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EDITORIAL
Una aproximación nacional a los escenarios de seguridad
global y regional
Alejandro Deustua
27 de Diciembre de 2006
Si la propuesta contemporánea de que la economía
se ha desvinculado de la política es un espejismo, la aseveración
de que la economía se ha desvinculado de la seguridad ciertamente
es una trampa de abrumadoras consecuencias.
En ambos casos, estas cuestionables afirmaciones se basan principalmente
en percepciones de agentes económicos que activan el ciclo
expansivo prevaleciente.
El primer caso se sustenta en la continuidad del incremento de
las perfomances nacionales (en América Latina, cuatro años
de crecimiento consecutivo) bajo gestiones económicas convencionales
en el marco de condiciones de confrontación social y de cuestionable
conducción política (p.e., el caso de Bolivia).
El segundo caso se argumenta en el hecho de que, no obstante que
la primer potencia se encuentra en guerra de incierto destino, los
conflictos regionales se intensifican y las amenazas globales no
son revertidas, la economía global crece a 3.9% según
el Banco Mundial (aunque el FMI estima esa cifra en 1 punto adicional),
el volumen del comercio exportador se incrementa en 9% (la OMC dice
6%) y los mercados bursátiles siguen boyantes (el Dow Jones
alcanzó un récord de 12400 puntos a mediados de diciembre).
Aunque hay argumentos adicionales que sustentan tales afirmaciones,
éstos se comprobarán errados cuando el ciclo expansivo
termine y la percepción de las plurales amenazas se corrija
hacia abajo.
Para agentes de racionalidad distinta (los agentes estatales)
esa percepción no cambiará sustantivamente, sin embargo,
en tanto ellos están al tanto de que la inseguridad actual
ha crecido en casi todos los ámbitos geográficos a
pesar de la multiplicación de los Estados que se rigen por
normas liberales.
Para ellos el hecho es sencillo: la primera potencia está
en guerra (y “no la está ganando”), la amenaza
del terrorismo global no ha cejado, los conflictos regionales –aunque
concentrados- se han intensificado, la proliferación de armas
nucleares (una variante de las armas de destrucción masiva)
está en pleno aumento, las potencias emergentes contribuyen
a la inestabilidad de un orden global que nunca estuvo en equilibrio
desde 1989 y las nuevas amenazas (desde el narcotráfico hasta
la pobreza y las pandemias) distan de haber sido controladas.
Sin embargo una versión optimista de este escenario es
posible si se emplea un compuesto de instrumentos “realistas”.
Si la única superpotencia decae y la emergencia de otras
es visible, es posible pronosticar para el largo plazo un mundo
más estable sustentado en la revalorización del Estado,
la realidad de la multipolaridad, el ejercicio del balance del poder
y una mejor identificación y defensa del interés nacional.
Kissinger suscribe esta aproximación.
Ese orden será más estable que el actual aunque
no asegure el multilateralismo. Bajo estas condiciones los parámetros
liberales podrán no ser tan uniformemente extendidos pero
probablemente se podrán adaptar mejor a las condiciones locales.
Y si ello ocurre, fenómenos como el terrorismo global menguarán.
Una lectura más pesimista de los mismos hechos pronosticará,
sin embargo, que si la primera potencia decae –siendo ésta
es un baluarte del liberalismo-, el compromiso colectivo con la
democracia, los derechos humanos y el libre mercado se erosionará
peligrosamente.
Y si las capacidades existentes de establecer un orden global
se deterioran más, las tendencias anárquicas que involucran
a grupos o individuos en conflicto desbordarán a los Estados
contribuyendo a su fragmentación, generando mayor inviabilidad
y pobreza en los países en desarrollo e incrementando la
vulnerabilidad general. Ello conducirá al ejercicio de la
fuerza por agentes armados no estatales una vez que el Estado haya
perdido el legítimo monopolio del poder. Como consecuencia,
la imposibilidad de contrarrestar fenómenos como la pobreza
o el narcotráfico se incrementará generando mayor
violencia urbana. Entonces los mercados perderán el optimismo
que hoy prevalece.
Si la realidad no se encuentra en ninguno de esos escenarios alternativos,
sino en una mezcla de ellos y sus efectos se sentirán globalmente,
no es posible seguir insistiendo que América Latina es un
ámbito geográfico privilegiado porque se encuentra
físicamente lejos de los principales centros de conflicto.
En efecto, cualquiera que sea el cambio de la estructura de poder
global o la intensidad de la interdependencia de la conflictividad
global, éstos nos afectarán. De allí que sea
necesario atender mejor nuestros problemas de seguridad. Y el narcotráfico,
el terrorismo, la violencia urbana, el medio ambiente o la pobreza
no son los únicos.
