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EDITORIAL

Ecuador: antisistema al paso venezolano

Alejandro Deustua
15 de Enero de 2007

Salvo por el especial énfasis con que resaltó el requerimiento de alterar el modelo de desarrollo latinoamericano, la promoción de una aún insustentable integración financiera, la más general referencia a la necesidad de reformar la arquitectura financiera internacional y una globalización injusta, no hubo en el discurso de toma de posesión del presidente Rafael Correa demasiado énfasis en las relaciones internacionales.

Y sin embargo, la presencia desafiante del presidente de Irán, Mahmoud Ahmadinejad, en esa ceremonia dice mucho de la posición internacional que el presidente Correa está dispuesto a adoptar y del riesgoso ámbito en el que pudiese incurrir.

De otro lado, tampoco hubo en el discurso del presidente de Ecuador exaltación antiimperialista, antinorteamericana ni antioccidental. Sin embargo, estas banderas fueron esgrimidas, en proporción directa a la evocación a Fidel Castro, en la ceremonia chamánica realizada en Zumbahua el día anterior en compañía exclusiva de los presidentes de Venezuela y Bolivia.

A pesar de ello, la asociación entre los jefes de Estado mencionados indigenistamente teatralizada en esa reunión (a la, que se sumó, por anticipado, Daniel Ortega) tampoco fue referida cuando el presidente Correa juramentó el cargo.

Ello no implica necesariamente que el nuevo presidente tenga un discurso prudente y otro extraordinariamente audaz en el manejo de su proclama revolucionaria. Lo que se puede concluir es que respaldará su agenda con hechos y acciones desafiantes. Y que el énfasis con que activará esos instrumentos dependerá de cuánta libertad de maniobra encuentre pero, especialmente, de la intensidad con que Hugo Chávez presione la cohesión entre Venezuela, Bolivia y Ecuador para ampliar en la región el núcleo de potencias revisionistas.

Lamentablemente, en tanto las dos interpretaciones (la libertad de maniobra ecuatoriana y el liderazgo chavista) no son alternativas sino complementarias, el supuesto de la asociación tripartita andina con la adición esencial de Cuba y la marginal de Nicaragua debe ser asumido como real y operativo en los marcos vecinal, regional y global.

Examinemos su marco. Como puede suponerse, salvo por su antigua membresía en la OPEP, Ecuador no tiene interés vital que lo vincule con potencias hostiles en el Medio Oriente ni capacidad de poder para proyectar ese interés en el caso de que lo tuviera. Y sin embargo, el presidente Correa ha invitado al presidente de un Estado que se esmera en la proliferación nuclear, que promueve abiertamente el terrorismo regional y global, que aspira a la destrucción de un país (Israel), que ejerce el fundamentalismo islámico y que está confrontado no sólo con Estados Unidos sino con potencias europeas que el presidente Correa quizás considere más cercanas.

¿Qué explicación puede haber para que el justiciero presidente de un pequeño país latinoamericano pretenda vínculos especiales con una peligrosísima potencia emergente que está conminada por el Consejo de Seguridad de la ONU a deponer desarrollos nucleares de uso militar, que patrocina movimientos terroristas como el Hezbullah y otros que operan regional (Líbano, Irak) y globalmente (el caso AMIA en Argentina), que escapa a la negociación racional con potencias occidentales (Francia, Alemania y el Reino Unido en representación fáctica de la Unión Europea) y cuyo Estado ha sido acusado por la justicia argentina por actos de terrorismo en Buenos Aires?

Salvo que Ecuador desee implementar una improbable política de completo desafío global, no existe explicación ponderada para tal despropósito. En efecto, si ese vecino deseaba emitir una potente señal de autonomía que debilitara el “área de influencia del hegemón” norteamericano podría haber convocado, por ejemplo, a una representación malaya (cuya política económica no se identifica precisamente con la ortodoxia y que, además es miembro de la cuenca del Pacífico de la que Ecuador es parte).

