|
EDITORIAL
Unión Europea-CAN: un acuerdo occidental para el
progreso
Alejandro Deustua
6 de Diciembre de 2006
A pesar de la incertidumbre que genera el proceso de aprobación
del TLC con Estados Unidos, la formalización de una nueva
inserción internacional del Perú continúa a
un ritmo indeclinable.
Esta vez, ha sido el órgano ejecutivo de la Unión
Europea –la Comisión- la encargada de fijar plazo a
ese horizonte al proponer las directrices con las que la UE negociará
sendos acuerdos de asociación política con la Comunidad
Andina y Centro América (incluyendo acuerdos de libre comercio).
Aunque las directrices deben ser aprobadas aún por la mayor
autoridad de la UE –el Consejo Europeo-, lo esperable es que
las negociaciones intergrupales se inicien a principios del próximo
año y que éstas puedan culminarse, al menos en una
primera fase, en el 2008 cuando se realice en Lima una reunión
más de Jefes de Estado de América Latina y el Caribe
y de la Unión Europea.
Si las negociaciones marchan como debieran el Perú, como
miembro de la CAN, tendrá acceso al mayor mercado unificado
del mundo (45% de las exportaciones mundiales) al que la CAN destina
alrededor de 15% de sus ventas en el exterior (y que hoy ingresan
liberadas para la gran mayoría del universo arancelario bajo
un régimen concesional). Para el Perú, la UE tiene
una importancia mayor: es el segundo socio comercial, el primer
inversionista y fuente sustancial de valores compartidos.
De concretarse el TLC con Estados Unidos, el acuerdo con la UE implicará
para los andinos una dimensión estratégica adicional:
además de parte, sus miembros serán socios activos
de Occidente más allá de las discusiones estructuralistas
centro-periféricas o derivadas de las asimetrías que
impone la globalización. Si estas fragilidades deben promover
la reducción de sus costos nacionales e incrementar estándares
de vida, la formalización de esa inserción consolidará
en el Perú y en sus socios andinos una identidad política
sustentada en valores democráticos, humanitarios y jurídicos
(el Estado de Derecho), es decir, liberales, cuya dimensión
occidental superará cualquier discusión antropológica.
Al respecto debe recordarse que los acuerdos de asociación
política y comercial que se negociarán con la UE no
nacen de cero. El primero se fundamenta en el mecanismo de diálogo
político birregional formalizado en 1996 en Roma y desarrollado
en el marco de reuniones europeas con el Grupo de Río y en
las cumbres América Latina y Caribe-UE (cuya última
versión se desarrolló en Viena en mayo pasado).
De otra parte, el futuro acuerdo de libre comercio se fundamenta
en los regímenes concesionales SGP Drogas (que, como el ATPA
y el ATPDEA, ayudó, entre 1991-2001 al combate del narcotráfico
ejerciendo el principio de responsabilidad compartida) y en el SGP
“Plus” (elaborado en el marco OMC) al que se accede
mediante el respeto a los derechos humanos, laborales, ambientales
y la lucha efectiva contra la corrupción y las drogas mientras
la economía beneficiada sea considerada vulnerable. Como
es evidente, mientras el acuerdo de libre comercio requerirá
el cumplimiento de los requisitos normativos, prescindirá
luego de la calificación económica del interlocutor
y de la condicionalidad consecuente.
Por lo demás, los fundamentos de cooperación entre
la CAN y la UE serán también imprescindibles para
el acuerdo de asociación. Esos fundamentos han evolucionado,
a lo largo de tres décadas de puramente comerciales y de
ayuda al desarrollo a unos científicos y empresariales (o
de “tercera generación”) consolidándose
en un acuerdo marco de cooperación en 1992. El futuro acuerdo
de asociación lo reemplazará.
De allí que la multidimensionalidad de ese acuerdo incluya
el diálogo político, un programa de cooperación
y el acuerdo comercial.
Pero para que éste pueda desarrollarse, la CAN debe mantener
un nivel de cohesión reconocible y eficiente. Así,
si el retiro de Venezuela le resta potencial, la crisis institucional
andina reduce su capacidad de interlocución mientras que
su frágil nivel de integración (una zona de libre
comercio que apenas cubre 10% de los intercambios y que trata de
incorporar el ámbito social) demerita su importancia estratégica.
Ello explica que la UE y la CAN hayan emprendido un proceso de
evaluación conjunta para establecer la condición de
la integración andina y que, a falta de arancel externo común,
las partes hayan convenido, benevolentemente, que basta establecer
un “punto inicial de desgravación”.
Con todas sus debilidades, que son muchas y notorias, y de excusas,
como las referidas al TLC con Estados Unidos, la CAN debe recuperar
niveles de cohesión mínimas que le permita iniciar
seriamente el proceso de negociación con la Unión
Europea. Al respecto, los países andinos deberán decidir
si sus parroquiales rencillas ideológicas pueden arriesgar
el futuro que un miembro fundador de Occidente les ofrece.
DERECHOS RESERVADOS
El Editor (ADC) |