| EDITORIAL
A propósito del Instituto Confucio
Alejandro Deustua
13 de diciembre de 2007
La dimensión cultural de la política exterior es una práctica común de los Estados, especialmente de los poderosos y afluentes. En todos los casos éstas son también un instrumento de influencia e interdependencia. En los casos extremos, como la guerra, los grandes imperios (incluido el Inca) realizaron política cultural a través del sometimiento del vencido. En casos menos radicales, ésta se ha llevado a cabo de acuerdos a las necesidades el comercio, entre otros ejemplos. En cambio su empleo basado sólo en la decisión de intensificar el ámbito de influencia, la política cultural ha dependido del presupuesto de las cancillerías y órganos afines.
Por ello a medida que se ha ido ampliando el ámbito de nuestra representación diplomática, las agregadurías culturales no se han incrementado proporcionalmente al incremento de nuestras embajadas. Éstas han sido reemplazadas por los migrantes.
Éste ciertamente no es el problema de China que, además de sus agregadurías, ha instalado el Instituto Confucio en 135 localidades internacionales (incluyendo Lima) para el aprendizaje del idioma. Y tampoco es el de la Alianza Francesa (que no depende de la Cancillería de ese país) o de las diversas entidades norteamericanas como el ICPNA (que tampoco es dependencia del Departamento de Estado) o de instituciones como el British Council (que es un centro cultural más complejo y que, en medio de una disputa entre Estados, acaba de ser cuestionablemente suspendido por Rusia por alguna "violación administrativa").
Definir estas instituciones como producto de una innovación semántica (p.e. el "soft power") es irrelevante en tanto expresan antigua influencia pero también enriquecimiento muto. El Perú necesita más Alianzas Francesas, más British Councils, más ICPNAs, más USIS (ahora desvencijado) y más Institutos Confucio. Lo que no necesitamos es la versión hostil de ese tipo de organizaciones como las que quisieran establecer las casas ALBA.
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