 |
DESARROLLO Y OTROS ASUNTOS |
Rusia: un retorno ruidoso a América Latina
Alejandro Deustua
1 de diciembre de 2008
Además de una economía emergente, Rusia es una potencia que está en proceso de recuperar status y rol globales. En ese empeño, los factores de influencia meramente económicos son quizás menos determinantes que los de poder convencional en relación a sus socios BRIC: su grado de inserción económica es institucionalmente menor (aún no pertenece a la OMC) y su oferta exportable tiene la dimensión estratégica de su capacidad energética, tecnológica y militar.
Si la relación con sus interlocutores está vinculada predominantemente a esa oferta, es natural que la calidad de la interacción sea consecuente más difícil de equilibrar entre lo meramente económico y lo político. Durante la visita del Presidente Medvedev al Perú y de Brasil ese equilibrio se logró mejor que en el caso venezolano.
Como es evidente, el componente estratégico-militar ha pesado más que el meramente comercial en la relación con Venezuela. Y lo ha hecho al punto de producir una fuerte alteración geopolítica en el Caribe señalada no sólo por la transferencia de equipos sino por los ejercicios aéreos ruso-venezolanos de hace unos meses y las recientes maniobras navales encabezadas por un crucero nuclear ruso de extraordinaria capacidad bélica.
Aunque estas maniobras han sido minimizadas por Estados Unidos y el señor Chávez las ha calificado como no dirigidas contra nadie, es obvio que estamos frente a una innovación estratégica en el norte de Suramérica con presencia extrarregional como no ocurría desde 1991.
Si ésta se hubiera producido en coordinación con otras potencias del área, el valor cooperativo de las maniobras podría haberse considerado. Pero ello no sólo no ha ocurrido sino que sus efectos serán disruptivos en la región aunque Rusia pudiera esperar otras consecuencias.
En efecto, para Rusia, su renovada presencia militar es producto de la legítima recuperación de su rol global, del tránsito hacia la multipolaridad y de la mayor interdependencia internacional. Pero también es una respuesta a los avances de Occidente en Europa del Este y Eurasia. Por sus limitaciones, la respuesta no parece tener fines de balance de poder sino de restablecimiento inicial de una zona de influencia en América Latina.
Esa intención, lamentablemente, añade fragmentación a una región ya bastante fracturada en tanto el formato de la presencia rusa en el Caribe está calificado no sólo por la renovada relación con Cuba sino por el privilegio otorgado a los miembros del ALBA.
Aunque el mensaje ruso pueda ser más antinortamericano que provenezolano (América Latina es nominalmente una prioridad menor para Rusia), el hecho es que éste fortalece la posición hostil del gobierno de Chávez más allá de las pretensiones multipolares de la potencia euroasiática. En momentos de inestabilidad global, ello agudizará la división entre Estados liberales y no liberales en el área y fortalecerá las pretensiones chavistas (y la de sus seguidores) de perpetuación en el poder.
Si Rusia desea cooperar con América Latina ésta es la forma menos apropiada de lograrlo. Exceptuando al Brasil y la India, sus socios BRIC, que también buscan status, deberían evitar camino similar.
|