Deustua
27 de Febrero de 2008
El presidente del banco central norteamericano (el FED) acaba de reconocer ante su Congreso que los riesgos de la economía norteamericana se han agudizado. Ello implica la complicación progresiva de sus diversos mercados y la corrección hacia bajo de la perfomance de la primera potencia (entre 1.3% y 2% este año según la versión oficial).
Y sin embargo las potencias emergentes y los países en desarrollo bien manejados mantienen un curso de importante crecimiento a pesar que sus sectores más sensibles, como el bursátil, siguen mostrando signos, aunque atenuados, de fuerte volatilidad. ¿Supone ello que las condiciones de vulnerabilidad pre-existentes han sido superadas y que la dependencia ha desparecido de nuestras economías?
En palabras del presidente del Brasil en efecto ello está ocurriendo en su país aunque de manera calificada: la diversificación de mercados en el caso de la economía brasileña. Ello ocurre también en el Perú si se compara la reducción de la participación del mercado norteamericano como destino de nuestras exportaciones en relación al incremento de otros (China, especialmente) y la apertura de nuevos espacios económicos de interacción.
Todo eso está muy bien para las economías responsables como las nuestras más allá de las diferencias internas sobre la conveniencia de tal o cual política o el efecto de desarrollo de las mismas. Pero de allí a concluir que la afectación del mercado norteamericano no incida en nuestra perfomance y que ésta haya adquirido un grado importante de independencia, hay un largo trecho que puede estar marcado por una falsa percepción.
Especialmente si el mercado norteamericano sigue siendo la primer economía nacional del mundo y si éste, según su anterior gran celador, Alan Greenspan, se encuentra ya estancado. En efecto, según el ex -presidente del Fed, la economía de los Estados Unidos registra ya crecimiento nulo que, de mantenerse por algún tiempo más, no sólo calificaría técnicamente como recesión sino que su recuperación sería más lenta y complicada.
Peor aún, si el aumento del precio del petróleo no sólo ha superado nuevamente la barrera de los US$ 100 sino que, según Greenspan, esos niveles se mantendrán en el largo plazo. Es más si los ciudadanos norteamericanos estaban absorbiendo con alguna soltura el alza reflejada en los precios de la gasolina, ello ya estaría dejando de ocurrir. Especialmente con una proyección potencial de un precio de US$ 4 por galón a mediados de año (vs el precio actual de US$ 3.14 que supera largamente los US$ 2.35 de hace un año (IHT)). Ese impacto en la inflación supondrá probablemente también una restricción del consumo que, de incrementarse, ciertamente tendrá repercusiones en los mercados más interconectados.
De ello podría escapar, nuevamente, los productores de petróleo (y Brasil acaba de confirmar reservas de hidrocarburos extraordinarias) pero no los importadores (como China o India, que contribuyen sustancialmente al crecimiento de la demanda mundial).
Sin embargo, según indicadores generales, los precios de otros commodities se proyectan también en niveles altos en el largo plazo. Ello indica que si bien el impacto en la demanda de economías influyentes por efectos de una recesión norteamericana puede ser importante, el impulso del crecimiento en ellas seguiría compensando ese deterioro para beneficio de los países exportadores de minerales como el Perú.
Pero si ello ocurre, no es porque hayamos adquirido una independencia económica que los países en desarrollo no hemos tenido, sino porque se ha incrementado fuertemente la interdependencia global reflejada en mayores flujos económicos entre mayor número de actores influyentes en los precios.
Al respecto, es necesario tener presente que esta situación positiva derivada de la apertura general de los mercados más allá de la inequidad con que ella ha ocurrido (y que es necesario corregir), tiene fundamentos estructurales y no sólo transaccionales. Si aquéllos fallan (como podría ocurrir con la economía norteamericana), los términos de interdependencia se afectarán erosionando la calidad de las interacciones y con ella, los mercados regionales (el caso del mercado hemisférico) afectando luego a los nacionales.
Por ello diagnósticos sobreoptimistas sobre la independencia de las economía, que sobredimensionan las ganancias de discrecionalidad en su manejo, pueden no ayudar a mantener la prudencia en las políticas y, por tanto, tampoco a generar confianza (que es un activo hoy depreciado).
Nuestras autoridades deben seguir manteniéndose alertas para preservar el nivel de crecimiento y la disciplina monetaria y fiscal sin olvidar el componente de interdependencia (una variable del componente externo). Esa alerta disciplinada debe implicar la disposición a emplear todos los mecanismos económicos disponibles. Y éstos van desde un buen sistema de respaldo (reservas y fondos de estabilización) y mejor atención a la política monetaria hasta la disposición a hacer uso de políticas fiscales contracíclicas focalizadas si éste fuera el caso en un marco de coordinación.
Si, bajo las circunstancias, la situación económica de nuestros países merece una mayor confianza de parte de los agentes respectivos, lo que no se necesita es sobredosis de optimismo imprudente y menos exclamaciones independentistas cuando la complejidad del mercado global no ha hecho sino incrementarse.
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