EDITORIAL
La fragmentación regional y la necesidad de corregirla
Alejandro Deustua
11 de Febrero de 2008
Como lo saben bien políticos y especuladores un contexto de crisis es también uno de oportunidades. En un escenario de fragmentación regional y de desequilibrio global el aprovechamiento de las oportunidades dependerá de la intensidad de las fuerzas en pugna.
Discutamos dos escenarios: la radicalización del conflicto regional estimulado por Venezuela y la solución de la controversia marítima con Chile.
Luego de apurar la quiebra del consenso regional sobre la vigencia de la democracia representativa y de la economía de mercado, el gobierno de Chávez ha emprendido la organización de una alianza hostil (el ALBA) y ha quebrantado el potencial estabilizador de uno de los núcleos de cohesión regionales (el colombo-venezolano).
La más reciente muestra de su disposición agresiva y fragmentadora se ha registrado en la última cumbre de esa alianza. Esa organización ha ganado mayor influencia en el Caribe (ya importante a través de Petrocaribe) con la liliputiense incorporación de Dominica. Ello le permite desempeñar un rol quebrantador en la mancomunidad británica y asegurarse votos en la OEA frente a cualquier cuestionamiento.
Pero además, la iniciativa chavista de constituir una fuerza armada “anti imperial” dominada por Venezuela es una innovación antihemisférica que no tiene precedentes en la región. Aunque ese proyecto no cuajó, ha sentado las bases para convalidar un mecanismo de seguridad colectiva que contraría la tarea interamericana de redefinir el TIAR y las agendas adoptadas en las reuniones de ejércitos americanos.
Complementariamente, la organización chavista ha establecido el Banco del ALBA que, aunque sin estatutos serios y un capital menor, es la herramienta venezolana para incrementar su influencia en el Banco del Sur y en el inefable UNASUR. Si algo faltaba para intentar el control de la frustrada integración suramericana, he aquí un instrumento que lo permite con la anuencia explícitamente “anticapitalista” de Bolivia, Ecuador y Nicaragua y el testimonio partipativo de “observadores” del Cono Sur.
Es luego de este acto de incremento de poder que Chávez ha escalado su lenguaje bélico amenazando con emplear, en plena crisis global, la carta petrolera en una supuesta “guerra económica” con Estados Unidos como resultado de una demanda interpuesta por Exxon.
Si esta fuerza de fragmentación sigue sin respuesta adecuada del resto de la región ya
es hora de proponérsela si Suramérica desea ser un actor regional serio fundado en una interdependencia intensa que Chávez impide.
Para ello es necesario también que la región reclame que diferendos bilaterales de carácter tradicional, como el peruano-chileno, puedan resolverse efectivamente mediante medios pacíficos.
Si bien el uso del poder sigue formando parte de la naturaleza de la relación interestatal, la exaltación de esa realidad en la discusión regional de la problemática genera gruesas distorsiones (el Perú y Chile no desean escalar sus tensiones), promueve grandes ineficiencias (distorsiona los términos de ganancias de poder en la región) y erosiona lo difícilmente ganado en integración fronteriza y generación de confianza con vecinos interesados (Ecuador y Bolivia).
Sin duda que evaluar escenarios de contingencia es, en estas circunstancias, sensato. Lo que no lo es, es otorgar a éstos el dominio del tablero. Y menos cuando Perú, Chile, Ecuador y Bolivia tienen un extraordinario potencial subregional cuya fragmentación circunstancial por diferencias ideológicas y territoriales, no debe agudizarse a costa de ganancias de estabilidad futura. Para ello se requiere de los participantes mayor conciencia de las ventajas de largo plazo que derivan de la convergencia de intereses fundamentales antes que de la estrechez de miras de especuladores en momentos de crisis.
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