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EDITORIAL
ONU: nuevo Secretario General, viejos problemas
Alejandro Deustua
16 de Diciembre de 2006
El nuevo Secretario General de la ONU, el señor Ban Ki-moon,
acaba de suceder en el cargo al señor Kofi Annan en el momento
de mayor inestabilidad del período de transición y
mayor progreso de la post-Guerra Fría.
La primera situación deriva del incremento de la brecha entre
el cambio del sistema internacional y la continuidad normativa del
régimen global más importante del sistema internacional.
Y la segunda proviene del mayor ciclo expansivo de la economía
mundial de las últimas cuatro décadas.
Es en este marco de mutación estructural antes que en el
de la simbología temporal (el tránsito entre los siglo
XX y XXI) en el que debe evaluarse el cambio de titular del principal
cargo ejecutivo (no de mando) de la ONU. Lamentablemente el señor
Ban Ki-moon ha preferido obviar esta evidencia sustantiva para,
en un discurso en extremo formal, posesionarse en el cargo luego
de aludir a ciertas prioridades puntuales (los conflictos del Medio
Oriente, Sudán y Corea del Norte) y a la credibilidad del
organismo dañada, en su percepción, por la inaplicación
de sus principios.
Este último problema (y no el escenario de cambio) ha sido
también objeto del discurso de despedida del señor
Annan bastante orientado a destacar los problemas del multilateralismo
cuya causa es atribuida a cuestiones subjetivas como el ejercicio
unilateral del poder.
En tanto ambos funcionarios han obviado el escenario estructural
en que se encuentran haremos mención a él. Si bien
el sistema internacional ha cambiado sustancialmente desde 1989-1991,
esa realidad no ha sido correspondida por la emergencia de un nuevo
régimen de ordenamiento global. En lugar de ello, la vigencia
de la ONU ha sido ratificada por la voluntad de los Estados triunfadores
y la de los que no lo fueron en la contienda bipolar anterior. Ésta
situación es históricamente atípica.
Esa atipicidad, sin embargo, ratifica la prevalencia de los principios
liberales que sustentan la Carta de San Francisco. En tanto éstos
se han consolidado con el triunfo de las potencias liberales, el
régimen global no ha cambiado esencialmente, ni tenía
por qué hacerlo. En ese sentido puede afirmarse que la ONU
ha adquirido “una vida propia”.
Pero esa realidad normativa no se ha producido al margen de la
realidad de los Estados que la generan y que siguen determinando
el comportamiento de la ONU. Ello a pesar del incremento de la interdependencia
(la denominada “globalización”). Por lo tanto,
una mayor atención a la dimensión operativa del régimen
es imprescindible para entender su evolución.
Lo que ha cambiado en ella son los comportamientos (y por tanto,
las reglas y procedimientos que los guían). Desde la perspectiva
del poder, ese cambio ha supuesto una mayor tendencia al unilateralismo
en el uso de la fuerza del régimen de seguridad colectiva
por excelencia (que, sin embargo es compensada parcialmente en regímenes
más específicos como la OTAN). Ello es consecuencia
de la proyección de la potencia triunfadora en el sistema
anterior: Estados Unidos.
En tanto este cambio es operativo, el régimen global no
ha cambiado su naturaleza. De allí que no sólo se
haya registrado continuidad sino evolución en la instrumentación
de ciertos principios de la ONU (en el acápite humanitario,
la constitución del Consejo de Derechos Humanos en reemplazo
de la anterior Comisión; y en el acápite económico
vinculado al sistema –aunque no forme parte del régimen-
la creación de la OMC en reemplazo del GATT, p.e.).
Pero así como la ONU refleja fortaleza normativa en su continuidad,
muestra también los problemas derivados de la brecha entre
el cambio del sistema, la dimensión operativa del régimen
y la estructura formal del mismo en tanto que su estructura sigue
representando una fantasía (“los triunfadores del la
Segunda Guerra”). Si ésta no sólo no correspondió
a las realidades de la Guerra Fría, mucho menos representan
a las de la post- Guerra Fría.
He aquí una gran fuente de ineficiencia que los Secretarios
Generales no han deseado discutir en el cambio de liderazgo que
se comenta.
De otro lado, si la ONU se ha mantenido vigente y ha evolucionado
en la implementación de sus principios, los resultados debieran
haberse traducido en un mayor ejercicio del multilateralismo. Como
es evidente, ello no ha ocurrido.
Y si no ha sucedido ello se debe a que los Estados miembros –y
no sólo los Estados Unidos- así lo han deseado. En
tanto a sus asimetrías se ha sumado una mayor divergencia
de intereses dentro de un marco liberal, la vigencia de los Estados
sigue calificando al régimen. Ello contraresta el impulso
transnacional proveniente del incremento de los problemas transnacionales
que la “globalización” se atribuye como característica.
Para ello hoy no aún hay soluciones transnacionales sino
multilaterales en un ámbito de deterioro de ese ámbito
de la política internacional.
He aquí otra gran fuente de ineficiencia que la Secretaría
General de la ONU sólo ha afrontado desde la perspectiva
de la reforma administrativa y de inconsecuentes intentos de reforma
estructural.
Para lidiar adecuadamente con la problemática puntual que
se le presenta al señor Ban Ki-moon, éste deberá
atender también las inconsecuencias estructurales del régimen
en el que desarrollará sus funciones y que estarán
incrementalmente ligadas a problemas de vida o muerte.
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