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EDITORIAL
El calentamiento global
Alejandro Deustua
2 de Febrero de 2007
La relación entre ciencia y política es una “realidad
histórica” que la política ha sabido aprovechar
mejor que la ciencia. Y cuando la ciencia ha querido hacer política
para dar a conocer sus conclusiones de manera influyente, muchas
veces los resultados no sólo no han sido buenos sino que
han sido eventualmente descalificadores para la ciencia.
Esto es lo que ha ocurrido, en no escasa medida, con las denominadas
ciencias ambientales cuando, en su afán de llamar la atención
sobre un peligro real, han divulgado proyecciones catastróficas
sea por cuenta propia sea a través de activistas muchas veces
radicales. El sobredimensionamiento del riesgo ecológico
por los activistas ambientales no sólo le ha generado a la
disciplina ecológica pérdida de credibilidad pública
sino que la tendencia social a la autoprotección (no ver,
no oir, no hacer) ha impedido que el mensaje llegue a destino. A
su vez, ese doble obstáculo antiecológico ha sido
bien aprovechado por agentes políticos y económicos
afectados por la alerta científica fortaleciendo, por tanto,
el statu quo y la pasividad.
Según el Programa de las Naciones Unidas para el Ambiente,
ello debiera concluir a partir de hoy cuando de la propuesta debiéramos
pasar a la acción a propósito de las conclusiones
sobre el calentamiento global publicadas por el panel de científicos
que, en el marco de la ONU, siguen el problema desde 1988.
Como es de conocimiento público (en buena cuenta estimulado
por happenings ambientalistas como los apagones suscitados en múltiples
capitales para llamar la atención), este grupo de científicos
ha considerado de manera “inequívoca” que el
calentamiento global efectivamente existe y que éste se origina
“muy probablemente” menos en la naturaleza que en la
“causa humana”.
La consecuencias de esta certeza (que, según el índice
de los miembros del panel, es superior al 90%) se expresaría,
según ellos, en elevamiento de la temperatura global en rangos
que pueden ser restringidos (entre 1.8 y 4 grados Celsius) o más
amplios (entre 1.1 y 6.4 grados Celsius). El resultado de no hacer
nada supondría un incremento del nivel de los mares de entre
28 y 43 cms. en el primer caso en un plazo de 50 años y de
hasta de 7 metros, en el segundo en el muy largo plazo. Ello vendrá
acompañado del incremento sustantivo de lluvias en zonas
altas y de sequías e inundaciones en las zonas bajas.
Como es de conocimiento público, este reporte sucede a
otros (como el reciente informe Stern producido en el Reino Unido)
y a llamados de atención que dentro y fuera de la ONU se
han venido produciendo desde la década de los 60 del siglo
pasado.
Si en el peor escenario de incredulidad, la prevención
al respecto debiera ser la actitud colectiva más razonable,
la Convención Marco de la ONU sobre Cambio Climático
de 1992 brinda el foro apropiado y el protocolo de Kyoto de 1997,
que perfecciona instrumentalmente a la Convención Marco,
señala el curso de acción (aunque las metas de reducción
de emisiones que contribuyen al calentamiento global hayan sido
puestas en cuestión por algunos de los suscriptores de Kyoto
y por potencias que no lo son, como Estados Unidos).
Sin embargo, sobre este punto no sólo hay discusión
entre quién reduce más y a qué costo (los países
industrializados) sino sobre el rol de los que, en general, no reducen
emisiones (los países en desarrollo). En este último
caso las prioridades se concentran más bien en el logro del
desarrollo sostenible y la lucha contra la pobreza.
En lo que respecta al Perú, ésta es la posición
que sustenta la Comisión Nacional de Medio Ambiente (CONAM).
Si, con matices, ésta fuera la posición de todos los
países en desarrollo la contribución de éstos
a minimizar los efectos del calentamiento global o adaptarse a sus
consecuencias, no sólo no será más ineficiente
de lo ya es sino que generará muy poca influencia en los
contaminadores de mayor escala para inducirlos a asumir sus responsabilidades.
En efecto, una posición tan pasiva como la que señala
CONAM no sólo no contribuye a que el Perú asuma el
rol en el ámbito de la seguridad colectiva y de la gobernabilidad
global que le corresponde, sino que deja por fuera el trato de problemas
que, teniendo proyección global, son suficientemente específicos
como para actuar decisivamente sobre ellos.
Enumeremos sólo tres: el narcotráfico (que genera
contaminación y deforestación no sólo por el
uso de insumos sino por el desborde las plantaciones de coca que
empobrecen la tierra extrayéndole nutrientes), la deforestación
(que elimina de la cuenca amazónica la capacidad de producción
de oxígeno y que, con la extraordinaria proliferación
de incendios, emite gases de efecto invernadero en cantidades abrumadoras)
o las migraciones internas (que incrementan en las grandes ciudades
la demanda empleo contaminante y generan actividades económicas
nocivas al tiempo que incrementan la presión sobre los recursos
para satisfacer necesidades básicas).
A ellos podría agregarse la disposición a vender “derechos
de contaminación” en un nuevo mercado en el que si
los contaminadores adquieren los derechos de los que no contaminan
terminarán contaminando más, como parece evidente
(aunque la lógica del mercado no es siempre evidente).
Países “de mediano desarrollo” como el Perú
ciertamente pueden contribuir a atenuar los problemas del calentamiento
global. Y si, por su incipiente industria y capacidad de consumo,
su participación en este empeño fuera insignificante,
pues por lo menos sus gobiernos estarán sirviendo mejor a
sus ciudadanos y adquirirán mayor influencia para afrontar
colectivamente este problema global. La política acá
ciertamente puede hacer mejor uso de la ciencia.
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