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EDITORIAL
Venezuela y Bolivia: dos casos de exceso
de diplomacia presidencialista
Alejandro Deustua
19 de Enero de 2007
La dirección de la política exterior de un país
es competencia del Jefe de Estado. Esta es una norma de aplicación
universal que involucra también a Estados federales (p.e.
el caso norteamericano) aunque en ámbitos más reducidos
y compartidos. Y si su ejecución compete al Ministro de Relaciones
Exteriores (aunque de manera más restringida en relación
al amplio ámbito burocrático que hoy ocupa el sector
externo), la dimensión presidencialista de la política
exterior sigue siendo tan necesaria como inevitable.
Sin embargo la intensidad de empleo de este instrumento es una
función tanto del estilo de gobierno como de la circunstancia
histórica del estadista. Así, en épocas en
que la soberanía absoluta era indisputable, el equivalente
al “presidencialismo” lo ejercía el monarca y
luego su símil totalitario sin mayores contrapesos (salvo
el que provenía de la delegación de funciones: p.e.
en el absolutismo francés). En cambio, en épocas republicanas
signadas por la soberanía relativa, de mayor complejidad
burocrática y sofisticación de la política
exterior, el presidencialismo ha cedido el paso al “Canciller”
incrementando el rol, siempre imprescindible, de los servicios diplomáticos.
Pero hoy, cuando las soberanías nacionales están
cada vez más erosionadas por el incremento de la complejidad
de las relaciones internacionales, el presidencialismo no sólo
ha recuperado su rol sino que éste se ha intensificado. Ello
se debe a varias razones. Entre ellas, al requerimiento estatal
de rapidez decisoria con el propósito de que ésta
no se desacople de la velocidad con que se realizan hoy las transacciones
internacionales, a la creciente apertura de las sociedades (que
reclaman mayor visibilidad o transparencia del gobernante) y, entre
otros factores, a la necesidad del estadista de reportar resultados
y procurar identidad a sus ciudadanos (calidades que la interdependencia
intensa arrebata a los Estados). Para ello la exposición
a los medios parece, en muchos casos, imprescindible.
Los beneficios de esta forma de diplomacia pública, sin
embargo, son fuertemente recortados por los costos que acarrea la
pérdida de status del estadista (que, en no pocos casos,
semeja al de un jefe de directorio más), la erosión
de la reserva decisoria y hasta la banalización del decoro
que los medios exigen a cambio de la transmisión inmediata
de las actividades en marcha.
Estos costos son solventables en ciertos casos (especialmente
en los que pertenecen al ámbito del protocolo) pero no en
otros. Los casos en que los costos superan a los beneficios corresponden
generalmente a la pérdida de eficiencia de la decisión
atribuible al incremento de la arbitrariedad que el presidencialismo
introduce en los procesos decisorios. Aquéllos suelen ser
proporcionales a la pérdida de la institucionalidad y reserva
de estos procesos.
Pero más allá de ello, los costos del presidencialismo
se incrementan cuando éstos derivan de los requerimientos
de utilización de la política exterior por los Jefes
de Estado para fines estrictamente internos (p.e. para el incremento
de su aceptación o autoridad locales), del intento de lograr
resultados en un escenario distinto al que el estadista emplea en
un momento determinado (p.e. para ganar posiciones en relación
a un adversario) o sencillamente de la sobreexplotación mediática
cuando el líder no está familiarizado con el rol que
ocupa (éstos son los casos de inmadurez del gobernante).
La región acaba de ser testigo de un par de acontecimientos
extraordinarios derivados del sobreempleo del presidencialismo en
política exterior.
El primero ha sido el protagonizado en Caracas, Managua y Quito
por el presidente de Irán, Mahmoud Ahmadinejad, que, a instancias
del presidente Chávez, se ha hecho presente en las ceremonias
de transmisión del mando celebradas en esas capitales. El
presidente de Irán ha aprovechado la asociación estratégica
con Venezuela para anunciar su voluntad de generar “alianzas”
con los “países revolucionarios y antiimperialistas”
de América Latina en el contexto del conflicto que Irán
mantiene con Estados Unidos y aprovechando la disposición
antinorteamericana de Venezuela.
