| EDITORIAL
¿Será viable?
Un gabinete de amplia base
Alvaro Rojas Samanez
14 de diciembre de 2007
La política local se encuentra, como si se tratara de un rito imposible de evadir, en un proceso tradicional -- que algunos consideran premonitorio (y hasta obligatorio) y que se vincula con eventuales cambios en los altos cargos del gobierno. Para ello usan la coyuntura, usual en el fin de año, del inevitable recuento y registro.
No se trata de otra cosa que buscar intervención en la "política". El pretexto es hablar: de cambio de ministros o variaciones en la propuesta gubernativa, los lugares comunes en el intento por "crear" escenarios y hacer la "agenda" a los gobernantes. Las "rotaciones" propuestas nunca coinciden con lo que pasa: quienes toman decisiones usan la prensa, las encuestas y el rumor, como fuente de conocimiento. Nada más: el instinto, el "olfato", la comprensión del escenario, hacen el resto.
La política es escenario decisivo para pocos: presidente, ministros, determinados congresistas, algunos líderes, ciertos presidentes regionales. Ellos determinan lo que sucederá. Guste o no: así es la democracia cuando confiere representación y mandato. Corregir una (mala) elección no es un hecho automático: los elegidos reciben inmunidad, tienen fuero y la mayoría de ellos no se sujetan a mandato imperativo. El acto de representación confiere poder. Es realidad inmodificable, invariable e irrestricta, mientras dure el mandato.
Elegir por obligación, y sin reflexión, conduce a la enorme lejanía que se encuentra entre población y autoridades. Brecha que no se supera con un debate, sino produciendo respuestas y cambios sustanciales, sobre todo cuando uno de los actores, con atribución para generar normas de cumplimiento obligatorio, se empantana en discusiones estériles, no aprueba normas significativas y no asume responsabilidades. La levedad congresal - de ahora y de antes, salvo honrosas excepciones- tiene muchas evidencias la incompleta ley de partidos, una frustrada reforma electoral, la imposibilidad de elegir autoridades sin entrar al "cuoteo". Ello informa de la incoherencia entre oferta y acción de los políticos.
Como la política no es estática, la solución se busca incorporando agentes cercanos al interés ciudadano y optando por la negociación y el acuerdo extra partidario, casi siempre fuera del Congreso. De ahí la necesidad de representantes cercanos a núcleos ciudadanos, generando instancias de poder no sujetas a criterios orgánicos ajenas a los cubileteos y con validez para ayudar a gobernar. ¿Las mesas de diálogo, la tarea facilitadora institucional, la convergencia con ciertas autoridades regionales? Tal vez los cada vez más frecuentes "observadores críticos" de la gestión gubernativa, que se basan en un presencia pública sustentada en una muy conveniente autonomía funcional (¿Contraloría, Defensoría del Pueblo?)
Por el lado del poder ejecutivo, una solución podría estar en la conformación un gabinete no partidario, con una cierta ancha base en base a representaciones parciales no necesariamente orgánicas. Desde esa perspectiva, resulta inevitable recordar el primer gabinete de Toledo y su balance entre peruposibilistas (Solari, Waisman, Doris Sánchez, Bruce), ex izquierdistas "reciclados" (Blondet, Lynch, Villarán, García Sayán, Rospigliosi), técnicos no partidarizados (PPK, los Quijandría, Dañino) y Olivera, como aliado político.
Ese esquema no explica el gabinete actual, cuyo común denominador es la vinculación de todos con Alan: independientes sin partido (las ministras Zavala, Carranza, Araoz, Pinilla, Benavides), colaborador extrapartidario (Rey), amigos (Wagner, García Belaúnde), filo apristas (Borra, Vallejos), inicialmente un legado toledista (Mazzeti) y los disciplinados militantes (Del Castillo, Valdivia, Garrido Lecca, Chang, ( al principio Salazar), Alva Castro).
Ese equipo se mantendrá vigente hasta que el mandatario lo desee, más allá de méritos o debilidades.
Valdría la pena examinar las ventajas de pluralidad y equilibrio en esa primera línea gubernativa (la único que puede reformarse) adecuándola a la perspectiva diseñada para un proceso que debe durar cuatro años más, con un terreno mucho más factible de ser transitado gracias al piloto automático de la eco0nomía (78 meses de crecimiento macroeconómico), la definición por el libre comercio (TLC con EU, Chile, Canadá, etc) y la vigorosa presencia en el foro y el mercado Asia - Pacífico.
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