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EDITORIAL

El crecimiento global y el proceso de globalización

Alejandro Deustua
25 de Enero de 2007

Aunque a una tasa más modesta en relación al 2006, la perfomance de la economía mundial será buena este año. Al respecto, sin embargo, se presentan desinteligencias entre las distintas proyecciones de crecimiento (lo que implica en ellas una mayor o menor consideración de riesgos) y sobre los requerimientos de una mejor distribución de los beneficios (lo que complica la sustentabilidad del denominado proceso de globalización).

Dada la brecha de pronósticos, la primera cuestión puede plantearse en término de “a quién le creemos”. Y, a la luz de los diversos grados de satisfacción con el proceso de globalización, la cuestión distributiva puede plantearse en término de “en qué creemos”.

La primera inquietud surge de la gran diferencia de magnitudes en la proyección optimista de la economía global evidente entre diferentes organismos internacionales, bancos y otros actores. Entre los primeros la brecha oscila digamos entre el 3.2% de incremento del producto global que, por ejemplo, estima la ONU y el 4.9% que proyecta el FMI. Asumiendo que la diferencia de proyecciones obedezca a cuestiones metodológicas o a estimaciones disímiles según los términos de las mismas sean nominales o reales (que las publicaciones no aclaran), aún así la brecha existe.

Ello no tendría especial importancia para el planeamiento nacional y de las empresas si no fuera por las expectativas que estas cifras despiertan. Como es evidente, la importancia de las expectativas no sólo se ha incrementado al compás de la mayor sofisticación de la economía mundial sino que su contenido psicológico ciertamente ha devenido ya no en condicionante sino en determinante del “sentido común” de los operadores y de la posición con que éstos afrontan sus diagnóstico y de decisiones.

Este fenómeno de cognición divergente aparece diáfanamente en las primeras reuniones del World Economic Forum que se realizan en Davos. Allí la división entre “optimistas” y “pesimistas” o entre “audaces” y “cautelosos” se sustenta en las respectivas percepciones de riesgos que, según la interpretación que merezcan, podrían influenciar un mayor o un menor crecimiento mundial.

En el primer caso, los “optimistas” llegan al punto de ignorar los riesgos económicos globales con el argumento de que éstos, a pesar de su fundamentado anuncio, no se han materializado. En efecto, en el 2006 el precio del petróleo no ha subido a US$ 100 por barril, la burbuja inmobiliaria no ha explotado y los intereses no se han incrementado dramáticamente en las principales economías. Por lo tanto, estos operadores sugerirían que la incidencia de los “factores geopolíticos” ya está descontada por los mercados, que los consumidores norteamericanos seguirán gastando y que las principales economías han absorbido el decrecimiento del precio de los inmuebles y los problemas que presentan los déficits de la economía estadounidense.

En realidad, los “optimistas” coinciden con los “pesimistas” en que si nada imprevisto ocurre, la economía mundial habrá impulsado en el 2007 un ciclo expansivo (cuatro años consecutivos) como no se veía desde la década de lo 60 del siglo pasado. La diferencia está en que los “optimistas” están “seguros” de que nada malo va a ocurrir

En el segundo caso, los “pesimistas” sostienen que los fundamentos para que los riesgos descritos se concreten no han desaparecido y, por tanto, si éstos no se han materializado ello no implica que no pueda ocurrir próximamente. Ésta es la línea del señor Roubini tan recurrido por los economistas antisistémicos. Pero de ella también han participado, de manera más cauta y ponderada, publicaciones tan liberales como The Economist (especialmente en el llamado de atención sobre el peligro del estallido del boom inmobiliario). De allí que en su pronóstico del 2007 los directores de esa publicación se limiten a resaltar que el 2007 será un “buen” año.

Sobre el riesgo del incremento del precio del petróleo señalado por los “pesimistas” debe destacarse el comportamiento contrario al pronóstico. En efecto, la estacionalidad que impulsa el precio del barril no ha contribuido a incrementar esta vez su demanda (la moderación del invierno en los países desarrollados se ha encargado de ello) mientras que la decisión europea y norteamericana de reducir la dependencia energética diversificando la oferta tenderá a empujar los precios hacia abajo en el largo plazo.

Pero los “pesimistas” no se equivocan necesariamente si se considera que el anuncio del presidente Bush de incrementar las reservas estratégicas de petróleo ha reconfirmado la facilidad con que los precios del petróleo pueden retornar al alza. Ello es aún más verosímil a la luz del agravamiento del conflicto en Medio Oriente, la agresividad rusa en el control de la producción y de la distribución en Europa y la posibilidad de que la OPEP vuelva a reducir la producción. Por lo demás, la nueva demanda (p.e. China) no hará otra cosa que incrementarse (y, por tanto, sustentará el precio en niveles altos) mientras el rol de los especuladores seguirá siendo un factor muy importante que impulse la tendencia hacia un lado u otro.

