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EDITORIAL
Bolivia: anarquía autopropulsada
Alejandro Deustua
17 de Enero de 2007
Al tiempo que en la región emergen bloques políticos
autoritarios como el liderado por Venezuela, Bolivia no cesa de
emitir señales de anarquía. Paradójicamente,
ésta tiene en ese país líder, partido y masa.
En efecto desde que las fuerzas que jefatura Evo Morales impusieron
la renuncia del presidente Gonzalo Sánchez de Lozada y contribuyeran
a que el presidente Carlos Mesa presentara la suya, los partidarios
del MAS, el partido oficialista, persisten en hacer del movimiento
callejero un instrumento de presión constante ahora mimetizado
en defensor de la autoridad central.
La última muestra de esta forma de hacer política
en un país en el que el temor a la confrontación civil
ya se expresa a voces, ha sido la toma de las calles de Cochabamba
(origen político del Presidente Morales) por huestes oficialistas
que los diarios describen como “cocaleros, campesinos y regantes”.
Éstos desean forzar otra renuncia más: la del Prefecto
Manfred Reyes, legítimamente electo. El pretexto: la intención
del señor Reyes de convocar a un referéndum a favor
de la autonomía regional siguiendo los pasos de Santa Cruz,
Beni, Tarija y Pando.
Pero la violencia desatada en Cochabamba, que supuso el incendio
de la Prefectura, la confrontación entre jóvenes citadinos
y campesinos (con saldo de dos muertos), la presencia (durante dos
semanas) de turbas en las calles, el refugio del Prefecto en Santa
Cruz, la convocatoria ilegal a un “cabildo” y el írrito
nombramiento de un Prefecto sustitutorio no ha sido un acto aislado.
En Santa Cruz miles de manifestantes se han expresado en respaldo
de las autonomías y del señor Reyes y en El Alto de
La Paz turbas oficialistas han planteado también la renuncia
de la autoridad electa de la zona.
El resultado está a la vista: el desgobierno, la violencia
y la protesta de masas impera en las tres principales ciudades de
Bolivia (La Paz, Santa Cruz y Cochabamba) mientras las tácticas
de las manifestantes recurren al bloqueo de carreteras vitales para
los transportes y la economía bolivianos (práctica
que también ganó impulso en el 2003).
Sin embargo esta peligrosa pérdida de cohesión nacional
de un país que, ya polarizado, quisiera evolucionar a la
confrontación civil no parece estimular suficientemente la
disposición reconciliadora del presidente Morales. Según
no pocos bolivianos, éste insiste en gobernar a través
de la descalificación del adversario, de la imposición
de reformas que, al margen de la justicia de algunas, la oposición
define como totalitariamente orientadas, de la laxitud en el control
de sus violentos partidarios, de la mistificación indigenista
y cocalera y de en un cuestionable apoyo “bolivariano”.
Estos instrumentos de confrontación se pueden resumir en
tres grandes fuerzas centrífugas que ponen en riesgo la viabilidad
del vecino y el entorno geopolítico del corazón suramericano.
La primera de esas fuerzas es la que imprime la sistemática
movilización de masas como medio de sustitución del
monopolio legítimo de la fuerza que de debiera ostentar el
Estado. Basada en la exaltación de la “soberanía
de los pueblos” (como si hubiera una forma distinta de soberanía),
el recurso a la movilización callejera ha legitimado el derrocamiento
de un gobierno (el de Sánchez de Lozada), la renuncia de
otro (el de Mesa) y la germinación del actual. En el proceso,
ésta ha sustituido la capacidad del Estado de establecer
el orden interno.
La segunda de estas fuerzas es la que deriva del abuso del referéndum
como medio de legitimación de cambios de hecho del sistema
jurídico. Si bien esta forma de consulta popular forma parte
del Estado de Derecho de toda entidad política liberal, ésta
sólo se ha probado eficiente en tanto que la autoridad estatal
la emplee de manera restringida (el caso de De Gaulle fue excepcional).
Ello es necesario para evitar que la consulta democrática
devenga en una forma de gobierno populista que declina la autoridad
estatal para luego incrementarla y para impedir que el recurso a
la democracia directa (o participativa) elimine toda forma de balance
de poderes y de intermediación entre gobernantes y gobernados.