Si en términos convencionales, América Latina es
una de las regiones que menos gasta en armamentos (1.4% del total
según el SIPRI), es necesario obtener mejores beneficios
de esa realidad y corregir los desequilibrios que, dentro de parámetros
menores, generan mayor acumulación de capacidades en algunos
Estados. El equilibrio (que no es lo mismo que paridad) es una condición
necesaria para la consolidación de la confianza entre Estados
con tradición de conflicto (p.e., el caso de Perú
y Chile siendo éste país, junto con Venezuela, el
que más gasta en defensa).
Por lo demás, es necesario prevenir el estado de indefensión
a que lleva un gasto en seguridad y defensa demasiado bajo (en el
caso peruano, hoy tenemos que recurrir a un “núcleo
básico operativo” para cumplir tareas mínimas
de cobertura territorial). Un gasto razonable en defensa asegurará,
además, la adquisición de capacidades normales permita
contribuir a la generación de estabilidad regional y global
(p.e. mediante operaciones conjuntas de tareas de mantenimiento
de la paz como las que se han planteado con Chile) así como
a adquirir tecnología militar de aplicación civil.
Ello supone consolidar la legítima capacidad de coacción
del Estado para combatir amenazas que atentan contra intereses nacionales
como el narcotráfico y el terrorismo, entre otros. Para hacerlo
resulta indispensable incrementar la cooperación entre los
vecinos amenazados (hoy extremadamente baja), con las potencias
que lideran la lucha global correspondiente y plantear esa confrontación
en el ámbito del de la ONU para incrementar el trato regimental
de estos problemas.
Ello conlleva incrementar la cooperación con Estados Unidos
y la Unión Europea y consolidar con quienes participan de
los principios occidentales vínculos cooperativos eficaces.
La generación de asociaciones estratégicas y de regímenes
de seguridad para confrontar amenazas convencionales (como la proliferación
de armas de destrucción masiva), no convencionales (como
el la proliferación del crimen organizado) y tareas de seguridad
colectiva en el marco de la ONU tiene mejores posibilidades de realización
para el Perú ahora que nuestro país forma parte, hasta
fines del 2007, del Consejo de Seguridad. En este acápite
es indispensable realizar todos los esfuerzos para que los compromisos
de la ONU con la reconstrucción de Irak tengan el éxito
adecuado.
Una consecuencia de ello es procurar el consenso necesario para
desactivar los conflictos regionales en el Medio Oriente y Asia.
Tal decisión obliga a cortar los vínculos suramericanos
de potencial financiamiento de los mismos (p.e., los de la zona
de la “triple frontera”) y los de apoyo político
(los vínculos de Venezuela con Irán y los que organizaciones
que ese último país introdujo, por ejemplo, en Argentina
en el caso AMIA).
En el caso de la Comunidad Suramericana de Naciones, ésta
debe equilibrar las relaciones que mantiene con los países
árabes con las que pueda establecer con Israel.
En el caso del Asia, los acuerdos que el Perú negociará
con Corea del Sur y Japón deben incluir un vínculo
de seguridad y de apoyo a la lucha contra los intentos de proliferación
nuclear por Corea del Norte.
La membresía no permanente en el Consejo de Seguridad debe
contribuir también a que la energía que libera la
emergencia de nuevas potencias en el sistema internacional no ocurra
a través del conflicto ni de la desestabilización
general de un sistema en proceso de cambio.
Ello supone también desactivar la agresividad política
con la que actúan potencias antisistémicas en el contexto
suramericano (especialmente Venezuela y Bolivia) y organizar, en
ese marco regional, efectivos mecanismos de seguridad colectiva.
Este esfuerzo debe ser especialmente intenso en el sistema interamericano
que, desde la década pasada, se mantiene en una infértil
proceso de negociación política. Éste, a su
vez, debe patrocinar, separadamente, la acción hemisférica
contra amenazas no convencionales y vulnerabilidades económicas
(como en caso de la energía y del aprovisionamiento de agua).
Finalmente, el esfuerzo nacional para luchar contra el narcotráfico
y el terrorismo debe maximizarse empleando todo el instrumental
disponible. Lo mismo ocurre en la lucha contra la pobreza, los gravísimos
problemas del calentamiento global y otros males asociados. Aquí
la coordinación entre el esfuerzo nacional y los que requieran
los Objetivos del Milenio es indispensable es indispensable en el
primer caso. En el segundo, los niveles de cooperación internacional
deberán evolucionar hacia ciertos de transnacionalidad para
lograr eficiencia (el protocolo Kyoto y otros instrumentos similares
deben encontrar un instrumento ejecutivo similar al de OIEA, por
ejemplo).
Cuando ello ocurra, las percepciones optimistas de la seguridad
tendrán fundamentos mejores que los que hoy asume el mercado.
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