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EDITORIAL
Irak: un factor de desunión en el
Estado de la Unión
Alejandro Deustua
24 de Enero de 2007
Estados Unidos sigue siendo un Estado en guerra. Su enemigo compartido
es el terrorismo global y su confrontación más dramática
ocurre en Irak. En juego está el rol de la primera potencia
en el mundo, la seguridad occidental, la estabilidad del Medio Oriente
y una política exterior fundamentada en valores quizás
más allá de lo que el realismo político norteamericano
reclama.
De allí que sea explicable que en el mensaje anual del
Estado de la Unión, el Presidente Bush haya concentrado su
preocupación en este enfoque de seguridad antes que en una
referencia más abierta de su política exterior. Lo
que no es explicable es que el Presidente norteamericano haya insistido
sólo en el rol norteamericano en este conflicto marginando
casi completamente a las fuerzas multinacionales desplegadas en
el terreno y a la responsabilidad de los miembros de la ONU (Res.1483).
Si bien esa preocupación unilateral corresponde a la inmensa
proporción del costo de la guerra que Estados Unidos asume,
su referencia excluyente contrasta con los otros escenarios en que
la superpotencia está empeñado: Irán (en que
el rol de la ONU es reconocido como determinante), Corea del Norte
(en el que la importancia diplomática del Grupo de los 6
es destacada) y la cuestión palestina (donde la función
del “Cuarteto” es fundamental en la búsqueda
de una solución paz).
Por lo demás, el enfoque unilateral del problema es consistente
con la escasa atención dada a la convocatoria de aliados
al inicio del conflicto.
Pero el error unilateralista es mayor hoy si tiene en cuenta que
el liderazgo y la cohesión nacional necesarios para librar
un conflicto extenso en el tiempo e intenso en costos humanos y
económicos ha caído hasta el 35% en Estados Unidos.
Y se eleva todavía más cuando la definición
de victoria (entendida normalmente como derrota del adversario original:
en este caso, el régimen de Hussein) se renueva para identificarse
con la complejidad sangrienta de la reconstrucción y pacificación
de Irak.
Sin embargo, si existe error en la definición norteamericana
del conflicto (aunque no en la insistencia en hacer el último
esfuerzo para no fracasar en su solución), éste es
compartido por la comunidad internacional (especialmente la occidental)
que, convocada por la ONU, no ha prestado todo el apoyo requerido.
Las consecuencias de esta falla de seguridad colectiva serán
estratégicamente mayores. En efecto, si el escenario de fracaso
predomina luego del avance logrado en el intento de institucionalización
democrática en Irak, la situación de extrema violencia
que los grupos terroristas y las facciones extremistas iraquíes
han creado en su país puede, efectivamente, desbordarse y
desestabilizar del conjunto del Medio Oriente.
La implicancia que ello tendría para la estabilidad internacional
sería desastrosa tanto en relación a lo que se deja
de ganar (un Medio Oriente más democrático y próspero)
como por lo que ocurriría (la consolidación del terrorismo
organizado, la mayor ascendencia del fundamentalismo islámico
y una lucha por la hegemonía regional en la que un Estado
extremadamente hostil, antioccidental y nuclear como Irán
triunfaría).
América Latina no quedaría al margen de un escenario
de esa naturaleza: la asociación estratégica de Venezuela
con Irán y los vínculos que este país ha establecido
con Ecuador, Bolivia y Nicaragua se encargaría de promover
el conflicto en nuestra región.
Estados Unidos no puede fracasar en Irak. Pero para ello no basta
la diplomacia regional o calendarios de salida. Se requiere también
asistencia bajo los términos de la seguridad colectiva.
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