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DESARROLLO Y OTROS ASUNTOS |
Puntos de inflexión
Marcelo Ostria Trigo
En América del Sur, durante los años 70 y 80 del siglo XX, la mayoría de los países fueron regidos por gobiernos militares. En la Argentina, entre 1976 y 1983 se sucedieron como presidentes, varios generales desde Jorge Rafael Videla a Reynaldo Bignone; en Bolivia, entre 1971 y 1979, fueron los gobiernos de los generales Hugo Banzer, Juan Pereda y David Padilla y, de 1980 a 1982, Luís García Mesa y el general Guido Vildoso; en el Brasil, el régimen militar se extendió desde 1964 hasta fines de los años 70, cuando comenzó el proceso de retorno a la democracia bajo una estrategia de apertura “lenta, gradual y segura”; en Chile, entre 1973 y 1990, gobierna el general Augusto Pinochet; en Ecuador, asumió el general Guillermo Rodríguez Lara y detentó el poder de 1972 a 1978; en Paraguay, de 1954 a 1989, el General Alfredo Stroessner y, luego, el general Andrés Rodríguez; en Perú, en 1968, captura el gobierno peruano el general Juan Velasco Alvarado; el general Francisco Morales Bermúdez termina con el predominio militar en 1980 y, finalmente, en Uruguay, el proceso iniciado en 1973 por el presidente Juan María Bordaberry, seguido por Alberto Demicheli y Aparicio Méndez, termina en 1984 con el gobierno del general Gregorio Álvarez.
La tendencia militar en la región llegó entonces a un punto de inflexión; se había agotado. Nada pudo detener el retorno a la democracia. Por ello es que muchos, como el analista político Mariano Grondona, afirman que “La gran novedad histórica de nuestra región es que casi todos los regímenes políticos latinoamericanos son, ahora, democráticos” (“De Kirchner a Chávez” 14.01.2010), lo que es, por lo menos, discutible, porque el hecho de ser electo no da certificado de demócrata, sino la conducta permanente de respeto a las leyes, a las instituciones, a los derechos humanos y a la continuidad constitucional. Esto no sucede en varios de los integrantes de la corriente populista en el continente.
En ese corsi e ricorsi de la política de nuestros países, surgió la otra tendencia que se esparció, logrando adeptos y simpatizantes: el populismo. El péndulo comenzó a moverse hacia la izquierda, pero distinta, en las formas, de las anteriores aventuras extremistas. Esta corriente nació en 1995, en el Foro de San Pablo, de los escombros del derribado Muro de Berlín.
Es verdad que no todos los ahora influidos por los designios de San Pablo, son populistas rigurosos. En las diferencias se advierte el grado de fracaso de quienes se esforzaron en probar que su modelo –el populismo de la izquierda radical- brindaría a sus pueblos mayor bienestar, y la dignidad que supuestamente se alcanza con el enfrentamiento interno y la diatriba contra países de distinta orientación política.
El populismo no escapa a la historia pendular de Sudamérica, También le llega su punto de inflexión, y esto es inevitable. El experimento ya muestra las grietas de sus políticas irresponsables.
Aún con su gran riqueza petrolera, el gobierno populista de Hugo Chávez enfrenta una crisis sin precedentes. Se advierte que su curioso modelo político se está agotando rápida e inevitablemente. “La devaluación del bolívar –dice un editorial- decidida por el Gobierno venezolano el pasado viernes, se ha vuelto contra Hugo Chávez, poniendo en evidencia la fragilidad de un modelo que se desmorona como un muñeco de nieve”.
Llegado el punto de inflexión del populismo en América del Sur –ya tuvo reveses en Panamá y Honduras- el cambio también alcanzará a sus socios, y a sus simpatizantes que se beneficiaron con maletines y con prebendas de la satrapía. De
De alguna manera, la historia se repite. El ciclo del populismo comienza a cerrarse.
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