Y si, en efecto, el gobierno ecuatoriano hubiera deseado mostrar una disposición a relacionarse con países árabes de antigua militancia tercermundista, podría haber invitado, digamos, a una representación egipcia. Y si prefería, en cambio, a interlocutores afines en condicionamiento energético, el elegido podía haber sido, hipotéticamente, el Secretario General de la OPEP.

Pero la opción iraní fue desmesurada y reveladora. La desmesura es puesta en evidencia por el fundamentalismo antisemita de Ahmadinejad. Y lo que muestra es la extraordinaria influencia venezolana que ha atraído a Irán a Suramérica con el afán megalómano de impulsar una contienda sistémica internacional que interesa también a Irán. Si Ecuador ha aceptado la propuesta, la condescendencia revela inicialmente el peso que Venezuela tendrá en la política exterior ecuatoriana. De reiterarse esa influencia, el único beneficiado será el proyecto autoritario y expansionista de Hugo Chávez.

Esta situación generará mayor fraccionamiento en la región. En efecto, el presidente Correa podrá lanzar, vocacionalmente, la idea insustentable de una apresurada integración financiera suramericana (que, por lo demás, no ha sido acompañada en su discurso por fundamentos de política económica, de infraestructura y comerciales). Pero su predisposición inicial a señalar gobiernos afines en el área excluyendo a otros (el Perú, entre ellos), su rápida y poco prudente inclinación a formar bloques de preocupante proyección geopolítica (Centroamérica, el Caribe, el norte y el corazón de continente suramericano) y su apresurada fricción con Colombia muestran un ánimo segregacionista dispuesto a la configuración de alineamientos excluyentes en la región que, sin embargo, desea integrar.

Por la masa crítica que va adquiriendo el grupo alineado con Venezuela y el patriarcado ideológico cubano (una forma de contrapesar el declive de la potencia castrista), la muy lamentable indisposición brasileña a ejercer algo semejante al liderazgo en Suramérica (cuya representación, sin embargo desea ejercer en el Consejo de Seguridad), el inicial distanciamiento argentino (cuyas autoridades no entienden cómo un socio puede invitar a una ceremonia de Estado al titular de un gobierno que ha agredido atrozmente a los argentinos en su propia capital), el inacabable conflicto ambientalista uruguayo-argentino y el mantenimiento del curso liberal en Colombia, Perú y Chile más allá de la ideología de sus gobernantes, muestran las preocupantes fracturas que padece la región. Y el presidente Correa parece dispuesto contribuyendo a incrementarlas.

En ese marco, es claro que la atmósfera de la buena relación peruano-ecuatoriana puede tender a deteriorarse. En efecto los correspondientes intereses convergentes en torno a la relación con las potencias occidentales, a las formas y contenidos de la integración regional, a la estrategia multilateral y al trato con algunos vecinos parecen, a primera vista, no orientados a la coincidencia. Un mayor nivel de fricción en estos campos podría esperarse entonces.

Para contrarrestar esta orientación contextualmente divergente es necesario mejorar la satisfacción de los intereses bilaterales identificados desde 1998. Ello será especialmente importante en el mayor desarrollo de medidas de fomento de la confianza, en la integración fronteriza, en la integración bilateral y en la cooperación marítima y de migraciones.

La lista debiera estar encabezada por el mayor impulso de la interdependencia económica. Pero si la economía ecuatoriana es afectada por las medidas que implemente el presidente Correa, los agentes generadores de riqueza mutua pueden perder dinamismo. Las pérdidas para los dos países serías cualitativamente mayores.

De allí que el gobierno peruano deba esmerarse en impulsar el trato con Ecuador antes de que se consolide el impulso antisistémico de su presidente y que la influencia del presidente venezolano complique una relación bilateral que tanto trabajo ha costado desarrollar a peruanos y ecuatorianos.

El riesgo de no hacerlo o de no lograr resultados es claro: un distanciamiento entre estos dos países que han estado en conflicto reciente podría contribuir a un retroceso indeseado en esta parte Suramérica. El presidente Chávez juega a ello en función de su pretendido liderazgo regional y global. Al respecto es indispensable que el presidente Correa no lo siga.


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