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EDITORIAL
El contexto global en el 2006
Alejandro Deustua
29 de Diciembre de 2006
El 2006 culmina con una sensación generalizada de mayor
inseguridad global, cauto optimismo económico y mayor alerta
social.
Esta percepción emotiva, recogida de la información
mediática, pretende resumir una realidad sistémica
inestable, fundamentos de seguridad regional mermados en ámbitos
geográficos más específicos que genéricos,
mayores pero no necesariamente mejores condiciones de interdependencia
global y relativa ineficiencia regimental de carácter inercial.
En efecto el sistema internacional ha mostrado a la mayor superpotencia
sin merma de capacidad militar pero crecientemente imposibilitada
de transformarla en poder eficiente (el caso de Irak). Esa frustración
puede aún ser compensada por una nueva estrategia militar
en el área de despliegue con mayor apuntalamiento diplomático.
Sin embargo, otros factores del poder estadounidense, como el económico,
están siendo crecientemente desafiados por otras potencias
restándole al sistema la escasa dimensión unipolar
que pretendía, añadiéndole impulso y colocándolo
más abiertamente en transición hacia otro orden.
Simultáneamente es visible un incremento de las capacidades
de potencias emergentes con disposición a ejercer influencia
orgánica y no sólo militar (el caso de China, Rusia,
India y, en menor medida, Brasil). Ese estamento, a su vez, es complementado
desafiantemente por potencias medias o pequeñas que reclaman
un lugar en la estructura del poder (es menos el caso de Brasil
en el Consejo de Seguridad que los de Irán y Corea del Norte
como ejemplo de los que adquieren capacidad nuclear).
La traducción en comportamiento conflictivo de esa incierta
redistribución del poder tiene manifestaciones aún
restringidas a ámbitos geográficos de relativa especificidad
y al escenario regimental.
En el primer caso, el Medio Oriente es el escenario por excelencia.
La violencia extrema de la guerra no convencional intensificada
por la participación de agentes no estatales y el renacimiento
ideológico fundado en la religión (el Islam) tiene
un gran potencial de desborde que, si bien ha superado el perímetro
del teatro bélico, ha transgredido su ámbito regional
de manera menos letal. Al respecto es necesario distinguir el conflicto
regional desarrollado en un área específica de su
elemento más perverso –el terrorismo- que sí
tiene dimensión global. En relación al conflicto central
–el palestino-israelí-, el deterioro del entorno parece
estar conduciendo, paradójicamente, a nuevas posibilidades
de negociación.
En el segundo caso, el conflicto se ha manifestado a través
del cuestionamiento o desafío de principios y normas de regímenes
básicos para la seguridad global (como el de no proliferación
nuclear) mediante el ejercicio del poder nacional y la manipulación
del derecho. Éste es el caso de Irán y de Corea del
Norte y, en menor medida, el de India (esa potencia emergente ha
buscado términos de acomodamiento fuera del régimen
con Estados Unidos).
Como consecuencia, la latencia conflictiva en la región
de origen de las potencias mencionadas -el Asia- se ha incrementado
aunque sin llegar al uso abierto de la fuerza.
En efecto, a pesar del impacto conflictivo del Medio Oriente, la
tendencia a la confrontación en el Asia no se ha manifestado
en conflictos bélicos este año sino en un ejercicio
dinámico del balance de poder que, si ha impedido un predominio
manifiesto de alguna potencia, no ha encontrado aún punto
de equilibrio. China, Japón, India y Rusia no son aquí
los únicos agentes activos.
Aunque esa dinámica es visible también en regiones
que no están limitadas por los parámetros de la unión
económica y política (como los que caracterizan a
la Unión Europea), el ejercicio del balance de poder es en
ellas menos intenso y eficiente. Ello ocurre especialmente en ámbitos
donde el Estado ha sido incapaz de imponer el orden nacional. Esa
realidad ha generado dos consecuencias: tendencias a la anarquía
(entendida como desorden interno) visibles en África (donde
la reincidencia del conflicto se mantiene en áreas como Sudán
y Somalia) y tendencia a la pérdida de gobernabilidad en
algunos países de América Latina (donde la proximidad
de la inviabilidad ronda a algunos de ellos).
En ambos casos la reacción natural hacia la recuperación
del orden estatal ha sido más o menos evidente. Ello ha ido
acompañado, de un lado, de mayor reclamo internacional por
la autoridad del Estado (que la reforma liberal minimizó
en la década pasada) y del otro, de una tendencia nacional
a recuperarlo estimulado por la reemergencia del nacionalismo en
diversas formas y hasta por la influencia de fundamentalismos étnicos
o religiosos (Bolivia). En aquellos países donde el rol de
estos factores se ha intensificado, las ganancias de gobernabilidad
han ido acompañadas por una pérdida de democracia
y de juridicidad (Venezuela).
