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EDITORIAL
La muerte de Pinochet y la reforma liberal
Alejandro Deustua
11 de Diciembre de 2006
A diferencia de hace 33 años, Chile es hoy un país
es institucionalmente sólido, económicamente avanzado
dentro de los países en desarrollo y quizás el de
mejor inserción externa en la región. Pero, a juzgar
por los sentimientos que la muerte de Pinochet ha removido, ese
vecino sigue siendo, en apariencia, un país irredento por
el costo que la dictadura impuso a su progreso.
En efecto, si el gobierno militar que irrumpió en medio
del caos de 1973 recuperó un Estado al borde la anarquía,
la brutalidad con que impuso el monopolio del ejercicio de la fuerza
postergó sangrientamente la implantación del Estado
de Derecho. De la misma manera, la eficacia con que se recuperó
una economía en ruinas fue insensible a la crudeza con que
se reinstalaron en Chile las reglas del mercado.
Pero si para Pinochet, el costo neto en vidas y libertades fue
ampliamente satisfactorio en relación al orden interno recuperado
(hecho avalado por buena parte de la población escrutada
en referéndum), fue la sociedad organizada la que produjo
la democracia. Y luego de que ello ocurriera a fines de los 80,
fue el gobierno de la Concertación la que recuperó
de la tecnocracia monetarista un manejo económico sensato
que produjo crecimiento ordenado con mayor equidad.
Sin embargo, lo que no pudo hacer el gobierno civil instalado sobre
las bases del orden impuesto por los militares fue, a pesar de sus
esfuerzos, procesar adecuadamente la razón de Estado que
llevó al poder a los uniformados. Ello puede verse en la
incapacidad de la Concertación de transformar la cohesión
mostrada en cuatro elecciones presidenciales post -Pinochet en unidad
nacional. De allí que la muerte del dictador haya abierto
las viejas heridas encarnadas desde la muerte de Allende.
Aunque cerrarlas deberá ser una tarea compartida por todos
los chilenos, quizás corresponda esta vez al partido de gobierno
liderar esa causa que, de persistir, seguirá haciendo de
Chile un Estado satisfecho hacia fuera pero irredentista hacia adentro.
Esa tarea será aún más ardua si ésta
reclama ya no sólo mirar al futuro, como hasta hoy, sino
el reconocimiento oficial de que el gobierno de Allende fue realmente
causa y no antítesis del gobierno de Pinochet.
En efecto, si los errores de ese gobierno inepto (intentar una
revolución socialista sobre una base electoral minoritaria,
tolerar el desborde consecuente, llevar la economía a la
hiperinflación o patrocinar la injerencia castrista cuando
Cuba buscaba soporte geopolítico en el continente) no son
reconocidos, éstos seguirán alimentando la causa pinochetista.
Y lo harán en proporción directa al desprestigio del
partido Socialista y a la erosión del entendimiento democrático
entre gobierno y oposición.
Ese reconocimiento es aún más necesario si se recuerda
que la reforma liberal que hoy enriquece a los chilenos fue sembrada
por una dictadura no sólo mucho antes de que la crisis de
pagos mexicana de 1982 obligara a los demás latinoamericanos
a instalarla sino en contraste con buena parte de los suramericanos
que lo hizo bajo democracia. Sería muy lamentable que el
cuestionamiento de ese origen por los propios chilenos contribuyera
a ilegitimar en el resto de una región crecientemente revisionista
una reforma liberal que, no obstante sus costos, rinde frutos de
progreso económico y político.
En efecto, sería extraordinariamente paradójico
que la contienda interna en un Estado republicano, liberal y de
vocación occidental contribuyera a la erosión de esas
calidades en un vecindario con creciente tendencia a cuestionarlas.
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