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EDITORIAL
Desafíos de un nuevo Secretario General de la ONU
Alejandro Deustua
02 de Enero de 2007
La Carta de la ONU no concede a la autoridad del Secretario General
las facultades que las expectativas colectivas y la tradición
del cargo sí le demandan.
En efecto, este líder global es sólo el funcionario
administrativo de mayor jerarquía de esa Organización
y sus obligaciones se remiten a llamar la atención del Consejo
de Seguridad sobre asuntos que puedan poner en peligro la paz y
estabilidad internacionales, a realizar las actividades que le encarguen
las principales instancias de la ONU (la Asamblea, el Consejo, el
ECOSOC), a acompañar las sesiones de esos estamentos y a
informar anualmente a la Asamblea sobre sus labores. Es más,
aunque su oficina realiza tareas ejecutivas, su eficacia no proviene
necesariamente de un poder explícito otorgado por quienes
lo han elegido.
Pero el Secretario General de la ONU ciertamente tiene un poder
que puede contribuir a alterar determinados comportamientos. Éste
deriva tanto de la dimensión global de la institución
que dirige y de los ideales colectivos que representa como de la
autoridad que la comunidad internacional otorga a su investidura.
En términos prácticos ese poder se asienta en la legitimidad
que proviene del consenso global con que es elegido, en su capacidad
de orientar y coordinar el comportamiento de los Estados Miembros
hacia la realización de objetivos colectivos y, obviamente,
de las circunstancias históricas que facilitan o entorpecen
su acción.
Y, en tanto el Secretario General (como todos los que presiden
organismos internacionales) advierte a manera de explicación
(y también de excusa) que la ONU es tan eficaz como sus Estados
Miembros lo deseen, ese poder no proviene de la confrontación
con éstos. Como se ha dicho, su capacidad se refuerza si
su autoridad puede orientar, más bien, la conducta de un
Estado de acuerdo a lo esperado por la comunidad internacional.
Esa capacidad, obviamente, es más fácilmente realizable
en el caso de Estados menos poderosos que en relación con
los más poderosos.
El ex -Canciller de la República de Corea, Ban Ki-moon
ha asumido este 1 de enero el cargo de Secretario General de la
ONU bajo estas premisas y limitaciones. Y aunque su oficina, en
clara expresión de la cultura burocrática que rige
ese organismo internacional, no se haya esforzado demasiado para
informar con detalles sobre el acontecimiento (los reportes menos
escuetos provienen de la prensa convencional), el reemplazante de
Kofi Annan ha dado a conocer, de manera preliminar, cuatros grandes
prioridades de su gestión. A manera de clasificación
se puede decir que éstas consisten en dos disposiciones de
carácter “amplio” y dos “más concretas”.
Entre las primeras se encuentran la disposición a rescatar
el multilateralismo de la crisis que esa forma de política
internacional padece (la alusión a la necesidad de reemprender
el “esfuerzo conjunto” para resolver problemas colectivos)
y a restaurar la convergencia en la comunidad internacional (la
referencia a la necesidad de “tender puentes” en una
comunidad que ha perdido cohesión). Entre los segundos se
puede identificar el reclamo de mayor eficacia en el ejercicio de
la seguridad colectiva (especialmente en los casos de las crisis
de Darfur, Medio Oriente, Irán, Irak y Corea del Norte) y
en las tareas comunitarias del desarrollo (especialmente en el logro
de los Objetivos del Milenio).
Estas prioridades no distan mucho de las reconocidas por el Secretario
General saliente, Kofi Annan en un discurso leído en la Bilibloteca
Presidente Truman de Missouri (ver www.contexto.org sección
Documentos). En esa oportunidad, ciertamente no al estilo de Churchill
cuando en 1946 el ex -Primer Ministro británico advirtió
sobre el advenimiento de la Guerra Fría (el discurso sobre
la “Cortina de Hierro” en Fulton, Missouri), el señor
Annan identificó las cinco grandes “lecciones”
aprendidas en el cargo.
Éstas se refirieron también a los requerimientos
de la seguridad colectiva (la primera), del desarrollo (la segunda)
y del multilateralismo (la quinta). Pero además reflexionó
sobre la necesidad de fortalecer los regímenes humanitario
y de Estado de Derecho globales y de vigorizar la rendición
de cuentas en el ámbito multilateral.