Esta fenomenología ha sido visible en América Latina
donde la tendencia a revertir el orden liberal es manifiesta en
varios Estados. Uno de las manifestaciones más claras de
esta realidad ha sido, en años anteriores, el recurso a forzar
la renuncia de Jefes de Estado legítimamente electos a través
de movimientos populares (en, realidad, “golpes de estado
de masas”). Pero el fenómeno no es, si embargo, exclusivo
de América Latina como lo prueba el retorno del golpe de
Estado tradicional en el Asia (el caso de Tailandia, p.e.).
La tendencia regresiva del consenso liberal en partes de América
Latina se ha manifestado en la vulneración de regímenes
regionales como el de protección colectiva de la democracia
representativa, en la emergencia de la democracia participativa
y en la reedición de un autoritarismo sustentado popularmente.
Ello ha sido, acompañado a la progresiva erosión del
sistema interamericano. Por lo demás, éste, en otro
ámbito vital, ha sido incapaz de concluir la redefinición
del régimen de seguridad colectiva cuyo proceso lleva ya
una década y media. Ello ha implicado para la OEA severa
pérdida de cohesión, utilidad y hasta de legitimidad.
Tal relajación de principios y de normas es acorde con
el deficiente funcionamiento de los regímenes globales de
mayor interacción multilateral. Así, la ONU no sólo
no logrado un buen inicio de reformas fundamentales (como la del
Consejo de Seguridad) sino que tampoco ha podido implementar sus
propias resoluciones adecuadamente en los casos más críticos
(el Medio Oriente, Irak, Irán, Sudán). Sin embargo,
la legitimidad y la necesidad de la ONU se ha afirmado a pesar del
cuestionamiento circunstancial de ciertas potencias mayores (traducido,
p.e., en la representación ejercida por el señor Bolton).
A mejorar su desempeño han contribuido organismos afiliados
al sistema. Éste es el caso de los organismos del sistema
financiero y de desarrollo (el FMI y el BM) aunque su perfil ha
descendido considerablemente (especialmente el del primero). Con
mayor influencia, la Dirección General de la OMC reclama
flexibilidad para aprovechar una nueva ventana de oportunidad para
la adecuada culminación de la Ronda Doha en el 2007 sin que
al respecto halla aún compromiso político alguno de
los participantes.
Mientras tanto, el Secretario General saliente (el señor
Annan) demanda menos unilateralismo y mayor responsabilidad compartida
(los otros dos reclamos, derechos humanos y rendición de
cuentas han sido mejor satisfechos a través de la creación
del Consejo de Derechos Humanos y del incremento de la fiscalización
en el organismo mundial). En resumen, aunque mejorando, el multilateralismo
sigue en crisis.
Quizás en menor medida ello incluye a las alianzas y las
operaciones de mantenimiento de la paz de la ONU. En el primer caso,
si bien el rol de la OTAN sigue siendo activo e indispensable para
la estabilidad regional de ciertas áreas, problemas de cohesión
y eficiencia en el terreno no han contribuido a su mejor despliegue.
En el segundo, aunque los requerimientos mantenimiento y establecimiento
de la paz se han incrementado en los últimos años,
el contraste entre el compromiso de fuerzas y la dimensión
de la tarea encargada sigue mostrando los problemas de la ONU –y
por tanto, los de la comunidad internacional- para cumplir con sus
obligaciones en esta área.
Finalmente diremos que los términos de la interdependencia
han mejorado si se considera el creciente alcance de la aplicación
de los desarrollos tecnológicos (no su origen) y la mejor
participación colectiva en el ciclo de crecimiento económico.
Ésta sin embargo sigue siendo extremadamente asimétrica
(el contraste entre el incremento extraordinario del mercado bursátil
y la mayor visibilidad de la pobreza que ocupa a los Objetivos del
Milenio puede ser el mejor ejemplo de ello).
Por lo demás algunos de los factores de la interdependencia,
como la inversión extranjera, siguen extremadamente concentrados
en los países desarrollados y orientados preferentemente
al Asia en los países en desarrollo. Mientras tanto, en términos
comerciales el peso del comercio intraregional e intrafirmas no
puede esconder su aporte al aumento de los intercambios a pesar
de que la Ronda Doha no avance.
De otro lado, desde la perspectiva de la vulnerabilidad, dos hechos
llaman la atención en el avance de la interdependencia: la
intensificación de las amenazas globales (entre las que destaca
el terrorismo) y el problema migratorio. Desde el punto de vista
transnacional el fenómeno más preocupante ciertamente
es el medio ambiente en el que el problema principal es el del calentamiento
global. Frente a él no hay aún una respuesta colectiva
apropiada.
En resumen, los ciudadanos y los Estados ingresan al 2007 en mejores
condiciones que en el 2006 pero la magnitud de los problemas que
afrontan es enorme. Si los gobernantes no contribuyen mejor a solucionarlos
en el marco de un mayor reclamo global de eficiencia, los niveles
de frustración consecuentes traerán consigo peligrosos
niveles de inestabilidad general.
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