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EDITORIAL
El tiempo apremia para la organización
de la política exterior peruana
Alejandro Deustua
23 de Enero de 2007
Mientras en Davos se asume un renovado escenario de cambios del
poder mundial, el incremento del peso económico del Asia
como “región” influyente es innovado por acuerdos
comerciales que contrastan con una nueva competencia militar de
proyección sistémica y las economías mayores
focalizan la asistencia al desarrollo en África. En el marco
de este proceso de redistribución global de influencia, la
cohesión suramericana es puesta en cuestión por sus
Estados miembros.
En efecto, a pesar de beneficiarse excepcionalmente de un contexto
económico inmensamente favorable (aún tomado en cuenta
sus desequilibrios y riesgos) y de empezar a padecer un entorno
de seguridad menguante, no pocos Estados suramericanos parecieran
dispuestos a desperdiciar el momento y a densificar los obstáculos
al progreso, ampliar las divergencias políticas y a complicar
la seguridad regional.
Esta singular predisposición reaccionaria se manifiesta
en la progresiva erosión de la convergencia política
y económica en la región, el incremento de alineamientos
cada vez más rígidos en el área, la intensificación
de la fricción y del conflicto (que involucra a la seguridad
en algunos casos) y la pérdida de orientación colectiva
y de liderazgo singular o compartido.
Aunque las mejores noticias provengan recientemente de la decisión
brasileña de empeñarse en un proyecto de crecimiento
de largo plazo (5%) basado en la inversión y el estímulo
fiscal (que, de tener éxito, mejorará sustancialmente
los fundamentos macroeconómicos suramericanos, si cabe hablar
de ellos), la imposibilidad de lograr avances sustantivos en la
superación de los graves problemas del Mercosur (el más
importante bloque de integración subregional del área)
ha confirmado, en la cumbre reciente, la consistencia de las tendencias
corrosivas arriba señaladas.
La principal de ellas es la fragmentación estructural entre
gobiernos sustentados en principios y orientaciones liberales (Perú,
Chile, Colombia) y otros incremental y agresivamente estatistas
(Venezuela, Bolivia).
Entre estos extremos aparece una gama de Estados que desean redefinir
las reglas del mercado como si tratara sólo de un orden social
(Ecuador), otros que muestran una mayor tendencia a la apertura
aunque contenida por presiones vecinales (Uruguay) y otros que practican
una combinación de activismo estatal creciente y de cauto
liberalismo económico (Brasil y Argentina).
Más allá de la discusión sobre la aceptación
ciudadana de un mayor rol del Estado en la economía, el hecho
es que bajo estas diversas categorías (que incluyen la renovada
confrontación entre orientaciones socialistas y capitalistas
de los modelos de desarrollo) la convergencia económica ciertamente
se ha complicado en Suramérica.
En consecuencia, el camino de la integración regional se
ha entorpecido. En efecto, a pesar de lo que sostengan los postulantes
de la integración populista y geopolíticamente administrada
(Bolivia y Venezuela), la falta de coincidencia de políticas
económicas nacionales tendrá como correlato la lógica
imposibilidad de organizarlas colectivamente y de armonizarlas.
En consecuencia, no sólo las zonas de libre comercio intraregionales
pueden estar en riesgo sino que la inviabilidad de lograr una unidad
económica y monetaria esta ahora claramente a la vista. Al
respecto no se puede pretender la ficción de una integración
“que reconozca nuestras diferencias” de principios y
disciplinas económicas. En lugar de ello sería más
sensato el planteamiento de un espacio económico que se fundamente
en el mejoramiento de la infraestructura física y la complementación
económica.
Estas desarmonías son un reflejo del impacto que la contrarreforma
nacionalista que, con matices socialistas, étnicos o simplemente
dirigistas, ha renacido en la región. Ello ha llegado al
punto de cuestionar la naturaleza del régimen político
hemisférico (la Carta Democrática) admitiendo, en
algunos casos, la legitimación de la democracia participativa
como equivalente de la representativa (Brasil) y en otros, el predominio
excluyente de la primera que, paradójicamente, se orienta
hacia la concentración del poder (Venezuela y Bolivia) o
a la evicción de los “partidos políticos tradicionales”
y de la correspondiente instancia parlamentaria (Ecuador).
Si el impulso vital y congregante de la democracia representativa
se ha perdido en la región, las formas que la fragmentación
adopta se orientan hacia alineamientos crecientemente rígidos
de disposición no sólo contrapuesta sino eventualmente
hostil.
El agente más dinámico en la organización
de estos alineamientos (Venezuela) alienta crecientemente lealtades
apuntaladas con manifestaciones crudas de ejercicio del poder cuyo
impacto reside en su capacidad de confrontación. Ésta
se guía por valores diferentes a los establecidos hemisférica
y regionalmente, por la expresión de un núcleo antiliberal
tutelado y expansivo y por una proyección geopolítica
fuertemente antioccidental.
