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EDITORIAL
Venezuela: entre el autoritarismo y el totalitarismo
Alejandro Deustua
1 de Febrero de 2007
En un contexto económico como el actual, América
Latina debiera ser un centro productor de progreso, de redefinición
ventajosa de su inserción externa y de integración
cuyos beneficios apuntaran a un mercado común fruto de políticas
y principios convergentes.
Lo que en ella ocurre define, sin embargo, un cuadro de fuerzas
divergentes, con un grupo de países optando abiertamente
por el curso regresivo del estatismo populista y autoritario, estableciendo
asociaciones extraregionales hostiles y antioccidentales y consolidando
mecanismos de asociación sobre la base del crudo ejercicio
del poder. La fuerza de esos vectores divergentes se intensifica
al amparo de ideologías totalitarias que la gran mayoría
creíamos haber superado.
Ese grupo de países tiene un líder incuestionable
que, a la búsqueda de predominio regional y de desestabilizador
posicionamiento internacional, ha decidido concentrar todo el poder
en sus manos.
Como es evidente, éste es el caso de Hugo Chávez,
que luego de haber diluido el contrapeso de poderes en Venezuela,
ha logrado de un Congreso tan oficialista como uniforme la autorización
legal para gobernar, sin fiscalización, durante año
y medio redefiniendo a su gusto al Estado, la economía y
las relaciones sociales de los ciudadanos que votaron por él
(y también de los que se le oponen).
Para ello ha recurrido a instrumentos que, a juicio de sus adherentes,
sólo pueden definirse como “clásicos”.
En efecto, ellos prefieren entender que el ejercicio de la democracia
directa (la que prescinde de partidos y de representaciones intermediarias)
es tan antigua como la polis griega, que el eslogan “patria
o muerte” sólo es un reflejo antropológico de
la búsqueda de seguridad de las sociedades originarias y
que la “ley habilitante” (la que le otorga todo el poder)
es tan normal como el fast track norteamericano o el ejercicio que
de ella hicieran gobernantes venezolanos tan convencionales como
Jaime Lusinchi o Carlos Andrés Pérez.
Para evitar tan groseros encubrimientos, los partidarios del presidente
Chávez podrían esgrimir mejor el principio de autodeterminación
en su interpretación más absoluta y retrógrada.
Estos es, aquélla que no reconoce que la democracia representativa
es la forma de gobierno que los miembros del sistema interamericano
decidieron proteger colectivamente en América, que no comparte
el principio de división de poderes para evitar el autoritarismo
y que no tiene afinidad con los principios liberales que dan fundamento
a la repúblicas latinoamericanas como contrarias a los formatos
totalitarios que el eslogan socialista “patria o muerte”
encierra. Ello justificaría mejor la decisión de hacer
abuso de la cesión circunstancial de poderes (la ley habilitante)
para transformar, a voluntad del gobernante, el orden interno de
un Estado.
Más aún cuando ésta permite que el presidente
Chávez proceda a alterar, sin límites, el modelo económico,
reformar las leyes tributarias y alterar la relación con
la inversión extranjera. En lo social, el presidente podrá
patrocinar mecanismos de control y participación social y
replantear el orden ciudadano. En lo político el señor
Chávez dictaminará a su criterio sobre el orden territorial,
la seguridad interna, la defensa nacional, la infraestructura, la
educación (incluyendo sus contenidos) y los servicios. Y
en el ámbito constitucional podrá plantear, nuevamente,
una reforma para convalidar, en olor de multitudes, la reelección
indefinida que ratificará esta reverberación napoleónica
antes que bolivariana.
Como es evidente, la amplitud de poderes que el presidente Chávez
ha obtenido de su Congreso es cuasidictatorial aunque se presente
bajo ropaje democrático. Los países de la región
que han establecido la cláusula democrática como forma
de convivencia no pueden volver a taparse lo ojos frente a esta
realidad de vocación totalitaria que emerge en el norte de
Suramérica.
Y menos cuando quien la dirige pretende establecer un polo de
poder en la región luego de haber consolidado el poder interno
y de nutrirse de la herencia ideológica del apabullante régimen
castrista. En tanto ello requerirá la proyección y
el control de una típica esfera de influencia (de la que
Bolivia es el más fuerte escenario y a la que se han agregado,
con menor decisión hasta ahora, Ecuador y Nicaragua), la
reacción regional no puede seguir siendo la de la pasividad
mostrada hasta ahora (especialmente por Brasil).
Menos si no deseamos encontrarnos, dentro de 18 meses, con la
realidad de la expansión del totalitarismo en la región
y con buena parte de Suramérica apoyando a potencias como
Irán y otras entidades fundamentalistas que ciertamente no
convocan convergentemente nuestros intereses. Si no deseamos ingresar
a una relación de conflicto mayor en Suramérica agravado
por fracturas ideológicas, la reacción de los estados
liberales (que incluye a los socialdemócratas) frente al
empuje incremental del autoritarismo venezolano y a su proyección
externa debe ser explícita, clara, eficaz.
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