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EDITORIAL
Brasil: política exterior sin cambios
Alejandro Deustua
12 de Enero de 2007
Si la complejidad del contexto internacional que el presidente
Luis Inacio Lula da Silva describió el 1 de enero cuando
tomó posesión del cargo por segunda vez puede resumirse
en la interacción del crecimiento económico con el
conflicto, su política exterior puede definirse, según
él, en una palabra: éxito.
La base de esa afirmación se organiza en torno a la percepción
de que el Brasil ha mejorado su inserción externa de manera
“creativa” en los últimos cuatro años.
Y, por lo tanto, el Canciller brasileño, Celso Amorim, no
sólo continuará en el cargo sino que no cambiará
nada limitándose a realizar ciertos ajustes de intensidad.
En apariencia éstos se efectuarán en la plataforma
de sustento de la política exterior brasileña: la
relación con Suramérica con especial énfasis
en la consolidación del MERCOSUR y de la Comunidad Suramericana
de Naciones (1).
En el ámbito multilateral, que para Brasil como para otros
países de la región, parece ser tanto un principio
de acción como un instrumento de política exterior,
los esfuerzos realizados hasta el momento continuarán.
Ello se expresa arquetípicamente en la consolidación
del Grupo de los 4 (Brasil, Alemania, Japón, India) para
lograr la aún lejana reforma del Consejo de Seguridad de
la ONU que permita la membresía permanente a estas potencias.
Y también en la cohesión eficiente del Grupo de los
20 para lograr éxito de la Ronda Doha cuyo quid pro quo es
la eliminación de los subsidios a la producción y
exportaciones agrícolas (de Estados Unidos, la Unión
Europea, Japón) a cambio de mayor apertura del mercado de
bienes no agrícolas de los países que el G20 representa.
Aunque se trate de cuestiones distintas, esta afirmación
multilateral y la plataforma suramericana podrían permitir
la reconsideración de una posible negociación comercial
con Estados Unidos y con la Unión Europea. Con el primero
el marco ALCA no se estima, en apariencia, como inexistente sino
como modificable hacia un formato en el que el MERCOSUR y no Brasil
será el interlocutor. Esto ya ocurre con la UE.
Dentro de su especificidad, las relaciones con otras potencias,
como China, se benefician también de ese doble sustento global
y regional a manera de soportes interactuantes antes que de pilares
de plena singularidad y autonomía.
Si el posicionamiento regional del Brasil tiene entonces esa dimensión
global, el Canciller Amorim debiera poder incluir mejor y más
explícitamente la dimensión andina de Suramérica
como complemento esencial del MERCOSUR. Ello no sólo no viene
ocurriendo sino que el ejecutor de la política exterior brasileña
da pie a la percepción pública de que la integración
suramericana consiste en la expansión de ese organismo subregional
antes que en la convergencia con otro preexistente (la CAN, a pesar
de sus muy graves problemas).
Aunque la convergencia ya está normada, el hecho es que
no sólo los países andinos tienden a adherirse singularmente
al MERCOSUR como miembros plenos (el caso de Venezuela y, próximamente,
el de Bolivia) sino que esa tendencia parece ser estimulada por
el Brasil. Con una característica adicional poco feliz: la
atención particular que recibe Venezuela.
En efecto, lejos de contener o de intentar absorber normativamente
a ese Estado, la política exterior brasileña parece
dispuesta a permitir, y hasta justificar, de manera inmatizada los
excesos internacionales del gobierno del presidente Chávez.
Esta disposición, por lo demás, llega al punto de
generar la impresión de que la relación del Brasil
con la subregión andina se limita a atender las demandas
de Venezuela y de Bolivia (2) al margen de las premisas geográficas
de la política exterior de ese país: tener relaciones
constructivas con la totalidad de sus diez vecinos.
En el proceso, la política exterior brasileña parece
obviar también otro de sus elementos de identidad básicos:
la idea de “nuevo occidente” que políticamente
se expresa, más allá de la dictadura militar que padeció
ese país, en una organización democrática adecuadamente
sustentada.
El Presidente Lula ha definido ese sustento: la democracia participativa,
como expresión de movimientos sociales, es complementaria
de la representativa. Aunque ésta es una consideración
que contradice parcialmente lo establecido en la Carta Democrática
interamericana y en la cláusula democrática del MERCOSUR,
ciertamente no es un aval al rechazo de la democracia representativa
como piedra fundamental del orden interno en los países de
la región. Y sin embargo, la política exterior brasileña
prefiere obviar ese punto en su relación con Venezuela.
Al hacerlo, alienta el impulso fragmentador del presidente Chávez
y coloca a aliados estratégicos del Brasil, como el Perú,
en una situación incómoda y disminuida frente a la
ola revisionista que recorre la región. Si a ello se agrega
el escaso dinamismo con que marchan los mecanismos de integración
física fundamentales (los tres proyectos viales del extraordinario
programa IIRSA), una inversión que en los próximos
años pretende recuperar el paso con insuficiente US$ 1600
millones (Gestión), un comercio bilateral que sigue siendo
norte-sur y unas relaciones de seguridad en el que las que el Perú
no logra aún desarrollar plenamente, se comprenderá
que el Canciller Celso Amorim debiera procurar algo más que
corregir la intensidad de la relación de su país con
sus socios suramericanos.
(1) Entrevista al Canciller Celso Amorim en Época, dicembre
de 2006
(2) IDEM
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