La incapacidad e indisposición de las mayor potencias regionales
(Brasil y, en menor nivel, Argentina) de contener la fuerza antisistémica
así organizada han debilitado intensamente los fundamentos
esenciales de la noción de comunidad en la región.
A ello ha contribuido últimamente la promoción abierta
de asociaciones estratégicas con Estados que ponen en riesgo
la estabilidad global (Irán que se encuentra sometido al
régimen del capítulo VII de la Carta de la ONU). Ésta
interactúa con la conflictividad interna en Estados de extrema
fragilidad (Bolivia). Como resultado de esa dualidad perversa, la
inseguridad regional se ha incrementado.
Ello ocurre cuando la fricción derivada de los diversos
alineamientos en Suramérica puede orientar intereses nacionales
primarios según diferentes percepciones de amenaza (donde
unos ven socios, otros identifican enemigos o adversarios). La latencia
del conflicto, por tanto, se está intensificando en la región.
Éste podría transitar de su estado larval a una más
activa dinámica cada vez con menor estímulo (que bien
podría ser extraegional).
Ciertamente no es éste el único escenario regional
posible. Pero sí el más evidente. ¿Qué
está haciendo nuestra política exterior al respecto?
No mucho.
Para empezar, ésta no ha sido presentada pública y
orgánicamente aún. Luego de los lineamientos básicos
descritos a mediados del año pasado, la política exterior
ha seguido un curso dictado por la acción externa antes que
por su formulación detallada. En consecuencia, la diplomacia
y la casuística parecen preceder a la identificación
consistente del interés nacional y a la señalización
de sus formas de proyección.
Es verdad que ello brinda flexibilidad en tanto no hay compromiso,
pero genera también vulnerabilidad. De allí que en
relación a ninguno de las tendencias corrosivas y fragmentadoras
señaladas más arriba, el gobierno haya tenido respuestas
consistentes que no sean las de la acción bilateral ad hoc
o la participación de escaso perfil en el ámbito plurilateral.
Ello explica también que el Estado se vea apremiado más
allá de lo necesario por acción de los organismos
supranacionales a los que pertenecemos (por ejemplo la Corte y la
Comisión de Derechos Humanos del sistema interamericano)
sin que haya habido previsión suficiente ni respuesta consistente,
eficiente y rápida frente a determinados pronunciamiento
adversos. Y también que el Ejecutivo se embarque en planteamientos
que ponen en cuestión nuestra inserción jurídica
internacional (el caso de la pena de muerte)
La ausencia de planteamiento oficial y orgánico de política
exterior frente al cambio de circunstancias se identifica más
dramáticamente en el entorno vecinal (que, por naturaleza,
debiera merecer la principal atención).
Así, si el rol disminuido del Brasil como líder
regional contribuye a aletargar la asociación estratégica
con ese Estado, no se ha visto al respecto mayor reacción.
Y si el incremento de la influencia venezolana en la región
abarca a vecinos nuestros, la acción bilateral parece limitada
a la especificidad de la agenda preestablecida con cada uno de ello
y a la aceptación del curso de la nueva dinámica revisionista
(la normalización de relaciones con Venezuela no parece acompañada
de una agenda acorde con el cambio de circunstancias).
Y en el caso de Colombia, la primera reacción frente a
una crisis generada por un vecino ha consistido en negar la posibilidad
de que las causas de la misma se reproduzcan en nuestra frontera
(una respuesta vinculada a la lucha conjunta contra el narcotráfico
hubiera sido más consistente con la realidad estratégica
del Perú).
Y si la capacidad de generar desorden interno del gobierno boliviano
(al punto de arriesgar la convivencia nacional) es paralela a su
capacidad de desafío externo, tampoco se conoce la respuesta
gubernamental que debiera prevenir primero el contagio en el sur
peruano y tratar, luego, de modificar la conducta de nuestro socio
altiplánico.
Y aún en el caso de las buenas relaciones que se mantienen
con Chile, la ausencia de objetivos y acciones programadas para
ciertos aspectos de la agenda bilateral es notoria. Por ejemplo,
la implicancia de la división político-administrativa
de la Primera Región no ha sido aún expuesta mientras
que otros tremas pendientes (como los de la controversia marítima)
parecen “congelados” al tiempo que la solución
al problema de la mediterraneidad sigue discutiéndose públicamente
por autoridades chilenas y bolivianas.
Estos ejemplos, que son sólo algunos de los que conciernen
a nuestro entorno vecinal, pueden multiplicarse en el ámbito
subregional (donde la incertidumbre en la CAN sigue siendo la regla),
el hemisférico (salvo, quizás, el caso del TLC), extraregional
(salvo los casos de las cumbre de la APEC y de la Unión Europea
con América Latina). Y si el rol del Perú en el ámbito
multilateral es constructivo y consistente, pues no lo sabemos aún
de fuente oficial.
La complicación del entorno no admite mayor dilación
en la exposición orgánica y desagregada de la política
exterior peruana.
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