| EDITORIAL
La "idea europea" a los 50
Alejandro Deustua
27 de Marzo de 2007
Bajo ningún imperio ni bajo el predominio de ningún Estado la "idea de Europa", si existió, alumbró como hoy a ese continente o pretendió la influencia global y arraigo regional de que goza la Unión Europea. Si hubo épocas de mayor proyección eurocéntrica, ello ocurrió bajo la realidad del conflicto, del perjuicio ajeno, y de la rivalidad permanente. Hoy la UE, como baluarte occidental que se define por los ideales de paz, bienestar y comunidad, es la construcción regional más exitosa de la postguerra y de la Guerra Fría que Estados Unidos contribuyó decisivamente a ganar.
El presidente de la Comisión Europea, José Manuel Durao Barroso prefiere cuantificar los resultados de esa entidad kantiana que vive épocas de "paz perpetua": cuando se suscribió el Tratado de Roma , 15 de las 27 Estados democráticos de la Unión Europea vivían bajo condiciones de dictadura y sumisión externa y Europa era 50 veces menos rica y 3 veces menos poblada.
Y, sin embargo, los beneficiarios con ese extraordinario progreso hoy se muestran predominantemente pesimistas: 44% de los encuestados en el Reino Unido, Francia, Alemania, España e Italia por la organización Financial Times/Harris opinan que su situación no ha mejorado desde que sus Estados ingresaron a la Unión (sólo 25% opina que sí han mejorado). El hecho de que sólo 22% opine que su situación no mejoraría si sus Estados se retirasen de la UE no mejora ese cuadro de europesismismo.
Y si ello ocurre con una opinión ciudadana que parece haber olvidado su pasado reciente, la referencia social europea no parece ser todo lo extraordinaria que los integracionistas quisieran: según fuentes citadas por El País, la secuencia de desigualdad en la distribución del ingreso europeo sigue el patrón de acumulación norteamericano de los últimos años. Así el 20% de los europeos más ricos es cinco veces más que el 20% más pobre. La situación empeora en Polonia, Portugal e Italia donde la relación es de 8 a 1 y mejora considerablemente en los países nórdicos. Según ese diario, el requerimiento de una mejor distribución de los beneficios de la integración no proviene, digamos, de los sindicatos sino de autoridades financieras como el presidente del Banco Central Europeo Jean Claude Trichet (lo que incrementa su validez).
Por lo demás, la Unión Europea no ha logrado superar la sustantiva diferencia de intereses nacionales que sugieren la diferencia geopolítica entre "atlanticistas" y "continentalistas". Mientras los primeros (p.e. el Reino Unido) prefieren privilegiar la integración económica sobre la política y mantener una relación especial con Estados Unidos (el vínculo transatlántico por excelencia al que quisieran afiliarse los países de la Europa de Este), los segundos (p.e. la élite francesa, de la que discrepa su ciudadanía como lo demostró la derrota del "sí" en el referéndum constitucional) quisieran un nivel mayor de integración política acorde con la económica.
Estas diferencias se hicieron más visibles durante la guerra de Irak, situación aprovechada por el Secretario de Defensa norteamericano, Donald Rumsfeld, para diferenciar, de manera no apreciada en la Unión Europea, a la "nueva Europa" (que incluye a los países de la Europa del Este) de la "vieja Europa". Por lo demás, el vínculo franco-alemán sigue siendo la piedra angular de la organización geopolítica europea (su cohesión integracionista se erosionaría extraordinariamente si ese vínculo interestatal se pierde).
De allí que en la reciente Declaración de Berlín emitida por una cumbre ad hoc, la idea de una confederación liberal predominara, en apariencia, sobre el de una federación europea. Esto es, si el individuo es considerado como "el centro de todas las cosas" (el principio liberal por excelencia cuyo laicismo se antepuso, en este caso, a cualquier referencia religiosa -como el origen judeo-crisitiano de la cultura europea-), la "idea europea" se construye sobre la relación entre Estado e individuo mientras que la relación entre Estados se define como "un equilibrio justo" de intereses (contraria a la noción de balance de poder pero también a la del integracionismo puro).
Es más la construcción supraindividual quedó claramente establecida en una categoría que abarca a las instituciones europeas, al Estado, a las regiones y a los municipios. Es decir, en el siglo XXI la "idea europea" está lejos de ser la de la soberanía absoluta del individuo mientras que el Estado, en el ámbito del proceso de integración más avanzado del mundo, aún no se rinde al transnacionalismo. De allí que la "idea europea" arbitrada por el estado suponga más una confederación y que el "modelo" de "éxito económico y responsabilidad social" la recoja como ámbito donde la regulación y redistribución se rija a través de instituciones políticas y no sólo por el mercado.
La materialización de ese modelo se expresa en una entidad regional cuyo rol se expande con objetivos y desafíos globales. Entre los primeros se encuentran la promoción (no la imposición según el Comisario Barroso) de la democracia, de la estabilidad y del bienestar. Su dimensión tercermundista se expresa en la voluntad de combatir la pobreza, el hambre y las enfermedades (el desarrollo, en cambio, ya no merece atención configurando la pérdida de un consenso que tarde o temprano se recuperará).
Pero los desafíos y amenazas (el terrorismo, la migración ilegal y el crimen organizado) tienen también, lastimosamente, ese origen tercermundista y periférico a pesar de ser de naturaleza transnacional.
De ello puede concluirse que la relación con los países en desarrollo estará definida, en no poca medida, por esas preocupaciones según la Declaración de Berlín. El resto será establecido como medio de influencia de una entidad "que no es una superpotencia" y que tampoco invade a terceros países, según el Comisario Barroso.
Entre sus interlocutores están las organizaciones de integración. Y dentro de ellas, las que alguna vez tuvieron filiación institucional europea como la denominada Comunidad Andina.
Como se sabe los países de la CAN y la Unión Europea desean abrir negociaciones para establecer un acuerdo de asociación que involucre un acuerdo de libre comercio. Lamentablemente la CAN ha dejado de ser una comunidad mucho antes de ésta fuera rebautizada como tal. Y hoy no está en posición de acordar siquiera una voluntad común por el libre comercio y mucho menos un mecanismos de integración como es la unión aduanera. Pero la dificultad es mayor: los miembros de la CAN ni siquiera pueden definir ese eufemismo que es el punto inicial de desgravación para iniciar conversaciones comerciales serias.
Bajo estas circunstancias, ni la "idea" ni el "modelo" europeos ni la influencia de la UE pueden hacer mucho frente a la persistencia de ciertos países andinos en una línea de aislacionismo contrario a la que la Unión Europea patrocina. Frente a ello sólo resta resignarse al fracaso de la negociación o recurrir a la sofisticada institucionalidad de la Unión para que ésta apele a un instrumento de marca registrada: la formación de "arquitecturas de diferentes velocidades". Quizás entonces la "idea de Europa" inspire mejor a estos países que desean marginarla justo cuando la UE desea potenciarla.
DERECHOS RESERVADOS
El Editor (ADC) |