EDITORIAL
Kosovo no es un Estado soberano y tampoco un “caso único”
Alejandro Deustua
18 de Febrero de 2008
Los requerimientos de un Estado moderno y los que definen su soberanía están fijados hace tiempo. Esta entidad debe poseer territorio reconocido, capacidad jurisdiccional sobre éste y su población y una adecuada vinculación con el derecho internacional.
Tales características definen una básica independencia y, por tanto, no asumen la posibilidad de que el Estado esté sometido directamente a una potencia u organización extranjera.
Kosovo no tiene estas características. En efecto el territorio que pretende para sí pertenece al Estado serbio al tiempo que éste reconoce en ese espacio, quizás antes que en su población, parte esencial de su origen político.
Por lo demás, la institucionalidad kosovar es hoy tan precaria que no puede imponer su jurisdicción Es más, su funcionamiento depende y dependerá de desarrollos futuros que deberán ser auspiciados y tutelados por estamentos de la Unión Europea y la OTAN.
Bajo estas condiciones de subordinación, que desea redefinirse como de “soberanía tutelada” (una contradicción esencial), es evidente que Kosovo no podrá adecuarse libre y autónomamente a los mandatos del derecho internacional, a sus regímenes ni al sistema global.
Y sin embargo bajo estas condiciones, las grandes potencias pretenden reconocer a Kosovo como Estado.
Si esas condiciones no cambian, es decir, si Serbia no acepta la partición de su territorio, ese reconocimiento vulneraría las normas básicas del derecho internacional de manera tal que constituiría una agresión contra un Estado que hoy mantiene relaciones pacíficas con las grandes potencias y con buena parte de las que pertenecen al sistema internacional y que, más allá de los crímenes por lo que sus antiguos líderes deben responder, pertenece al ámbito de la ONU.
En el peor de los casos –es decir si Kosovo se torna ingobernable en el ámbito de la soberanía serbia-, esa entidad podría pasar a ser administrada por decisión del Consejo de Seguridad por el régimen internacional de administración fiduciaria que establece el Capítulo XII de la Carta de San Francisco como “territorio voluntariamente colocado por ese régimen” (art.77.2) Tal voluntad debería ser expresada principalmente Serbia además de la de Kosovo y amparada por las entidades colectivas que controlan el orden en ese territorio.
Ello implica que la negociación con Serbia debería continuar o que el alto nivel de autonomía kosovar bajo soberanía serbia que hoy rige se mantenga con la presencia de la OTAN y de la Unión Europea por disposición Serbia y del Consejo de Seguridad de la ONU.
Lo que no puede hacerse es amputar sin más el territorio de un Estado soberano a instancia de alianzas superiores sin que ello siente un serio precedente. Y menos se puede pretender que éste hecho no sea un precedente porque Kosovo constituye un caso “único” según lo desean ciertas potencias. Tal singularidad no sólo no existe (en Kosovo viven serbios) sino que ese status podrá ser invocado mañana por cada región separatistas que percibe su identidad cono la misma excepcionalidad kosovar. Si estas crean condiciones de violencia suficientes ellas podría invocar el mismo derecho de secesión.
Por lo demás, como lo sabe bien Estados Unidos que sufrió en el siglo pasado una guerra de secesión ganada por el Estado constituido, aún en las repúblicas federales la separación sin consentimiento del Estado en su conjunto no es permitida. Esa misma convicción, derivada de la historia, es firme en la mayoría de los Estado europeos miembros de la Unión (el caso más evidente es la separación voluntaria de las repúblicas checa y eslovaca). Quebrarla implica alimentar el conflicto. Salvo que Serbia recibe algún tipo de incentivo o compensación suficiente a su criterio (¿la membresía plena en la Unión Europea es suficiente?).
En consecuencia, la solución al problema de Kosovo no puede plantearse a plazo fijo ni pasa por una nueva política de hechos consumados de nuestros aliados occidentales. Una buena parte de los países latinoamericanos tiene suficientes motivos para compartir, en alguna medida, este punto de vista.
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