El señor Kofi Annan pudo explicarse mejor al momento de
su despedida que el señor Ban Ki-moon al momento de su incorporación
al cargo.
En efecto, la seguridad colectiva debía redefinirse en
tanto ésta ya no se obtiene sólo frente a Estados
sino frente a agentes no estatales. Al desarrollo se llega por la
vía de la solidaridad y, por tanto, de mayor cooperación
internacional. El Estado de Derecho global (una extrapolación
del orden interno) no se logra si los más poderosos violentan
los derechos humanos y si se recurre al uso de la fuerza sin legitimidad.
La rendición de cuentas requiere de la participación
de las entidades no gubernamentales y de mayor disposición
de los ciudadanos de los Estados poderosos a reclamarla. Y el multilateralismo
requiere de mayor justicia y democracia internacionales mediante
reformas del Consejo de Seguridad y de organismos afiliados como
el FMI y el Banco Mundial.
En relación a la primera “lección” cabe
preguntar si el señor Ban Ki-moon podrá replantear
los requerimientos de reforma de la ONU para incluir entre sus obligaciones,
por ejemplo, la intervención preventiva (este sería
el caso del terrorismo, como lo recomendó un grupo de trabajo
de ese organismo) y una mayor acción colectiva frente a la
amenaza de actores no estatales. Ello requeriría modificaciones
a la Carta de 1945.
En relación a la segunda “lección” el
señor Ban Ki-moon podría consolidar ciertos logros
como la consolidación de un mayor acceso a los mercados por
los países en desarrollo (aunque ello depende del éxito
de la Ronda Doha), la confirmación del incremento de la asistencia
por los países desarrollados (la promesa de lograr el 0.7%
del PBI de esos países ya se ha obtenido) y el mejor trato
del problema de la deuda externa (ello es posible en relación
a los países de menor desarrollo según lo comprometido
por el G8 pero no en relación a los países de medianos
ingresos).
En relación a la tercera “lección”,
el logro de mayor legitimidad en el uso de la fuerza para la defensa
de la seguridad colectiva sería más viable si los
Estados miembros participan más y mejor en las operaciones
de mantenimiento y establecimiento de la paz de la ONU (el despliegue
actual bordea sólo los 180 mil hombres). Lamentablemente
hoy esa tarea es dejada en manos de un grupo de países que
tampoco contribuyen con lo suficiente cuando el Consejo de Seguridad
dispone que lo hagan bajo el capítulo VII (el caso de Irak).
En ese marco, la acción unilateral del más poderoso,
además de una tendencia, siempre será un riesgo.
En relación a la cuarta “lección” llama
la atención que el señor Annan reconozca la realidad
de la menor capacidad de fiscalización internacional de los
más poderosos (situación que, a su juicio, reclama
mayor fiscalización ciudadana) en relación a los menos
poderosos (que pueden ser “fiscalizados” internacionalmente
con mayor facilidad). Esa realidad contradice la ficción
del principio de igualdad jurídica de los Estados. ¿Estará
el señor Ban Ki-moon en disposición de profundizar,
como debiera, en ese terreno pantanoso?
En relación a la quinta “lección” esa
interrogante se agudiza. Si la idea de lograr más justicia
y democracia en el sistema multilateral es la de obtener “cierta
influencia” para los Estados menos poderosos, la tarea es
minimalista y agrega poco a la solución del problema distributivo
(aunque sí contribuye a generar mayor legitimidad para la
ONU). El nuevo Secretario General debe, si las posibilidades lo
permiten, decidir sobre ese requerimiento de acuerdo a las realidades
contemporáneas de la distribución del poder y de compensar
idealmente a los menos poderosos a través de representaciones
regionales sea éstas “permanente o de largo plazo”
en la reforma de instancias como la del Consejo de Seguridad y otros
organismos.
En un contexto de mayor inseguridad y de transición menos
estable (que podría encontrar un escenario económico
más complicado a partir del 2008) estas “lecciones”
serán fáciles de asimilar pero difíciles de
aplicar. Pero si el nuevo Secretario General las rehuye o, por su
origen, prioriza sólo la gestión de ciertos conflictos
(como el de proliferación en Corea del Norte) su autoridad
puede mermarse. Que ello no suceda depende menos de los mandatos
de la Carta que de sus propias capacidades para, efectivamente,
contribuir a restablecer los términos de cohesión
de la comunidad internacional.
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