Lamentablemente éste no es el uso que los bolivianos han
dado al referéndum. En ese vecino el recurso a este instrumento
no se gestó para que el gobierno auscultara la opinión
de los gobernados sino para canalizar los reclamos de éstos
(cuando eran liderados por el señor Morales) en relación
a la crisis de Estado, a la legislación de hidrocarburos
y a la Asamblea Constituyente. Por lo demás, los departamentos
hicieron uso inapropiado del referéndum para establecer autonomías
regionales al margen de la voluntad nacional.
Aunque los resultados de estas consultas se legalizaron, su aplicación
ha violentado sus propias normas (el caso de la Asamblea Constituyente
en la que el oficialismo decidió que las decisiones se tomarían
por mayoría absoluta en lugar de los dos tercios de reglamento)
y su abuso ha persistido (la convocatoria del referéndum
autonómico realizada por el Prefecto Reyes ciertamente escapa
a sus atribuciones).
De esta manera, el resultado del recurso desmesurado a mecanismos
de “democracia directa” ha dado al traste con el Estado
de Derecho y está contribuyendo a la generación de
mayor anarquía en Bolivia.
La tercera fuerza centrífuga que instrumenta el gobierno
boliviano es su respaldo en el “círculo bolivariano”.
En el caso de Bolivia –que esperamos no sea mañana
el de Ecuador- éste no es otra cosa que su asimilación
al núcleo del expansionista venezolano. Ésta opera
a través de tres vías perversas.
Primero, el financiamiento venezolano de la industria cocalera
boliviana retroalimentando la decisión del presidente Morales
de ampliar ilegalmente el área de cocales “legales”
y de sustraerse al régimen de fiscalización multilateral
correspondiente (el de la ONU).
Segundo, la fuerte influencia venezolana en las instituciones
bolivianas (las Fuerzas Armadas y organismos de control ciudadano),
en medios de comunicación (especialmente radiales), en servicios
públicos y asesoría y financiamiento decisivos en
sectores estratégicos (como el energético).
Tercero, la incorporación boliviana, quizás más
allá de sus intereses nacionales, a la instrumentación
de la política exterior venezolana de cuestionamiento sistémico
global, hemisférico y regional.
En el ámbito global, por ejemplo, la interacción
del presidente Morales con el presidente de Irán (un Estado
sometido por el Consejo de Seguridad de la ONU al régimen
coercitivo del capítulo VII de la Carta) sólo es explicable
por la insistencia venezolana de imponer la presencia del Ahmadinejad
en la subregión andina. En el ámbito hemisférico,
la influencia ideológica de una potencia decadente como Cuba
en Bolivia contribuye a generar fricción en la región
y a incrementar la indisposición cubana a una transición
más rápida. Y en el ámbito regional, la influencia
venezolana en Bolivia no sólo altera el equilibrio en el
centro geopolítico de Suramérica sino que disputa
el rol brasileño en la zona y disminuye el del Perú.
Este riesgoso y fragmentador juego de poder en que se ha embarcado
el gobierno boliviano tiene un ingrediente adicional al decisivo
apoyo venezolano. Su base ciertamente es el recurso hidrocarburífero
que cambió la disposición de integración boliviana
por el activismo geopolítico (lo que generó conflictos
con todos sus vecinos, empezando por Perú y Chile). Pero
su base de poder negativo (la capacidad de generar daño)
proviene del vínculo entre cocaleros y narcotraficantes (que
tiene influencia real en áreas como el sur del Perú)
y de la manipulación del trato que se dispensa a un país
pobre y pequeño al tiempo que éste reclama desafiantemente
por sus derechos.
Más allá de la imprudencia del gobierno boliviano
(que puede revertir sobre él), el resultado de esta vertiente
es el desorden, la incertidumbre y la inestabilidad que éste
induce en la región en sentido opuesto a los requerimientos
colectivos de integración.
Los países no sometidos a la influencia venezolana no sólo
no desean seguir incrementando el fraccionamiento regional sino
que aspiran a que en Bolivia la anarquía deje de ser estimulada
por sus gobernantes. La razón es sencilla: nadie en Suramérica
desea un vacío de poder en la zona generador de conflictos
ni Estados fallidos que oscurezcan el clima de desarrollo económico
y social que los latinoamericanos deseamos aprovechar.
Para realizar esa aspiración los vecinos de Bolivia deben,
por lo menos, incrementar su relación con ese Estado minimizando
la influencia venezolana, evitar hacer concesiones desprovistas
de voluntad de cambio interno que fortalezcan el modus operandi
del señor Morales (p.e., a través de la discusión
de la solución del problema de la mediterraneidad) y llamar
la atención de la OEA y de otros organismos sobre los peligros
que acechan a nuestro vecino.
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