Este caso puede obedecer a una razón de Estado iraní
orientada a llamar la atención de sus compatriotas, pero
especialmente la de los norteamericanos, sobre su capacidad de acceder
desafiantemente a escenarios geográficamente cercanos a los
Estados Unidos.
Pero esta razón se diluye en el caso del presidente Chávez.
Éste ha empleado el presidencialismo para mostrar mediáticamente
su disposición de incrementar los niveles de confrontación
con la superpotencia a través del empleo de la imagen hostil
de Ahmadinejad al tiempo que atrae, de manera bastante verosímil,
a América Latina a un agente exógeno que nos aproxima
al conflicto regional más violento del mundo y sus consecuencias.
En este caso, no sólo no ha habido contrapeso decisorio
en Venezuela (debido a la concentración de poderes del presidente
venezolano) sino que la arbitrariedad influyente de Chávez
quizás ha impuesto la presencia de Ahmadinejad a los gobiernos
de Ecuador y Nicaragua aprovechando la afinidad ideológica
de sus socios o la complacencia presidencial de los mismos (que
bien pudiera contradecir sus intereses nacionales).
De este modo, la irresponsabilidad en el empleo del presidencialismo
ha colocado a Venezuela como protector y socio de un Estado que
el Consejo de Seguridad de la ONU ha sancionado (con el voto peruano)
por desafiar obligaciones internacionales de no proliferación
nuclear y que es identificado universalmente por como patrocinador
activo de grupos terroristas. Los costos para Venezuela de este
abuso presidencialista serán significativos.
El segundo acontecimiento reciente digno de destacarse al respecto,
ha sido el ataque verbal llevado a cabo por el presidente Morales
de Bolivia contra el presidente Uribe de Colombia en la última
sesión televisada de la cumbre del MERCOSUR. En ella el presidente
Morales, buscando la confrontación imprevista en un foro
de integración, acusó súbitamente al gobierno
de Colombia de recibir fondos extraordinarios de Estados Unidos
en el ámbito de una irrazonable defensa de los cocaleros
bolivianos que sostienen el liderazgo de Morales en Bolivia.
En este caso la inmadurez del presidente Morales buscó
un conflicto para aprovechar la innecesaria difusión televisada
de la última sesión de la cumbre mercosureña
con el claro propósito de encumbrar su autoridad local (al
tiempo que afirmaba su atípica relación con Venezuela).
Ello ocurrió en momentos en que en Bolivia, por obra de sus
gobernantes, las tendencias anárquicas, traducidas en polarización
interna, están llevando a ese país al borde de la
conflagración civil. En ese contexto, el presidente Morales
no ha querido desperdiciar la oportunidad televisiva de confrontarse
con un Jefe de Estado que, a diferencia de él se, ha embarcado
en una lucha durísima contra el narcotráfico.
Ciertamente el mensaje de fuerza emitido por el presidente Morales
habrá llegado a los cocaleros bolivianos (y a los peruanos
y colombianos también). Pero la inmadurez del presidente
boliviano no ha reparado en los costos que suponen el incremento
de la fragmentación regional en un foro de integración
(el Mercosur), ni la implicancia del conflicto con el actor más
dinámico en la CAN (Colombia), ni en el rechazo generado
por la pretendida (y parcializada) mediación del presidente
Chávez ni, obviamente, la trivialización de la política
exterior boliviana.
Tal vez sea hora de que los Jefes de Estado en la región,
a pesar de los requerimientos mediáticos y de rapidez decisoria
contemporáneos, mitiguen el ejercicio del presidencialismo
en política exterior cuando sus costos no han sido bien evaluados,
dispongan más racionalmente su instrumentación periodística
y se muestren más predispuestos a los usos tradicionales
de la reserva y la institucionalidad diplomática en los procesos
decisorios colectivos. Especialmente si los recientes casos venezolano
y boliviano pueden ser sólo la punta del iceberg de futuras
imprudencias en la dirección de la política exterior.
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