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EDITORIAL
Una estrategia antidrogas…. prodrogas
Alejandro Deustua
08 de Enero de 2007
El Presidente de Devida, que no puede mostrar aún una estrategia
acabada de lucha contra el narcotráfico, ha anunciado que
ésta se concentrará en el desarrollo alternativo,
la interdicción (especialmente de insumos) y la prevención.
Esta aproximación benigna a un problema de seguridad, posterga
el instrumento de erradicación planteándose, marginalmente,
una inviable reducción de cultivos bajo estas circunstancias.
Ello muestra un cambio esencial en la disposición gubernamental
a cumplir con obligaciones estatales en esta materia y también
una alteración sustantiva de la percepción de la amenaza
del narcotráfico.
El primero deriva del posible incumplimiento de los compromisos
de eliminación, “en la medida de los posible”,
de cultivos ilegales establecidos por el régimen multilateral
de control de estupefacientes. La segunda consideraría que
es más fácil perseguir al delincuente organizado en
mafias globales de anónimos criminales que eliminar in situ
la materia prima con que éste opera. La peligrosa agresividad
del mensaje implícito sería ésta: la coca ilegal
está dejando de ser un problema para el Perú y el
mundo.
Si, a través de esta estrategia, Devida desea iniciar su
desvinculación operativa de la Convención de Viena
de 1961, estará orientando al Estado hacia el cuestionamiento
del régimen multilateral de fiscalización de la coca
y acercándolo a la asociación con Bolivia contra el
consenso universal del que el Perú participa. Ello atentaría
contra el interés nacional, debilitaría nuestra capacidad
de cooperación internacional y dañaría seriamente
nuestra magra inserción global.
Y si Devida considera que con los escasos recursos económicos
y logísticos con los que cuenta puede tener éxito
en la lucha contra el narcotráfico persiguiendo individualmente
al delincuente individual al tiempo que genera desarrollo en lugar
de limpiar el territorio nacional de las aproximadamente 48 mil
has. de cultivos ilegales, es claro que estamos frente a un caso
de extraordinaria imprudencia.
Ésta devendría en vulnerabilidad intolerable si las
autoridades encargadas de lidiar con un problema de seguridad nacional
como el de la coca ilegal, materia prima del narcotráfico
y moneda del terrorismo, estimasen que ésta es en realidad
sólo un problema político o quizás cultural
y, por tanto, o no existe o es meramente ideológico.
Esta posición no es sólo amparada por la organización
política de los cocaleros que ha arribado a la Jefatura del
Estado en un país vecino, al Congreso en el Perú y
también a algunas de sus presidencias regionales. Su sustento
puede verse también en el mayor debilitamiento de Enaco,
en el apoyo que la Secretaria General de la CAN prestó en
el 2006 al gobierno boliviano para procurar la extracción
de la hoja de coca del régimen de fiscalización multilateral
que le corresponde (la Lista I de la Convención de 1961)
y en la predisposición del gobierno a aprobar una estrategia
como la que plantea Devida.
Si ésta prospera, al incremento de la inseguridad nacional
se añadirá la pérdida de influencia multilateral
del Perú (especialmente cuando el país es miembro
no permanente del Consejo de Seguridad) y complicará nuestra
relación con Estados Unidos (tan centrada en el TLC, cuyo
dimensión de seguridad se basa en la lucha contra el narcotráfico),
con la Unión Europea (con la que deberíamos negociar
un acuerdo de comercial que parte de un esquema compensatorio del
esfuerzo antidrogas) y con los vecinos (donde el consumo y el tráfico
de cocaína está creciendo alarmantemente).
Si el gobierno procura una nueva inserción internacional
para el Estado, la propuesta de Devida y la racionalidad que la
sustenta debe ser esencialmente redefinida.
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