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EDITORIAL
¿Cooperación o integración
energética en la región?
Alejandro Deustua
5 de Febrero de 2007
A la sombra de las tendencias divergentes surgidas en la CAN (p.e.,
el retiro de Venezuela y las incertidumbres que generan las políticas
de Ecuador y Bolivia) y en el MERCOSUR (p.e., la fricción
argentino-uruguaya y los escasos logros de su última cumbre),
la atención sobre la inserción de países como
Colombia y Perú ha estado concentrada en la relación
con Estados Unidos (el TLC), la Unión Europea (las negociaciones
sobre un acuerdo de asociación que incluya un acuerdo de
libre comercio que deberá tener un punto de inflexión
en la cumbre UE- América Latina del próximo año)
y la cumbre de la APEC a realizarse en Lima el 2008.
Sin embargo, los procesos iniciales que marcan el rumbo de grandes
proyectos de integración regional han seguido su curso. Este
es el caso de la red de gasoductos del sur que, a diferencia, del
proyecto más restringido conocido como “anillo energético”,
abarca al conjunto suramericano.
Asumiendo, a priori, que las ventajas de un proyecto de integración
física que agregue seguridad energética a la región,
estabilidad política y economías de escala son ciertamente
deseables en Suramérica, el proyecto en cuestión deja
aún muchas dudas. Entre otras, éstas se refieren a
su viabilidad (¿es posible la integración energética
entre regímenes crecientemente antagónicos y en circunstancias
de reemergencia de conflictos territoriales?), a sus beneficios
colectivos (¿serán éstos meramente económicos
y equitativamente distribuidos bajo condiciones de coincidencia
de intereses o tendrán, interna y externamente, un componente
geopolítico y confrontacional?), a su manejo (¿habrá
o no control de actores predominantes?), a su institucionalidad
(¿qué autoridad estará a cargo: una colectiva
o una supranacional?) y a su contribución al desarrollo nacional
(¿contribuirá el proyecto a generar desarrollo mediante
industrialización o tendrá un sesgo predominantemente
comercial?).
Antes de responder a estas preguntas (que debieran ser absueltas
de inmediato), los gobiernos involucrados deben aclarar además
la disposición compromisoria con la que participan en estas
reuniones. Bajo los escasamente transparentes patrones en que éstas
se llevan a cabo, no queda claro con qué convicción
se aproximan las partes al trato de la materia. Esclarecer el punto
será indispensable antes de ingresar a la fase convencional
sobre definición de acuerdos marco. Especialmente si éstos
tratan sobre principios y normas que definen la naturaleza del régimen
de integración potencial. Y más cuando éstos
parecen fuertemente influenciados por organismos multilaterales
de crédito que parecieran desear más “monetarización”
de las reservas que hacerlas útiles al desarrollo del país
donde se encuentran.
No menos importante es también el requerimiento de esclarecer
el marco regional en que las conversaciones se realizan. Si dentro
de los escasos y frágiles cimientos de la Comunidad Suramericana
de Naciones, el programa de infraestructura IIRSA es el más
sólido y prometedor, los participantes deben aclarar por
qué no es emplea la institucionalidad tridimensional (vial,
de comunicaciones y energética) de ese programa compartido
y vigente. No hacerlo estaría señalando la posibilidad
de que la “red de gasoductos del sur” tendría
el patrocinio y los objetivos de uno de sus principales mentores
(Venezuela) antes que los establecidos por los presidentes suramericanos
en el 2000 (cuando se aprobó el IIRSA).
El punto es importante porque no todos los interlocutores de los
gobiernos de Venezuela (y de Bolivia), aún siendo productores
de hidrocarburos, desearían ingresar a proceso de integración
profunda bajo condiciones de intensa divergencia política,
económica y estratégica y/o en el marco de conflictos
que involucran intereses primarios subyacentes. Si la integración
presupone la existencia o la predisposición a generar condiciones
básicas de convergencia que puedan evolucionar hacia cierta
cesión de soberanía que consolide esa convergencia,
las actuales condiciones no serían las más apropiadas
para ello.
Un escenario muy distinto sería aquél en que la
articulación energética se establece bajo condiciones
de cooperación, respetando las soberanías nacionales,
con el propósito de equilibrar satisfactoriamente, y a precios
de mercado, la oferta y demanda de energía en la región.
Una alternativa a ello sería la creación de una reserva
estratégica colectiva (en este caso, gas) en el que la procedencia
y el pago de las partes alícuotas quedasen claramente establecidas
sin condiciones administrativas de predominio. Otra, la de proceder
gradualmente entre países y economías afines (un enfoque
plurilateral y de menor ámbito de la integración energética).
Por lo demás, no parece aceptable que las condiciones de
esa integración se dieran en función de requerimientos
de “monetarización” de las reservas de los países
que las detentan para sufragar el costo del desarrollo. Si ello
implica sencillamente comprar y vender gas, sólo estaríamos
creando un mercado tradicional en el sector y postergando los requerimientos
de satisfacer primero los requerimientos internos de las economías
ofertantes: la consolidación de un mercado nacional no autárquico
y la industrialización de un recurso que permite generación
de valor agregado a costos menores que el que requiere, por ejemplo,
la transformación de minerales.
El prerrequisito para ello es comprobar la existencia de reservas
suficientes para ese emprendimiento nacional y para las exportaciones
a que hubiera lugar. Esa tarea aún no se ha perfeccionado
en el Perú.
Mientras ésta se concluye, podemos cooperar en la prospectiva
de la creación de un mercado regional y en el estudio de
compromisos bi o plurilaterales de compra-venta sujetos a la comprobación
de las magnitud y calidad de las reservas. Y, por cierto, también
podemos cooperar en la tarea, ojalá de mediano plazo, de
solución de conflictos y de generación de convergencia
económica y política que permita crear masa crítica
suficiente para un real proyecto de integración energética
regional.
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