Y en lo que hace al riesgo que supone el enfriamiento del mercado inmobiliario y su relación con la disminución del consumo norteamericano (y europeo), éste ciertamente no es una fantasía. Especialmente si las hipotecas encontrasen problemas de cobertura por menores ingresos en los dueños de hogares y si las tasas de interés suben en función de un ajuste monetario producto de un mayor debilitamiento del dólar generador de inflación (o hasta como efecto de una descenso del desempleo correspondiente a un desempeño de la economía norteamericana superior a lo esperado).

A agravar ese riesgo puede conducir menos el déficit fiscal norteamericano (cuya reducción el Ejecutivo ha reiterado como objetivo) que el de su cuenta corriente (que no tiene control y cuyo pasivo seguirá exigiendo financiamiento externo). El desbalance de la economía global que ese déficit produce seguirá siendo un riesgo porque puede poner en cuestión la capacidad de consumo del mercado norteamericano si el dólar se devalúa más y si, por tanto, Estados Unidos importa menos al tiempo que la economía se enfría debido al incremento de las tasas de interés. Ello generaría menores ingresos por exportaciones al mercado norteamericano de otras grandes economías disminuyendo por tanto, la capacidad de consumo de éstas.

Sin embargo, esta opinión (que es la del señor Rato del FMI) no es aparentemente compartida por no pocos “optimistas” presentes en Davos que sostienen que la globalización se está encargando de “rebalancear” estos desequilibrios.

Frente a este escenario interpretativamente contencioso, los gobernantes de los países en desarrollo debieran mirar los hechos económicos antes que las conductas generadas por “optimistas” y “pesimistas” que retroalimentan expectativas contrarias. Si el entorno económico es favorable es necesario orientar las economías nacionales para obtener el mejor provecho de éste pero disminuyendo la vulnerabilidad nacional frente a la potencial materialización de los riesgos mencionados.

Ello será fundamental para definir, además, “qué creemos” sobre la situación del proceso de globalización. Más aún cuando en Davos el problema de la inequidad esencial del proceso se ha “reconocido” y, por tanto, se discutirá sobre las diferentes formas de solucionarla.

Al respecto es pertinente resaltar que este reconocimiento es sólo la aceptación de una realidad que se prefirió obviar durante la década pasada (hasta los jefes de Estado suramericanos se referían tímida e indirectamente a ella como un costo de la “globalización asimétrica”). En consecuencia, el avance que supone el reconocimiento “oficial” de esta realidad evidente, es una oportunidad para lograr que ésta sea acompañada de una disposición a corregirla.

Por ello la consolidación de un nuevo consenso sobre el requerimiento redistributivo de la economía global es imprescindible. Sin embargo, esa discusión será legítima sólo si apunta a soluciones concretas a viejos problemas de participación en el proceso de interdependencia creciente. No lo será si se reduce sólo a su evaluación filantrópica.

En torno a ese debate The Economist descarta normativamente el recurso al proteccionismo y a la alternativa tributaria. En una era de apertura económica signada por el liberalismo, ciertamente el recurso al proteccionismo (que hoy es una predisposición que los países en desarrollo cuestionan en los países desarrollados) es ciertamente disfuncional. Pero esa calidad negativa no puede abarcar al trato diferencial que debiera ser la norma fundamental que rija la negociación entre desiguales si el propósito es la mejor distribución de la riqueza global.

Y en relación al instrumento tributario, ciertamente la menor carga proporcional que el Estado reclama al sector más pudiente (el 10% que se beneficia del 80% de la riqueza global) es moralmente inaceptable (especialmente cuando el recurso compensatorio es la filantropía de gran visibilidad) y económicamente ineficiente. Si en los países desarrollados (especialmente en Estados Unidos donde la concentración de la riqueza es mayor) no se adoptan disposiciones tributarias que mejoren la redistribución de la riqueza, la presión de los que defienden sus puestos de trabajo y sus estancados salarios se orientará crecientemente a impedir la competencia de los países en desarrollo como sugiere The Economist. Ello debe cambiar y Davos puede ser una magnífica oportunidad para generar consenso al respecto.

Por lo demás, la necesaria adaptación de los países en desarrollo a los rigores de la globalización no puede proponerse sólo en función de los costos locales que implican la generación de mayor competitividad. Además del necesario esfuerzo nacional, ello debe ser patrocinado por los mayores beneficiarios del proceso de creciente interdependencia. Si vamos a igualar el terreno para que la perfomance global tenga mejores fundamentos y sea, por tanto, más verosímil, lograr un consenso sobre este punto es fundamental. Davos puede ser un punto de partida para que éste se fundamente menos en el asistencialismo y más en la inversión, la transferencia de tecnología y el incremento del comercio.

 




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