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EDITORIAL
Cambio de orden en Venezuela
Alejandro Deustua
10 de Enero de 2007
Hugo Chávez ha tardado más que Fidel Castro en declarar
a su país socialista. Castro lo hizo en 1961, año
y medio después de la toma da La Habana. Chávez, anuncia
su intención ocho años después de su primer
triunfo electoral. ¿Demuestra ello que la filiación
cubano-venezolana está alumbrando un régimen totalitario
en la región“?
La respuesta depende del resultado de la solicitud chavista al
Congreso de su país (totalmente dominado por el oficialismo)
de una “ley habilitante” con el propósito de
promulgar el marco normativo necesario para el establecimiento del
“socialismo del siglo XXI” en Venezuela.
Sin embargo, el panorama al respecto parece ya bastante claro.
Esa ley formalizará una autoridad central férrea que
subordina a los otros poderes públicos, un Estado fuertemente
intervencionista en la economía, la eliminación de
la autonomía del Banco Central, la violentación de
la propiedad privada a través de nacionalizaciones especialmente
de “todo lo que haya sido privatizado”, la limitación
de la libertad de prensa negando licencias de transmisión
en lugar del recurso a los tribunales, la ideologización
de la educación, la confrontación con la Iglesia aludiendo
a textos de Lenin y Marx, la admisión excluyente de los “leales”
a las empresas públicas y a las fuerzas armadas y la insistencia
en el control ciudadano a través de grupos vecinales.
Al respecto el gobierno venezolano podrá argüir que
estos excesos son de competencia interna cuyo amparo es el principio
de autodeterminación y la defensa de la soberanía.
El argumento no es exacto en tanto Venezuela se ha comprometido
con la defensa colectiva de la democracia representativa como régimen
vigente en América, con la “cláusula democrática”
en el ámbito del MERCOSUR y con los principios del libre
mercado en los acuerdos de integración que ha suscrito con
los socios regionales.
Por lo demás, se entenderá que si la determinación
chavista arriesga aún más la precaria cohesión
regional, inhibe su convergencia, complica la integración,
genera hostilidad en marco hemisférico (los agravios, tan
comunes en Chávez, contra el Secretario General de la OEA)
y atrae sobre la región la influencia de regímenes
como el iraní que amparan el terrorismo y procuran la desaparición
de Israel, se entenderá que la preocupación de algunos
vecinos por el rumbo que adopta Venezuela es realista, legítima
y, para los que quisieran verlo, anticipada.
Especialmente si esa orientación es inseparable de la disposición
intervencionista de Venezuela en la región (el caso boliviano
no deja lugar a dudas al respecto), de la división de América
Latina a lo largo de la línea de fragmentación que
induce el chavismo (que potencias medias como Brasil y Argentina
prefieren obviar), de la confrontación abierta con Estados
Unidos (a pesar de que los norteamericanos desean bajar el tono,
la opción por la nacionalización de empresas reclamará
respuesta de la primera potencia) y de la fuerte erosión
de la estabilidad política y del clima de inversiones en
el área (su ámbito suramericano y su potencial impacto
en las economías emergentes está en aún proceso).
Este conjunto de indicadores de cambio de orden en Venezuela obligan
a concluir que los intereses coincidentes del Perú con ese
régimen han disminuido considerablemente. En consecuencia,
el gobierno está en la obligación de replantear la
relación bilateral sobre esa base, incrementar su atención
en la prevención de conflictos y en el manejo de crisis,
desactivar disposiciones intervencionistas en territorio nacional
(que, con el estímulo de ciertos gobiernos regionales, como
el de Puno, y el de organizaciones cocaleras quisieran incrementarse)
y atender mejor la posible colisión de intereses en el ámbito
multilateral en un rango que va desde la Comunidad Suramericana
de Naciones y la OEA hasta la ONU.
El Perú no desea una confrontación con Venezuela.
Pero su disposición a generar cohesión regional no
puede pagar el precio antisistémico que reclama la disposición
venezolana a generar un polo de poder antioccidental en América
cuyo sustento material es el precio del petróleo.
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