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EDITORIAL
El presupuesto norteamericano y la lucha
contra el narcotráfico
Alejandro Deustua
7 de Febrero de 2007
El proyecto de presupuesto de los Estados Unidos para el año
fiscal 2008, que empieza en octubre y asciende a 2.9 millones de
millones de dólares, tiene relevancia global.
En efecto, más allá del debate interno al respecto,
el hecho es que ese presupuesto anuncia el equilibrio del déficit
fiscal norteamericano en cinco años (lo que sustraería,
de realizarse, una causa fundamental del desbalance económico
internacional), indica una disposición a incrementar el poder
militar de la primera potencia (lo que señala, aunque predominantemente
en el ámbito de la seguridad, su compromiso externo) y, en
lo que respecta a América Latina, define la importancia económica
de la región en la perspectiva norteamericana (por su ausencia
en el proyecto, reitera que ésta no será mayor).
Y al margen de la discusión sobre si el sustento del presupuesto
es razonable cuando la reducción del gasto se compensa con
el incremento de la asignación militar y la consolidación
de la rebaja tributaria del primer gobierno del Presidente Bush,
la preocupación latinoamericana puede ser acotada por razones
muy precisas: una eventual reducción de la cooperación
en la lucha contra el narcotráfico.
Al respecto, voceros norteamericanos acaban de desmentir la información
sobre un supuesto recorte del 39% de esa cooperación. Al
recordar que ésta se incrementó en realidad de US$
40 millones a principios de siglo a US$ 130 millones anuales en
el 2004 en ese acápite, la Embajada norteamericana en el
Perú ha reiterado también que los recursos destinados
a América Latina se han incrementado de US$ 862 millones
(2001) a US$ 1.6 mil millones (2006). Y sobre la cooperación
futura en la lucha contra el narcotráfico, esa Misión
ha señalado que ésta ya no se encuentra en el capítulo
denominado Iniciativa Contradrogas Andina sino en el correspondiente
a un Fondo de Apoyo Económico.
En otras palabras, la cooperación antinarcóticos
se mantiene pero lo que no sabemos hoy es en qué cantidad
y con qué prioridad. Si el consenso sobre la condición
vital de la cooperación norteamericana con el Perú
en la materia es claro para todos, las dudas sobre las modalidades
de su continuación deben absolverse a la brevedad para evitar
un decaimiento del esfuerzo compartido.
La urgencia es de mayor importancia aún si, según
Devida, del gasto anual de US$ 124 millones requerido para estos
menesteres, la cooperación internacional responde por US$
120 millones de los que Estados Unidos es fuente del 90% (LR)
De otro lado, si ésa fuera efectivamente la proporción
del compromiso norteamericano con el Perú, es evidente que
el término “cooperación” sólo es
un eufemismo que disfraza, como desde hace varias décadas
en el acápite del desarrollo, una asistencia que señala
extraordinaria dependencia. Devida debe aclarar este punto en tanto
que esa información contradice el considerable aporte financiero
que, esta vez, estaría realizando el Estado peruano para
ejecutar la estrategia nacional contra las drogas (que, sin embargo,
se ha aprobado sin otorgar la prioridad apropiada a la tarea fundamental
de la erradicación de la coca ilegal).
Si ese aporte nacional fuera efectivo, la incertidumbre sobre
asistencia norteamericana (que, de cualquier manera, tiende a la
baja) debería a replantear la relación con Estados
Unidos en la materia. Al respecto, la aplicación del principio
de responsabilidad compartida no sólo debiera propiciar el
incremento de la participación financiera nacional en toda
la cadena de la lucha contra el narcotráfico sino concretar
la exigencia de que Estados Unidos reduzca la demanda de manera
más efectiva.
Aunque, según la ONU, la demanda de cocaína tiende
a reducirse en la primera potencia, Norteamérica sigue siendo
el principal consumidor de esa droga. Para luchar más efectivamente
contra la oferta y rebajar sus costos, el principal consumidor debería
establecer metas de reducción anual para terminar con el
problema que compromete al Perú con un 30% de la oferta.
Lo mismo debiera exigirse a los miembros de la Unión Europea
donde, aunque el consumo es menor, la tendencia al alza es marcada
en muchos de ellos al tiempo que el problema tiende a definirse
como uno de salud pública antes que como uno de seguridad.
Bajo estas premisas elementales, la cooperación internacional
efectiva podría abandonar el campo de la asistencia externa.
Éste no sería, sin embargo, el único instrumento
definitorio de la responsabilidad peruana. En tanto el consumo de
drogas en el Perú sigue creciendo y se extiende a toda la
región, la responsabilidad nacional (que, en términos
cuantitativos, está por debajo de la colombiana, pero es
superior a la boliviana) es mayor.
Esta redistribución de responsabilidades en la lucha contra
el narcotráfico (que hoy no puede contar con una coordinación
andina elemental debido a las divergencias planteadas por Ecuador
y Bolivia) debe, sin embargo, contar con la certeza de la participación
norteamericana en la fuente de la oferta. Esa certeza, lamentablemente
no aparece nítidamente definida en el proyecto de presupuesto
de la primera potencia para el año fiscal 2008-2009. Ello
debe aclararse a la brevedad.
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